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El as bajo la manga de Pablo Montoya

El escritor barranqueño asegura que está preparando una novela sobre sus tiempos de estudiante de música en Tunja, Boyacá. Una carta que siempre se ha querido jugar.

21 de julio de 2015 – 10:41 p. m.

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¿Cómo fueron sus primeros años como escritor?

Difíciles por la constante precariedad material y dichosos por la pasión por la lectura y la escritura. Esos años los pasé en Tunja, en la década del 80 del siglo pasado, al lado de Myriam Montoya, Carlos Castillo, Víctor López y Guillermo Bustamante, entre otros. Hacia ellos siento una inmensa gratitud por el apoyo que nos dimos en medio de un país destrozado y asesino que se derrumbaba y que, inexplicablemente, seguía adelante.

¿Y sus primeras lecturas?

Los cien tomitos de la colección Ariel Juvenil Ilustrada que devoré cuando tenía ocho años. Allí estaban los clásicos de todos los tiempos, desde Homero, Dante y Shakespeare, hasta Dumas, Flaubert y Hugo.

¿Qué temas abordó en sus cuentos iniciáticos?

La muerte, la poesía, la música, el amor.

¿Cuál fue el tema del primer libro publicado?

La violencia que circunda y transforma a una serie de personajes que viven en una barrio llamado Niquía, en las periferias de Medellín. Es un libro muy rulfiano que atrajo la atención de mis amigos y familiares. El libro lo publiqué en París en 1996 y se llama Cuentos de Niquía. Salió en edición bilingüe y lo editó mi amigo Efer Arocha en Vericuetos.

Nahum Montt, Enrique Serrano y ahora usted como embajadores de Barrancabermeja, ¿qué puede significar esto?

Creo que el más barranqueño de los tres es Nahum Montt. Pero, hasta donde sé, ninguno de nosotros ha escrito libros sobre su ciudad natal. Somos tres escritores muy diferentes, pero con preocupaciones claras sobre la historia. Más que regionales, somos escritores preocupados por el universo. Acaso reflejamos eso esencial que es Barrancabermeja: una ciudad de cruces culturales en donde hay gentes de todas partes y en la que cualquier regionalismo grandilocuente resulta extraño.

¿En algunos de sus libros aparece de trasfondo su ciudad?

Barrancabermeja solo aparece en uno de mis cuentos: La refinería. Es una fantasía literaria, una especie de cuento futurista en el que la refinería de Ecopetrol se convierte en unas ruinas, solo apta para que los niños jueguen y las parejas de adolescentes se inicien en el amor sexual. El petróleo se ha secado, la historia de sus luchas sindicales ha quedado atrás y la ciudad vive de su mayor riqueza: el agua. Pero sé que es una fantasía, pues el futuro que le espera a Barrancabermeja, desde el punto de vista de sus recursos naturales, es aciago.

¿Cómo nace “Tríptico de la infamia”?

De mi interés por las relaciones entre pintura y poesía que ya había trabajado en libros como Trazos y Solo una luz de agua y de mi interés por el exilio, tema en el que también incursioné con Lejos de Roma y Cuaderno de París. Además, de mi interés por el viaje, cuyas coordenadas abordé en mi libro Viajeros. Tríptico de la infamia es, de algún modo, un libro de mi madurez como escritor, pues en sus páginas están condensadas todas estas preocupaciones que me han acompañado a lo largo de más de veinte años de escritura.

¿Cuál es el tema central de la novela?

El vínculo entre tres pintores protestantes europeos del siglo XVI y las guerras de religión y la conquista de América. Ahora bien, este vínculo no solo es la violencia de estos eventos, sino también los procesos de formación estética que viven los personajes. Por ello, Tríptico de la infamia es una novela que se lanza a buscar la belleza y se topa con el horror.

¿Fue realmente sorpresivo el Rómulo Gallegos?

Yo no mandé la novela y solo supe que Random House la había enviado poco antes de que se diera el veredicto de los finalistas. Desde todo punto de vista fue una sorpresa el premio para mí. Mi anhelo, durante años, fue ganar un concurso nacional de Colcultura o del Ministerio, pero nunca pude lograrlo. O quedaba entre los finalistas o no quedaba de nada. Ya me había hecho a la idea de que mi destino era el de los topos, trabajar subterránea y silenciosamente y no esperar nada de afuera, es decir, del llamado establecimiento literario colombiano. Hasta que un jurado extranjero se fijó en mi novela y la premió por razones exclusivamente literarias.

¿Qué sigue ahora?

Luego de mi travesía por la infamia y la auscultación de ciertos males históricos, quiero dedicar mi tiempo a una serie de libros sobre música. Ya empiezo a calentar motores (a esto le llamo hacer lecturas preparatorias y entablar conversaciones con algunos viejos amigos y compañeros de oficio) para escribir una novela sobre mis tiempos de estudiante de música en Tunja. Siempre he pensado que ese es mi as bajo la manga. Veremos qué pasa.

 

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