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Las paradojas parecen estar en la esencia de la moda. Él era judío, había crecido en Brooklyn entre los ingratos avatares de una familia pobre de los años 20, con maltratos de un padre prestado y los recuerdos de un abuso sexual.
Pasó de prostituto (como lo cuentan sus biografías) a actor hasta que un día el multimillonario Howard Hughes le dio empleo y cambió su anónimo nombre de Richard Sylvan Selzer por Mr. Blackwell. Su procedencia humilde y su pasado atropellado no fueron obstáculos para que se convirtiera en el gendarme de la moda mundial, en el ojo que escrutaba a todos y lanzaba juicios como si fuera algún dios del estilo.
Fue con su lista, con la “tiránica y despiadada” de los mejor y peor vestidos del mundo del espectáculo, que firmó su tan anhelado ascenso al cielo de la fama. Al infierno, dirían en realidad muchas de las víctimas de sus críticas.
“A las que meto en la lista les importa un pepino”, se atrevió a confesarle alguna vez a un periodista español que dejó entrar por primera vez a su casa. “Pero luego salen en los programas y se meten conmigo. Me pueden mandar al infierno, no me importa. Seguiría yendo al infierno igualmente, independientemente de lo que digan de mí. Prefiero ir al infierno que al cielo”.
Quién sabe ahora por dónde andará, porque el pasado 19 de octubre, a sus 86 años, y por una afección intestinal, el que inauguró en los años 60 la mofa a los famosos se despidió para siempre.
Aunque muchos pésames no se han dejado sentir en la meca del cine, a Blackwell habría que reconocerle que haya aplicado un antídoto contra los elogios desmedidos de las revistas de moda, además de convertir sus listas en un documento, casi histórico, de la celebridad moderna.
Para él, Madonna era una muchacha aburrida que andaba con el trasero al aire; Bárbara Streisand, la versión masculina de la Novia de Frankenstein; Christina Aguilera, una cantante deslumbrante sin el menor gusto, y Sharon Stone, una Cruella DeVille entrada en años.
Durante 48 años, Mr. Blackwell respiró por todos sus poros frustración y agobio por los vestidos que las famosas elegían para desfilar por los tapetes más reconocidos del mundo. “Yo digo a viva voz lo que otros susurran”, decía a su favor, “mi intención no es lastimar los sentimientos de estas personas, es rechazar la ropa que llevan puesta”, confesó en las páginas de Los Angeles Times.
Sus críticas implacables no fueron siempre mal recibidas, algunas, como Mariah Carey, le agradecieron burlonamente a Blackwell que las incluyera en su lista, así fuera en la de las peor vestidas, porque lo único que hacía era ratificar que habían ingresado definitivamente al mundo de las famosas. Otras, com Bárbara Streisand y Elizabeth Taylor, por el contrario,
hicieron sus reclamos públicos y buscaron abochornar al crítico por su lengua viperina. Y, finalmente, hubo famosas como Camila Parker, que soportaron estoicamente improperios como “una Duquesa sin gracia que parece un periquito petrificado de la edad jurásica por sus sombreros de plumas que alguna vez causaron furor”, como alguna vez oyó decir.
Su lengua pasó por Colombia
Blackwell no sólo sonó por estas latitudes cuando en 2003 metió a Shakira en su temida lista de las peores vestidas aduciendo que era “una persona muy nerviosa a la que alguien debería advertir que la ropa que lleva es probablemente la ropa antigua de Madonna”. En realidad, corría marzo de 1995 cuando Blackwell armó tremendo revolcón nacional. Tras una entrevista que le hizo Julio Sánchez Cristo al gurú de la moda, la revista Cromos tuvo la idea de poner al crítico a despotricar y elogiar a los personajes de la vida criolla. Enviaron 32 fotos de personajes reconocidos como Gabo, Paola Turbay, Ernesto Samper, Noemí Sanín y Pepe Sánchez, quienes recibieron de vuelta un picante ranking que levantó muchas escamas.
Aunque llegaron cientos de cartas de lectores y muchos diseñadores pidieron que se abrieran las páginas para que ellos pudieran contrarrestar las agudas acusaciones de mal gusto de Blackwell, el experimento resultó todo un éxito, al punto que se perpetuó por varios años.
Elogió a Carolina Gómez diciendo que era un festival de realeza francesa, “una mujer de los 90”; celebró el estilo (1995) de Pilar Castaño y la calificó de mujer despampanante, mientras que a Pacheco le criticó la combinación de rayas y barriga prominente y a Belisario Betancur “ su terrible camisa y corbata”.
El polémico personaje reconoció en repetidas ocasiones tener sentimientos encontrados por haberse dado a conocer como un villano, aseguraba que la mayoría de las mujeres a las que señalaba, con los hombres era más condescendiente, eran personas a las que admiraba genuinamente por su talento, mas no por su sentido de la moda. Muchos rumoran que lo que en verdad odiaba Blackwell era a los diseñadores, “Quizá debí haber nombrado a los 10 peores diseñadores en lugar de culpar a quienes usaban sus prendas”. ¿Será que hizo a tiempo el acto de contricción?
Víctimas recurrentes de la moda
Mr. Blackwell fue implacable a lo largo de toda su vida con varias celebridades internacionales.
La cantante Cher fue uno de los blancos preferidos de toda la trayectoria de Blackwell. Su comentario más fuerte y tajante respecto al modo de vestir y la estética de esta artista fue en el año 1999: “Un millón de chaquiras y un trasero sobreexpuesto. Cuando se trata del último fiasco de la moda, damas y caballeros… ¡es Cher!”.
Otras víctimas de los ácidos comentarios de Blackwell han sido Björk (“Una pretenciosa locura de la moda en una pesadilla de Salvador Dalí”, 2001), Mariah Carey (“Mariah, la paria de la moda, finalmente encontró su nicho… coronémosla reina de las catástrofes kitsch”, 2005) y Mary Kate Olsen (“¡Guácala! En capas rebajadas de kitsch, su look es difícil de explicar. Parece un palillo andrajoso que quedó atrapado en un huracán”, 2007).