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El Titanic atraca en Madrid

Hasta el 19 de abril se pueden ver 230 piezas en ‘Titanic: Objetos reales, Historias reales’.

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Madrid acoge, hasta el próximo 19 de abril, la exposición ‘Titanic. Objetos reales, Historias reales’, una impresionante muestra que recopila 230 piezas rescatadas del mítico barco hundido en 1912 en el Atlántico. Además, para los más sibaritas, un hotel ofrece el exclusivo menú de la última cena del trasatlántico más famoso del mundo.

Hace casi 97 años, en la madrugada del 15 de abril de 1912 durante su viaje inaugural entre Inglaterra y Estados Unidos, el barco más grande y lujoso jamás construido, el RMS Titanic, se hundía en las gélidas aguas del Atlántico Norte tras chocar contra un iceberg.

El buque, en el que viajaban 2.228 personas y que era considerado como "insumergible", se fue a pique en menos de tres horas, después de que su casco se partiera en dos. Tras levantar la popa, alcanzó una posición vertical y luego se deslizó suavemente hacia el fondo del mar donde aún permanece a unas 453 millas de la costa de Newfoundland en Canadá. Más de 1.500 pasajeros y tripulantes murieron en uno de los peores naufragios de la historia, hoy convertido en leyenda.

Los restos del mítico barco durmieron en el lecho marino, a 4.000 metros de profundidad, hasta que en 1994 la empresa RMS Titanic. Inc. logró los derechos para "rescatar" la memoria de la nave y preservarla para la posteridad. Desde entonces se han realizado 7 expediciones en las que se han rescatado 5.500 objetos, desde parte del casco hasta pequeñas piezas del buque, así como pertenencias de los pasajeros.

Muchos de estos auténticos tesoros se pueden apreciar en una exposición que recorre el mundo dando testimonio de la vida y tragedia del suntuoso trasatlántico. 18 millones de personas ya la han visto, 50 mil de ellas en Madrid, donde ‘Titanic. Objetos reales, Historias reales’ permanecerá atracada hasta el próximo 19 de abril.

La exposición

Ubicada junto a la emblemática Plaza de Colón de la capital española, la exposición, cuya entrada cuesta unos 16 euros, unos 48.000 pesos, cuida todos los detalles para que los visitantes se sientan parte de los recuerdos del imponente barco.

Una vez a bordo, comienzan un recorrido cronológico que recrea la corta vida del Titanic a través de 230 objetos "únicos e irremplazables", como asegura Cheryl Muré, directora del Departamento de Educación de Premier Exhibitions Inc. empresa organizadora de la muestra, y quien destaca "que lo más importante son las historias de los pasajeros y la tripulación".

Es un viaje algo "fantasmal" porque durante el impresionante recorrido es posible disfrutar de una experiencia sensorial como pocas. Basta con acercarse a los frascos de perfume que se exhiben para apreciar los extraordinarios aromas que aún emanan pese a haber estado sumergidos en el océano por más de 90 años. Pertenecían al perfumista inglés Adolf Saafeld, quien viajaba en primera clase rumbo a Nueva York para vender sus muestras. Las llevaba en un maletín de piel que contenía 62 frascos distintos.

También es posible apreciar piezas de la vajilla de porcelana grabada con el logo de la compañía naviera dueña del Titanic, la White Star Line, en las que comían los pasajeros, así como ollas, cacerolas y otros utensilios de cocina que fueron recuperados. Uno de los armarios que los almacenaba permaneció intacto durante el hundimiento y acabó en el fondo del mar. La madera se pudrió con el tiempo, dejando los platos perfectamente apilados.

Uno de los objetos más impactantes es una botella de Moët and Chandon Seco Imperial de 1898 sin descorchar que evoca el lujo que se derrochaba en el barco y que era, eso sí, privilegio de los viajeros de primera clase. Los demás podían comprar cerveza. El Titanic llevaba más de 20.000 botellas de esta bebida, muchas de las cuales forman parte de la exhibición.

Según Muré, "los objetos son muy frágiles porque han permanecido mucho tiempo sin estar expuestos a la luz por eso cada día deben ser cubiertos con mantas. Además se transportan en condiciones muy especiales".

La exposición, a través de impresionantes reconstrucciones en las que no faltan la música, la luz o la decoración de la época, recrea con asombra precisión la vida en el barco y ofrece varios de sus espacios, entre ellos, el puente de mando; el salón de café Verandah, el más exclusivo de todo el Titanic y las cabinas o camarotes de primera y tercera clase, al igual que detalles como manillas de puertas, un gancho de carga, un cronómetro, la columna de la rueda del timón, el telégrafo de emergencia, etc.

Los objetos personales de los pasajeros les permiten a los visitantes conocer cómo se desarrollaba su vida cotidiana y cuáles eran sus historias. Como la de Howard A. Irwin, un acaudalado jugador de póker cuyos naipes Steamboat fueron rescatados del fondo del mar, y a quien el Capitán Smith alertó para que no fuera timado por "tahúres" con los que se sentaba a jugar durante horas.

También se muestran unos pantalones de denim, un billetero de piel o un saquito de satén que probablemente se usó para guardar joyas o ganchos para el pelo. Una de las vitrinas exhibe un par de ligas azules, unas pequeñas bandas elásticas que eran utilizadas para que no se cayeran las medias y que pertenecieron al viajero Franz Pulbaum.

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Pasta de dientes, una pitillera con cigarrillos turcos y egipcios, productos cosméticos y joyas, entre otros objetos, ayudan a entender el distinto nivel socioeconómico de los pasajeros, algo que también fue definitivo a la hora de salvar la vida durante el hundimiento del barco.

El recorrido está apoyado por fotografías históricas, videos y carteles informativos que cuentan, paso a paso, la historia del Titanic, desde su diseño y construcción hasta su naufragio. Incluso en la parte final de la muestra es posible encontrarse con un bloque de hielo de 8 metros conservado bajo cero que simula ser el iceberg contra el que el barco chocó, y que puede ser palpado por los visitantes para que se hagan una idea de la temperatura del mar aquella fatídica madrugada. También ahí se puede apreciar la campana que sonó para alertar de la inminente tragedia.

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Al marcharse los visitantes podrán conservar una parte del Titanic. Cada persona se lleva a casa una réplica de los tiquetes elaborados originalmente en 1912 y que permitían el acceso al barco. Aunque sí alguno quedó con ganas de más, puede echar mano de un placer reservado sólo para unos pocos. Un hotel de Madrid ofrece la última cena que sirvió el barco la noche de su naufragio.

La exposición ‘Titanic. Objetos reales, Historias reales’ estará abierta hasta el próximo 19 de abril de 2009 en número 5 de la calle Goya, de Madrid, España.

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La cena

En el Titanic el lujo se hizo a la mar y comer en los exclusivos restaurantes de la primera clase era un placer que podían darse sólo los pasajeros que habían pagado lo equivalente hoy a unos 64 mil euros, es decir, casi 200 millones de pesos por persona.

A bordo del Titanic la comida era prioridad. Se transportaban 40.000 kilos de carne, 200 barriles de harina, 36.000 naranjas, 16.000 limones y 40.0000 huevos entre otras impresionantes cantidades de alimentos, además de 12.000 platos, 2.000 saleros, 2.000 copas para vino y 1.000 tenedores para ostras. Nada podía faltar en el viaje más ambicioso de la historia.

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Cien cocineros elaboraban los menús servidos en vajillas que variaban dependiendo de la clase en la que se viajaba. La noche del naufragio, el último menú que se ofreció para los pasajeros de primera clase fue obra del genio gastronómico de la época, el chef francés Augusto Escoffier.

Consistía en 10 exquisitos platos, entre los que destacaban, consomé Olga al Oporto con láminas de vieiras, salmón al vapor con salsa muselina y pepino, medallones de solomillo a la broche, cordero en salsa de menta, pollo salteado a la lionesa, pichón asado sobre cama de berros, espárragos a la vinagreta azafrana al champagne, paté de foie gras con apio rave y tarta Waldorf.

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Sin riesgos de ser embestidos por un iceberg tras comerla, la conocida como "Cena Titanic" está hoy al alcance de los amantes de la buena mesa. Coincidiendo con la exposición, el Hotel The Westin Palace de Madrid, que por cierto también comenzó su andadura en 1912, está ofreciendo este menú hasta el próximo 3 de mayo en su restaurante La Rotonda.

Cuesta 60 euros, unos 180 mil pesos por persona, y hay centenares de comensales en lista de espera. Apenas 50 afortunados, por día, pueden disfrutar de las exquisiteces de este menú que es servido en una exclusiva vajilla Limoges de principios del siglo pasado que pertenece al hotel.

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Pilar Mantara, directora de alimentación del Palace, indica que han realizado una exhaustiva investigación para conocer en detalle las recetas y los ingredientes más precisos de aquella última cena ofrecida la noche del hundimiento del Titanic en su restaurante À la carte. Además asegura que se van a imprimir copias de las cartas originales detallando el menú, traducidas del francés, el idioma original en las que se escribieron, al español.

A punto de cumplirse un siglo de su desaparición, el Titanic seguirá siendo un gigante dormido en la profundidad del océano porque sacarlo es casi imposible. No existe una tecnología capaz de izar el buque del fondo marino hasta la superficie. Además sus restos son demasiado frágiles para soportarlo. Y lo que es peor, con el paso del tiempo se teme que el barco, o lo que queda de él, colapse por completo debido al deterioro de su estructura, al tiempo que sus objetos están siendo devorados por bacterias, destruidos por sedimentos y corroídos por la sal y ácidos.

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Muchos se oponen a que sus piezas sean recuperadas. Quienes lo hacen aseguran que ésta es la única forma de que gente de todo el mundo vea y toque los objetos que constituyen la memoria física del naufragio mientras se acercan a las dimensiones humanas de la tragedia y a las heroicas y tristes historias de su última noche de gloria.

La Cena Titanic se puede degustar del 1 de abril al 3 de mayo de 2009 en The Westin Palace Madrid, España (Plaza de las Cortes, 7).

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