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¿Qué tanto se parecen el Festival de Teatro de Manizales en su primera edición y este evento que se realiza ahora, 44 años después?
Dicen que todo tiempo pasado fue… anterior. En 1968, hace 44 años, 34 ediciones atrás, hacíamos teatro para cambiar al mundo; hoy, el mundo cambió y seguimos… haciendo teatro para cambiar al mundo.
¿Por qué era importante para Manizales tener su festival de teatro?
La ciudad se ha caracterizado por su vocación cultural y educativa. El festival ha contribuido desde su ámbito al proceso de desarrollo regional y local, subrayando esa tendencia con su enorme capacidad de convocatoria.
Siempre dicen que el trabajo con la cultura y el arte es una labor quijotesca. ¿Se siente un quijote?
Más bien un molino de viento que trata de transmitir energía sin cesar. A veces recibimos ataques de falsos quijotes a los que les falta la dosis de generosa locura para entender que molino y quijote son caras de la misma moneda.
¿De dónde salió la frase que los identifica: “la calle es el escenario”?
De sentir que la ciudad es una ciudad escenario en que cada rincón, cada espacio es tomado por los gestos teatrales. Lo que mejor simboliza a una ciudad en movimiento es la calle con su dinámica y los colores de la vida cotidiana.
Para el Festival de Manizales, ¿fue positiva o negativa la aparición del Iberoamericano?
En el año 68, el de Manizales era el único festival internacional de teatro que se realizaba en Latinoamérica. Aparece en escena el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá, y decenas de festivales en toda nuestra América, generando una riqueza de oferta cultural inusitada. De Bogotá sólo tenemos referencias positivas.
¿Cómo hacer para que María Kodama, la viuda de Borges, no sea el único centro de atención en Manizales por esos días de festival y feria?
La presencia de María Kodama es muy importante para captar el interés mediático, pero la oferta teatral y cultural es suficientemente importante como para generar el equilibrio.
¿Cuál de las dos sensaciones le gusta más: cuando se sube o cuando se baja el telón?
Quisiera mantener la expectativa del comienzo con la sensación del goce estético de un buen final. A veces asistimos a espectáculos que no quisiéramos que se acabaran.
En Colombia, ¿el teatro está en tablas con quién o qué?
Estamos en tablas con la revisión y aplicación de la Ley del Teatro y los mecanismos de financiamiento del sector. En algún diálogo con funcionarios del Ministerio de Hacienda, que manifestaban su preocupación por la presencia del lavado de activos en el sector de los espectáculos públicos, les manifestamos que querríamos que el sector cultural fuera objeto de un “lavado de pasivos”.
¿Le gustó haber sido decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Caldas?
Sí, mucho. Fue un período que recuerdo con gratitud. Haber sido decano a los 25 años y conseguir las metas propuestas es uno de mis mayores motivos de orgullo.
¿Qué es más complicado en Colombia: ser actor de teatro o ser gestor cultural?
Actuar en la escena de la gestión cultural.
¿Qué pensó cuando leyó la columna de Héctor Abad en contra del teatro?
Pensé en un verso de la Ilíada: “… Mas, así que se descubrió la hija de la mañana, Eos de rosados dedos, congregóse el pueblo en torno de la pira del ilustre Héctor…”. Pero en el fondo sabía que Héctor, el Abad, buscaba provocar.
¿Cuáles son los tres montajes imperdibles del festival?
Antígona en la versión uruguaya, Pista Tango de Polo Circo, de Buenos Aires, y las dos obras de Gabriel Calderón, el más talentoso dramaturgo y director joven de Latinoamérica.
En estos años de estar al frente del evento, ¿se ha arrepentido de haber incluido alguna obra en la programación?
Sí, debo confesarlo con rubor, pero no voy a decir cuál o cuáles porque, a la manera de De Greiff, “sí lo sé… mas no lo digo”.
¿Ya está pensando en la edición número 35 del evento?
Siempre se vuelve al primer amor, pero al de Beckett…