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La apuesta por la belleza múltiple

Con las declaraciones que dio esta semana la cantante Christina Aguilera sobre su subida de talla, se pone de manifiesto el reclamo por cuerpos más reales.

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“He estado en todos los espectros de peso”, dijo Christina Aguilera, la cantante de pop estadounidense, quien finalmente se arriesgó esta semana a hablar ante los medios de eso que tan molestamente venían murmurando: su notoria subida de peso. “He estado en este negocio por mucho tiempo y no puedes darle gusto a todos. Jamás podrás ser perfecta, ni demasiado delgada o demasiado voluptuosa o llena de curvas”, dijo entonces la rubia, desconcertando al vigilante público de la belleza que esperaba que la diva se disculpara por su cambio y expresara su intención de rebajar. Por el contrario, casi haciendo una afrenta finalizó: “Estar feliz con mi propio cuerpo es todo lo que necesito”.

El terreno para ser una estrella y aun así no tener que padecer patrones ingratos y casi imposibles de belleza, ya lo venía abonando otra famosa cantante del pop. La inglesa Adele, con su potente voz encarnada en un cuerpo que sabe celebrar las curvas, que sabe evocar otras épocas, cuando la belleza se trataba de armonía y femineidad y no de medidas, pareció abofetear a una industria que hizo de las fórmulas y los cánones la única forma de triunfar. ¿Estamos, quizás, asistiendo al renacer de un nuevo valor estético? ¿Estamos, quizás, dándonos cuenta de que la belleza es un discurso construido y que como tal puede ponerse en duda, subvertirse?

“Desde 2007, en WGSN, donde trabajamos con macrotendencias, que son conceptos que influencian el consumo, empezamos a ver la emergencia de comportamientos en los consumidores que celebraban más lo real, los valores cotidianos, y que retornaban a las cosas más cercanas y que se habían perdido, como dejar notas de agradecimiento escritas a mano, jugar al aire libre o tejer”, explica Catalina Marín, investigadora de tendencias, quien añade que esa misma intención se vio en la concepción de la belleza e, incluso, del progreso. “El ámbito político y económico influyó mucho. Tras las caídas económicas que se destaparon en 2008 mucha gente empezó a darse cuenta de que la vida que llevaban era artificiosa. La crisis económica generó un quiebre e hizo que se visibilizaran otras realidades”.

Que Christina Aguilera se sienta más tranquila ahora con su busto algo caído y sus brazos más rellenos que cuando meneaba una panza absolutamente plana en su video Dirty y que Adele no se sienta amenazada por el séquito de jovencitas rubias y delgadas que intentan componer canciones y mantenerse más de una temporada en las listas, es quizás parte de un sentir que empezó a hacerse evidente en la publicidad con campañas como las de los jabones Dove, que visibilizaron a mujeres de diferentes tallas, razas y edades y que desafiaron al imperio de los cuerpo perfectos y jóvenes que desde los años ochenta se había impuesto.

En realidad, esa tendencia a uniformar el cuerpo femenino y proponer prototipos únicos de belleza, que todas, sin importar lo lejos que estuvieran de encajar, querían emular, nace con el ascenso del capitalismo en el siglo XX, que hizo que el cuerpo perdiera su carácter diferenciador de los individuos y de refugio por excelencia de la subjetividad y se convirtiera en un objeto que se puede producir.

A finales de los cuarenta, cuando se impuso el uso de tallas en Estados Unidos para evitar el desperdicio de algodón en la fabricación de ropa, ocurrió una tremenda transformación en la concepción misma del cuerpo, pues las siluetas que antes eran diferentes en cada mujer tuvieron que ubicarse en unas medidas. Fue así como el cuerpo se volvió un patrón a desear y se lo empezó a producir para que cupiera en las tiránicas formas del vestido.
Sin embargo, el desfase entre los cuerpos perfectos de las revistas y la moda y los cuerpos de las mujeres reales, empezó a hacerse visible y a generar reflexiones por parte de los mismos diseñadores. “En 2010, la marca Gap sacó una campaña en la que al lado de la modelo aparecía la diseñadora que había creado la prenda, diciéndole a los consumidores: detrás de la moda hay alguien real pensando en ustedes, mujeres reales. Por la misma vía, el año pasado la gran cadena mexicana de ropa El Palacio del Hierro usó a una mujer de 70 años para promocionar sus colecciones, diciendo: ni el espíritu, ni la moda tienen edad”, explica Catalina Marín.

En Colombia, una marca de ropa interior y vestidos de baño parece abanderar esta apuesta por la belleza real. Carolina Malabet creó Estivo con la intención de derrocar los miedos al comprar ropa íntima que sienten las mujeres que ya son mamás o que pasan de los 40. Creó una marca que desde el diseño y la publicidad celebra la singularidad de los cuerpos y les abre un espacio en el mercado a esas mujeres que se creían desterradas. “Mido las prendas en personas reales y no en modelos. El 50% de nuestra colección es de vestidos enteros, en donde brindamos beneficios de control de abdomen, copas estructuradas, drapeados que disimulan el abdomen, dibujos y estampaciones que favorecen la silueta”, cuenta la diseñadora. Malabet también se dio cuenta de que en Colombia el tallaje era particularmente pequeño, “eso hace que las mujeres siempre tengan que comprar una talla más y cuando uno compra una talla más piensa que se engordó. Nuestro tallaje es un poco más grande que la mordería que se ve en el mercado y nosotros la llamamos mordería real”.

Es posible que con estas manifestaciones dispersas se impongan otras formas de la belleza. Es posible que, como lo hizo Christina Aguilera esta semana, al confesar: “No creo que sea extraño afirmar que me siento muy cómoda en mi propia piel”, la consigna cambie de “Sé hermosa” a “Sé real”.

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