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La chica de rojo

La diseñadora María Luisa Ortiz revelará en una colección exclusiva, presentada en el evento que apoya a las mujeres que luchan contra el cáncer de seno, el sentido del color y de la amistad.

Algunos de los diseños que se verán en la pasarela de esta noche. / Cortesía
Algunos de los diseños que se verán en la pasarela de esta noche. / Cortesía

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Lleva prácticamente la mitad de su vida viviendo de la moda, como creadora y empresaria. Pero, en realidad, María Luisa Ortiz ha pasado toda su existencia inmersa entre ropa, zapatos, sombreros y accesorios. El fascinante armario de su madre, María Cecilia Mejía, una de las pioneras en hacer moda en el país, desde su natal Medellín primero y luego desde el almacén Octopus (década de los 80) en Bogotá, fue el patio de juegos de la diseñadora paisa.

¿A quién le iba a extrañar entonces que una María Luisa de enormes ojos negros, casi tan voraces como su espíritu, y con apenas veinte años decidiera irse a París para estudiar en la exigente Ecole de la Chambre Syndical de la Haute Couture Parissienne? Los dados —en este caso, los dedales— estuvieron echados para siempre. De ahí que las películas —casi todas, en especial las clásicas del cine europeo y norteamericano—, las vitrinas, los bocetos hechos a mano —con la técnica ardua de esbozar el cuerpo y abordar sobre él las prendas imaginadas— y un romanticismo impenitente hayan quedado como los lugares esenciales en los que se reinterpreta María Luisa Ortiz. Si los maniquíes pudieran hablar, qué no contaría Lolita —el antiguo ejemplar elaborado por el taller francés Stockman y que hoy reposa ausente en la sala de su casa en el norte de Bogotá— sobre el periplo de esta mujer que se instaló en Los Ángeles empeñada en trazarse un destino, pero que regresó a Colombia aturdida y resuelta a probarse en el medio que la vio nacer. Toda esta historia se ha ido condensando a lo largo de colecciones, vestidos de novia y de fiesta hechos a medida desde su taller-almacén, reconocimientos públicos y decisiones de negocio que la han llevado a incursionar en los uniformes corporativos, hasta en un sello “más comercial” que sus conocidas prendas de prêt-á-porter.

Por toda esta trayectoria profesional, pero sobre todo por el impetuoso y franco sentido que María Luisa Ortiz le otorga a sus relaciones personales —especialmente a la manera indestructible en que teje su amistad con mujeres—, es que quizá Avon decidió encargarle la colección que se presenta una vez al año en Bogotá para apoyar la causa abanderada por la fundación de esta compañía: la batalla que libran cada día millones de mujeres víctimas del cáncer de seno.

Con un sí rotundo, habitual en la diseñadora de origen paisa, María Luisa Ortiz accedió a revelar detalles inéditos de las veinte salidas, preparadas por su equipo de costureras de siempre y que serán presentadas oficialmente esta noche en el recuperado Teatro Faenza, en el centro de Bogotá.

‘Amistad rosa’ es el título de la colección que veremos. ¿Cómo va a contar esta historia a través de las prendas?

Voy a comenzar contando lo que siento por la amistad desde el blanco, luego por el no color, que es el negro, para ultimar lo más apasionado con rosa y rojo. Las lentejuelas harán la función de hilar estas relaciones de manera simbólica. Esta es una oportunidad para realizar un pacto, si se quiere. Como el que acostumbro a renovar con quienes son mis amigas desde hace décadas. En esta ocasión quienes vestirán mis prendas, como modelos solidarias con esta causa, son —entre otras— las actrices Marcela Mar, Cristina Umaña, Estefanía Borge, Indira Serrano, Marcela Carvajal y las presentadoras de televisión Alexandra Santos y María Cecilia Botero. A todas ellas las he vestido desde hace años, han comido pasta en mi casa, mi esposo Salvatore Salamone las ha fotografiado y, en definitiva, forman parte de mi vida más íntima. Las considero justamente mis amigas porque están conmigo en las buenas y en las malas.

Contamos con tres de sus bocetos —en blanco, rojo y negro—. ¿Cómo funciona cada uno de ellos? ¿Cuentan con textiles precisos para cada color?

El negro es un vestido elaborado en lentejuelas rojas y negras con una sobrefalda en tafetán negro. El rojo está elaborado en crepé y la parte superior está confeccionada con lentejuelas doradas. Con crepé marfil hemos confeccionado el vestido más claro y le añadí un detalle en organza marfil, así como un cuello halter en chifón negro. Esta va a ser una colección de vestidos para coctel, porque hay que celebrar la vida. Así estés enferma, no pierdes nunca la feminidad.

El hecho de dibujar a mano, con lápices, ¿es determinante en su caso para entender la prenda?

Sí, necesito siempre hacer un dibujo. Normalmente escojo mis modelos antes de dibujar la colección, porque así tengo claro el orden y la actitud de cada una de las prendas. Escojo entonces las telas, los colores y ahí sí me siento en la mesa de comedor de mi casa (entre los gatos Perla y Caramelo, que no dejan trabajar) para diseñar y concebir cada uno de los bocetos. Esta colección la terminé de dibujar el Día de la Madre en casa de Mónica Holguín, mi gran amiga, la directora creativa de Pepa Pombo.

¿Qué patrones ha utilizado para componer ‘Amistad rosa’?

He vuelto a trabajar siluetas y patrones que vengo explorando desde hace años, porque sé que son ganadores en el cuerpo de la mujer. Vestidos y faldas al sesgo, el famoso corte al bies, que nunca tienen pierde porque se adaptan y abrazan tu cuerpo. La tela entonces adquiere vida propia.

Sus trabajos siempre tienen un aire nostálgico que contrasta con su fuerza vital. Digamos que usted siempre pareciera ir hacia el futuro, pero sus colecciones demuestran su fervor por el pasado. ¿Es este su presente?

Sí (suspira)… es inevitable. Quiero mantener mi mirada hacia delante, pero persiste siempre una tendencia a volver al pasado. Me traiciona la famosa saudade de los brasileños. Ese es mi estilo, no lo puedo ni quiero evitar. Es una traición positiva porque el resultado siempre es femenino y atemporal. El otro día recibí un tuit de alguien que escribió que vestir algo mío es sentirse siempre actual. Me gustó, claro.

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“Faldas sin forma, blusas de cuello alto, vestidos de algodón y sarga mal hechos. Nadie mayor de treinta años llevaba ningún color que no fuese negro y marrón”: está en ‘Fragmentos de vida, una educación nada sentimental’, de la autora europea Sybille Bedford (Quinteto). María Luisa, ¿es capaz de imaginar una vida así, en medio de la guerra y sin posibilidad de color ni de forma?

Tengo que recurrir a los libros para imaginarla, pero sólo pensar en esa situación —aunque me visto frecuentemente de negro— me nubla. Para mí no podría ser vida, pues comunico todo lo que necesito justamente con la forma y la paleta. Los colores que escojo siempre tienen que ver con mi momento emocional, sin duda. Donde habita la nostalgia (2010) fue una colección muy oscura, no tenía ningún color vibrante aunque las siluetas eran muy ricas. Aquel espacio de mi vida tenía mucho de reflexión, poca euforia. En contraste con la colección Botero (2000), en la que todo era una explosión motivada por haber conocido a mi marido, Salvatore.

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Los labios rojos de su madre son como los famosos de Paloma Picasso. ¿Qué tiene el rojo que tiñe de manera inolvidable el rostro de una mujer?

Mi hija, Cecilia, me dice a veces: “Mamá, píntate los labios de rojo que te ves muy bonita”. Sí, es cierto. Voy sin maquillaje y te pintas así y ya. Es que el rojo transmite carácter. Recuerdo cómo se pintaba mi madre: el labio superior delineado más arriba para que se viera más ancho. Hoy en día yo me pinto de manera automática, sin espejo. Recomiendo siempre todos los colores derivados del magenta, especialmente si las mujeres necesitan un punto de apoyo en versión de un color: ahí está el rojo.

www.sentadaensusillaverde.com 
@sillaverde

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