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Gonzaga Manso es uno de los fotógrafos jóvenes más reconocidos de España. Internado en el campo publicitario ha logrado demostrar que sus imágenes son escenas de una historia más extensa concebida en su cabeza. Su estilo ha sido comparado con el de Eugenio Recuenco, uno de los grandes en este campo.
En entrevista con El Espectador, Manso cuenta cómo ha sido su proceso artístico e invita a participar en el Sony World Photography Award 2015 (*), de cuya edición anterior fue uno de los finalistas.
¿Cómo fue el primer momento de tener la cámara en las manos?
Es muy personal. Cuando empecé a hacer arte fue porque estaba enamorado y tenía la necesidad de contarle eso al mundo. Por eso cogí una cámara y empecé a hacer fotos. Eran horriblemente malas, pero encontré en ella una vía para expresarme. Fui avanzando, creciendo y encontrando mi propio lenguaje.
¿Siempre ha sido autocrítico con su trabajo o ahora ve sus fotos y es consciente de que eran malas?
Siempre he sido sincero conmigo. Es normal que cuando estás empezando tus fotos no sean buenas, porque no sabes nada, no sabes iluminar, utilizar la cámara bien, ni tomar una foto. Cuando capturo una imagen, siempre me pregunto si, de encontrar lo que estoy haciendo en un museo, me gustaría o diría “qué mierda de exposición”. Si mi respuesta es sí, voy por buen camino. Al principio era difícil que la respuesta fuera positiva, pero era consciente de que era un proceso de aprendizaje.
¿En qué momento se dio la transición a la fotografía publicitaria? ¿Hubo prejuicios?
Me di cuenta de que me gustaba contar historias que estaban en mi cabeza, mundos irreales, y en mi estudio los construía y hacía realidad. El 90% de mi tiempo estaba en el estudio haciendo mi trabajo personal. Y lo más parecido a eso, algo tan producido, tan detallado, era la fotografía publicitaria. Siempre supe que no era fotógrafo de guerra, ni de ir por la calle buscando la mejor foto. A mí lo que me gustaba era meterme en el estudio y hacer la mejor foto.
No está muy de acuerdo con eso que llaman inspiración. ¿Cómo llegan las ideas entonces?
Al final contamos historias con las fotos y esas historias están inspiradas en nuestra vida. Todo lo que vivo me afecta y me inspira como fotógrafo. Conocer una chica, ir a una playa o un país, viajar en tren, todo te enriquece. Todo te hace ser mejor persona o una persona más completa; también te hace mejor fotógrafo. En el caso de la inspiración, cuando ya eres profesional, está sobrevalorada. Hay momentos en los que tengo que hacer una foto y tengo determinado tiempo, y aunque no esté inspirado tengo que sacarla adelante. Entonces me siento, cojo un papel y un bolígrafo y escribo y dibujo hasta que llega la idea. Hay personas que dicen: no estoy inspirado, no sé qué hacer, pero eso es mentira. No puedes esperar a que se partan las nubes, te caiga un rayo y tengas la idea perfecta. Hay que trabajar, y cuando estés haciéndolo se te ocurrirá la idea. Más que en la inspiración, creo en el trabajo y en desarrollar activamente la idea.
¿Cómo combina esas vivencias propias con la influencia de otros fotógrafos?
Influyen tantas cosas. Hay momentos en los que una canción o un grupo de música influyen en mí más que un fotógrafo. Porque una canción me pone en un estado anímico que yo digo: ¡joder, esto es magnífico! Busco influencias que estén alejadas de mi medio para que no me contaminen y poder hacer lo mío. Otro medio es la pintura; voy mucho a museos. Intento ser muy auténtico, pero por supuesto todo el arte que nos rodea termina influyendo en uno, y es bienvenido, porque todos construimos sobre lo que ya está hecho. Si empezáramos de cero, estaríamos pintando en cavernas.
¿Hubo un libro o una canción que desembocaran en un trabajo fotográfico?
Claro. Hice unas fotos en estudio de una mujer en un entorno abstracto, con bolas negras que parecen piedras. Hice un mar y ella estaba en el medio, desnuda, delicada, guapa. Eso estuvo inspirado en unos sueños mientras leía un poema de Mario Benedetti que se llama Sirena. Había un verso que decía: “Tengo la convicción de que no existes y sin embargo te oigo cada noche”. Soñaba con una mujer a la que escuchaba, pero nunca veía. Y si la veía estaba de espaldas en un sitio raro. Ese poema inspiró ese trabajo.
¿Siente limitada su creatividad cuando trabaja para alguien?
Depende. Hay proyectos en los que llega la gente de publicidad y te dice “quiero esto”. En ese momento no hay mucho margen de maniobra: tú aportas cosas, tu forma de iluminar, la dirección de la modelo, tu estética. En cambio hay otros proyectos en los que te llegan con un briefing y te dicen “queremos desarrollar tal idea”.
¿Ha rechazado algún trabajo fotográfico?
La publicidad es lo que me da de comer. Hay trabajos que tienes que hacer aunque no encajen mucho dentro de tu visión, pero hay otros que sí, y eso es perfecto y va a salir mucho mejor para todos. Alguna vez me han llegado con proyectos para los que he dicho que no soy el fotógrafo indicado. Son contrarios a mi estilo, y no puedes vender tu visión, tu identidad como artista.
¿Cuál es el futuro de la fotografía publicitaria con la avalancha de gráficos que se usan hoy?
Veo que se está perdiendo la importancia de la foto. En algunos casos el director de arte tiene una cámara digital y hace la foto. ¡No me jodas, tío! ¡Eso no está bien! Hacer una foto es un arte. Si el nivel de publicidad quiere ser bueno y quieren trabajar con estándares de calidad, tienen que recuperar el respeto por la posición del fotógrafo.
En su trabajo publicitario, ¿dónde queda el instante decisivo?
No queda. El instante decisivo es una concepción distinta de la fotografía que me parece bellísima, pero no es como yo concibo la fotografía. Me gusta construir un mundo, crear algo que tienes en la cabeza y construirlo.
¿Qué es lo que le gusta de Eugenio Recuenco?
Recuenco es maravilloso. He tenido la oportunidad de conocerlo en España muy brevemente. Y fue curioso porque nuestro estilo es similar, guardando la distancia y la experiencia tan gigante que él tiene, pero yo lo descubrí muy tarde, yo ya hacía mis fotos y tenía mi estilo. De repente un amigo me dijo: “Mira las fotos de este tío”. Las vi y dije: “Es increíble, estamos hablando el mismo idioma visual”. Para mí fue muy satisfactorio saber que él triunfaba haciendo cosas bellísimas y que, de cierta manera, veíamos la fotografía de una manera parecida. Es un maestro del buen gusto y de la luz.
(*) Encuentre información del Sony World Photography Award 2015 en www.worldphoto.org.