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Que un diseñador asegure que no está tan interesado en la moda no es un acto provocador, es más bien la confesión de un hombre para el que la ropa y sus maneras van más allá del juego de la seducción y la belleza y se convierten, más bien, en el terreno más apropiado “para responder a ciertas cosas en el mundo”.
Hussein Chalayan no es un diseñador de modas nada más, es un observador de comportamientos capaz de filtrar y reproponer a partir de vestidos la manera como esos comportamientos, esas cosas, tienen lugar en el mundo.
Quizá su presentación suene tan abstracta como muchas veces son los resultados de sus procesos creativos, pero basta con dar una mirada a algunas colecciones que este chipriota ha creado a lo largo de 17 años para aterrizar sus ideas y entender cómo su moda se convierte en un claro manifiesto de sus pensamientos.
Justamente por estos días y hasta el 13 de noviembre, el Museo de Artes Decorativas de París hace una retrospectiva de todo el trabajo de este hombre, que creció en un país en donde constantemente tuvo que pisotear las fronteras entre el mundo árabe y el cristiano.
La exhibición recoge desde los primeros trabajos de Chalayan, quien, por ejemplo, en 1996 hizo posar a seis mujeres sobre el escenario, todas con la cara cubierta por una burka y con unas faldas que gradualmente iban trepando por sus rodillas, luego por sus cuerpos, de tal forma que la última sólo tenía cubierta la cara. Todo su cuerpo se enseñaba desnudo en la pasarela. Era su manera, aún amateur, de decir: “No toda la ropa es moda (…), la ropa es un lugar de combate que de alguna manera confronta al que lo usa y al que lo ve por la calle”.
Un paso adelante dio este diseñador de 40 años en su siguiente show, en 1998, que bautizó After words. En plena guerra en Kosovo, este hijo de una tierra siempre en conflicto hizo de sus vestidos una especie de arquitectura usable, hizo pensar que la moda podía ser un lugar solidario con los desterrados.
Cuatro sillas y una mesa fueron dispuestas sobre un blanco escenario. Cuatro chicas retiraron los forros grises que cubrían las sillas y que se convirtieron como por arte de magia —más bien por arte del ingenio— en cuatro vestidos complejos. Las estructuras desnudas de las sillas se convirtieron luego en unas maletas de viaje. Tras la euforia que acogió al público aparece una nueva modelo, retira el centro de la mesa redonda que ha quedado sola en el escenario, se mete en la mesa y la hala hacia su cadera para crear una falda cónica. “Quería hacer pensar a la gente cómo lograr que los desplazados de la guerra no tuvieran que dejar sus pertenencias, salir huyendo sin nada, creé entonces una manera de llevarse la casa puesta, de hacer de mi cuerpo mi casa”, admitió alguna vez en un reportaje el creador.
“De una colección a la otra, Chalayan revela sus orígenes y reta el mundo que lo rodea. Sus influencias suelen referirse a su propia historia, marcada por los viajes desde muy niño, la ausencia de raíces, los problemas sociales y los conflictos del mundo”, asegura Pamela Golbin, la curadora de la muestra en el texto de la exposición, que se despliega a lo largo de dos pisos en el mueso. “En el primer nivel se presentan esas colecciones que delatan sus procesos de pensamiento: esos que examinan la política, la cultura, la religión, la geografía y las fronteras. En el segundo piso están aquellos vestidos que retan las ideas de movimiento y desubicación, migración y velocidad, y sus interpretaciones del tiempo y el espacio”, describe Golbin.
Sin embargo, Hussein Chalayan hace tregua a veces, y entonces vuelca su ingenio no para sentar un precedente político, sino para jugar con las posibilidades insospechadas del diseño. En Airborne, la colección primavera-verano de 2007, sus vestidos se transformaron en un juego con las estaciones. En ella el viento se convirtió en un material más que componía las formas. Así, con el paso de un ventarrón las faldas cobraban nuevos vuelos, se abrían en compartimentos casi biónicos y hacían que la mujer sobre la pasarela se percibiera cambiada, transformada, tocada por su soplo de novedad. Mostró también vestidos que una vez eran tocados por una leve brizna poseían la inteligencia de desplegar un maravilloso sombrero sobre la cabeza de la mujer que lo llevaba puesto, e hizo de la tela una pantalla de luz, en donde por medio de un control remoto se podrían cambiar los patrones de colores y diseños. Los vestidos ya no serían así objetos inmóviles, sino casi tecnologías capaces de responder a las transformaciones del sujeto.
Después del recorrido, al que se le haya antojado que Chalayan está sin duda más cerca del arte que de la moda, se dará cuenta de que al final se trata también de la belleza de la línea y las siluetas, se dará cuenta de que en realidad su mayor talento es haber puesto todos esos complicados universos a caminar en tacones por calles reales.