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A sus 87 años, la memoria de Héctor Acebes cada día se parece más a un rollo fotográfico velado. Sin embargo, este documentalista de madre y nacionalidad colombiana, nacido en New York, todavía recuerda la época cuando viajó al África y se convirtió en uno de los primeros fotógrafos americanos en registrar el continente negro.
Desde pequeño, Acebes fue un eventurero sin remedio. En una de sus vacaciones, viajó a los Llanos Orientales. Conoció los leopardos, los felinos de esa piel veteada que hoy adorna los muebles de su apartamento en Bogotá, y volvió con el cuento a Estados Unidos. Pocos le creyeron la existencia de aquel animal. Años después aprendería la lección. Pocas dudas quedaron en el país del norte acerca de la existencia de la anaconda luego de que rodara el documental llamado El monstruo de la planicie. La filmación fue una de las primeras pruebas que registraban la monumental serpiente.
Un día, con apenas catorce años, se escapó de su casa. Para entonces su familia ya se había establecido en Bogotá, proveniente de Nueva York, y Acebes pensaba darle la vuelta al mundo con tan sólo un dólar en el bolsillo. Sólo pudo llegar hasta Barranquilla. “Yo no podía concebir pasar el resto de mis días detrás de un escritorio. Prefería sentarme en una chalupa y navegar por un río desconocido”, afirma.
Su carácter aventurero se probó una vez más cuando, sin culminar siquiera la década de la Segunda Guerra Mundial, en la que combatió, ya estaba alistado en otra misión: recorrer el África y narrar el continente con sus cámaras y sobre su campero de marca Willys. El automóvil llegó de Nueva York y con él cruzó todo el continente, desde Dakhar hasta Nairobi, en Kenia. Rodó algunos documentales y registró en sus fotografías las imágenes de un continente casi desconocido para los ojos del primer mundo.
En sus películas, Acebes interpreta a un personaje que carga siempre una sombrilla grande y una funda de pistola al cinto. La sombrilla la utilizaba para proteger del sol los rollos de su cámara, para que no se velara la película. “En la funda –dice entre risas más de 60 años después– no tenía una pistola, sino un pañuelo”. La tomó de un prisionero Alemán, junto con el revolver P-38 que protegía.
No obstante, las comunidades no se alertaban cuando le veían venir. Muchas de las gentes del África que posaron para su lente jamás habían visto una pistola, tampoco una cámara: “A mí me gustaba ir adonde los demás habían fracasado, de donde los habían sacado corriendo”.
Para ganar la confianza de las comunidades, Acebes se dejaba ver, primero, de los niños. Luego conquistaba a las mujeres y, por último, a los hombres que no podían reprimir las carcajadas cuando de una lata de maní saltaban por los aires unas cuantas serpientes de colores. Acebes trajinaba con el recipiente hasta que, siempre, alguien se ofrecía a abrirlo por él. Las serpientes saltaban, algunos salían despavoridos y otros se desternillaban de la risa: “Yo estoy convencido de que el humor es una característica del hombre. Jamás conocí un nativo que no tuviera esta cualidad. Todos ríen de un rápido en el río, de la forma de una nube, del tronco de un árbol y, especialmente, de mí”. Seguramente las más temidas tribus pensarían que un hombre que hacía reír no podría ser peligroso. Luego posaban para sus fotos.
Los libros que recogen sus imágenes todavía se venden en todo el mundo. Galerías en Estados Unidos aún exhiben su obra. Sus documentales, rodados también en Colombia y Ecuador, fueron ampliamente difundidos en el país del norte durante los años cincuenta. Hoy sábado, a las 10:45 p.m. en su espacio Entre ojos, el Canal Caracol transmitirá el documental de Juan Carlos Delgado, Héctor Acebes: el ojo de un aventurero. Allí, el fotógrafo confiesa la esencia del aventurero, al que un viaje hacia rumbos desconocidos, poblado por gentes temidas, le parece tan peligroso como tomar el sol en su apartamento de Bogotá: “Si me pusiera a pensar en todas las cosas que pudieran pasar en una expedición, creo que me quedaría en mi casa, donde podría romperme el cuello en la ducha al resbalar con el jabón”, dijo en su época de aventurero.