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Pasarela en la Ciudad Luz

Durante la Semana de la Alta Costura en París,  una de las  más importantes del mundo, la colombiana presentó su colección otoño-invierno.

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Como la temperatura debe estar por los 35 grados, el abanico es el accesorio a la moda entre las asistentes al desfile de la Casa de América Latina en el marco de la Semana de la Moda de París. Aquí no se verá la desmesura de la presentación de Chanel con un león de diez metros de alto que ocupó la nave central del Grand Palais y conquistó la portada de varios diarios, pero los preparativos duran todo el día, y aun minutos antes del desfile hay técnicos que ajustan los reflectores y encargados de protocolo que revisan dónde deberán sentarse los embajadores, los representantes de las casas de costura y las mujeres que baten sus abanicos mientras se van sentando. Algunos son comprados a los vendedores del metro, otros cuestan una pequeña fortuna. Ese es el caso del abanico color crema de una de las asistentes, una joven rubia que camina a lo largo de la pasarela hasta una pared negra y apunta su camarita de bolsillo contra el nombre en letras blancas. “Claudia Szerer”.

Una vez le preguntaron si estaba en el negocio de la moda. Ella dijo: “Estoy en la moda”. Otra vez la reseñaron como diseñadora panameña. Ella comentó: “Vivo en Panamá, pero nunca he dejado de ser colombiana”.

Fue en la Universidad Nueva Granada de Bogotá donde le llegó la revelación. Estudiaba Sistemas. Un dibujo o una serie de dibujos o la idea de estar dibujando la hizo dejar tirada la carrera y terminar estudiando Historia del Arte en París, donde pasó el proceso de selección en la casa de Jean Patou y comenzó a trabajar cosiendo con sus manos y de la mano de Christian Lacroix. Tenía 21 años.

La colección que presenta en París es de otoño-invierno. Srezer dice que también es de día-noche. La versatilidad es parte de la reputación que se ha forjado con años de control personal en cada detalle. Es ella quien elige las telas, organiza los desfiles, entrevista a los candidatos que trabajan en su taller y se sienta con sus clientes para escuchar lo que quieren.

La otra parte de su reputación es que cada uno de sus vestidos es único, que tres máximo de cada modelo y sin que nunca se vendan dos en el mismo país, hacen imposible la gran tragedia: que en un coctel una dama se encuentre con otra que lleva su mismo vestido.

Lo que podría pasar con un Chanel o un Dior de 30.000 euros, no puede pasar con un Szerer de 3.000.

“Si quieres tener una idea de cómo son mis clientes, imagina las mujeres que estaban hoy aquí”, dice señalando el salón que ya se va quedando vacío. “Desde quinceañeras hasta señoras de setenta. Gente que quiere vestirse con alta costura y aprecia que la diseñadora las escuche”.

Mientras dos trabajadores paquistaníes desbaratan las sillas, las modelos, que tienen nombres como Alexandra, Ksenia o Natasha desfilan de nuevo en ropa de calle, jeans cortos, una con un bolsito de Kurt Cobain, para que les firmen un certificado de que han cumplido con el contrato.

Diez minutos antes han posado junto a Szerer para la fotografía de rigor. En broma, la diseñadora dice: “Que me pongan al lado de la más bajita”.

Una hora antes habían salido a la pasarela. “Hay algo con los diseños de Claudia Szerer”, dice una de las asistentes, “siempre son una sorpresa”.

La ausencia de accesorios en las modelos ayuda a que el público se concentre en los vestidos, ligeros siempre y más elegantes que chics. De ahí la doble impresión: se pueden llevar en la calle y sobrevivirán a las tendencias de este año. Conocida por usar materiales que han incluido el jade y la madera, y a pesar de los cristales preciosos y las muselinas, esta vez los comentarios sobre la colección Szerer se centran en los colores.

Szerer dice que los encontró en uno de los fines del mundo. El glaciar de Perito Moreno, en Argentina. “Allí vi colores que nunca había imaginado. Diseñar es un acto de creación complejo que toma tiempo, pero sabía que allí ya estaba una futura colección”.

Crear es una parte, pero su agenda se reparte entre promover la colección, organizar los desfiles, aconsejar a las clientes y atender a la prensa. “Me llaman también para desfiles de beneficencia”, dice. ¿Para qué tipo de organizaciones? “No sé. Son tantas. De muchos tipos”.

¿Hay algún diseñador latinoamericano cuyo trabajo te interese en particular?

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Muchos, con un inmenso talento. No quisiera dar nombres para no dejar alguno por fuera.

¿Qué lugar en el mundo podría darle la talla a París como capital de la moda?

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Vengo de la tradición de la Alta Costura francesa. París nunca ha dejado de ser mi sueño ni mi referencia.

Como historiadora de arte, ¿qué pintores te han inspirado?

Todo me inspira. La escuela neoclásica en particular.

También una melodía, una cierta escena de una película o un paisaje, una vez filtrados por su cerebro, se convierten en dibujos en su agenda. Una vez fue inspirada por Gustave Klint y llegó a usar el trabajo del artista en sus colecciones. En 2008 John Galliano siguió ese camino. “Yo lo hice en 2006. Me han dicho también que soy una adelantada a mi tiempo”, dice mientras dos trabajadores paquistaníes comienzan a desmontar sillas y escenografía.

 

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