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Con “La legión perdida” da por culminada la Trilogía de Trajano. ¿Cuándo empezó a buscar esa legión tan especial?
Desde que inicié la Trilogía de Trajano era un tema que me interesaba, pero fue al enfrentarme con el cierre de la serie que concluí que, para que se entendiera bien la audacia del emperador al cruzar el Éufrates, los lectores tenían que ver primero, o en paralelo a la narración sobre Trajano, los errores brutales que cometió el cónsul Craso y la dimensión enorme de su caída. Sólo así los lectores pueden valorar bien el acierto de Trajano.
¿Cuánto tiempo invirtió en la búsqueda de datos para desarrollar la novela?
Dos años y medio. Y siete años para la trilogía entera. No es tanto si pensamos que hablamos de 3.600 páginas en total.
¿Qué es lo más novedoso que trae el libro?
Su estructura, pues está organizado en dos grandes historias paralelas separadas por 150 años en el tiempo, y en cada una de las dos historias hay múltiples escenarios que se entrecruzan en el relato: Roma, Partia, los kushan y hasta la China del imperio han.
¿Quién es, humanizándolo hoy, Marco Licinio Craso?
Todos esos políticos que en mi país (e imagino que en otros) miran a otro lado cuando ven corrupción a su alrededor o, peor aún, cuando la promueven por intereses personales. Hoy día en España hay muchos Crasos.
¿De Craso es que viene la frase “craso error”?
Exactamente. En la primera acepción del Diccionario de la Real Academia Española leemos que craso significa “indisculpable”, un error que no admite excusa alguna.
¿Cuál fue entonces el craso error del cónsul Craso?
No aceptar ayuda de otros por pura soberbia, no tomar luego decisiones adecuadas en logística militar, abandonar a heridos en el campo de batalla para huir a la desesperada y, en suma, hacer todo lo que un líder nunca debe hacer.
Su obra humaniza los personajes, los vuelve de carne y hueso. ¿Ese fue su propósito?
Sin duda, pues una novela histórica está precisamente para eso, para dotar de vida a la historia muy bien narrada en los tratados de historia. Pero los manuales son asépticos (han de serlo), pues son textos académicos cuyo propósito es transmitir información. Una novela histórica ha de transmitir información, pero también emoción, mucha emoción, y por eso hay que contar la vida pública y privada de los grandes personajes históricos. Así la historia no se aprende, se vive; una batalla no se disecciona, se sufre; una traición no se analiza, sino que te revuelve las entrañas.
¿La intención era que cada lector encontrara su legión perdida?
La idea con mis novelas es siempre poder llegar al máximo número de personas posibles. Escribo en lo que entiendo es una forma transversal, de manera que lectores muy cultos pueden apreciar mi esfuerzo por el detalle histórico, mi preocupación por las lenguas antiguas, etc., pero, al tiempo, intento que el enorme componente de aventura del relato haga apetecible la novela también para lectores jóvenes, menos expertos en historia, pero que tienen una enorme curiosidad por aprender y por saber más del pasado.
Cambiando de tercio, ¿ha pensado escribir un libro similar a “La sangre de los libros”?
Sí. Tanto La noche en que Frankenstein leyó el Quijote como La sangre de los libros son obras a las que les tengo un cariño especial por ser mi forma de divulgar sobre la historia de la literatura. Quiero hacer un tercer libro de relatos sobre escritores y escritoras olvidados. No sé si lo terminaré antes que mi próxima novela, pero el proyecto está ahí.