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Un cultivo en casa que conquista fronteras

“Back to the roots” es la propuesta con la que Alejandro Vélez ha logrado llevar sus productos por países de Europa y Norteamérica, una iniciativa de innovación que, según afirma, logró con perseverancia y pasión.

20 de octubre de 2015 – 10:52 p. m.
Alejandro Vélez inició el proyecto “Back to the roots” hace cinco años. / Cortesía
Alejandro Vélez inició el proyecto “Back to the roots” hace cinco años. / Cortesía

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¿Cómo nació la idea de “Back to the roots”?

Inicié este proyecto hace cinco años y medio. Estaba estudiando y trabajando en Nueva York como banquero financiero, y luego de estudiar finanzas y economía, dos meses antes de graduarme de la práctica de negocios, en una clase con 200 personas, el profesor nos dio 19 ideas de negocio en 30 minutos. Nos puso esta, era una foto del café de Starbucks, otra de unos champiñones y una más de unos árboles talados, y nos dijo: “Leí en un libro que hay chance de que uno pueda hacer crecer champiñones con el abono del café”. Me pareció muy chévere lo que había dicho, así que lo intenté en mi casa y funcionó.

¿Cuál fue el primer producto que desarrollaron?

Un cultivo que en 10 días te da un kilo de hongos en una caja a partir de los residuos. Un proceso de sostenibilidad en el que cualquier niño puede participar. También tenemos una pecera con un cultivo encima, en el que las plantas se nutren de los residuos de los peces, por lo que no hay ni que regar las plantas ni limpiar la pecera.

¿Y quién fue su primer cliente?

Llevé un balde pequeño a una tienda y les dije que si lo compraban, y el tendero me dijo que sí. Dejé mi trabajo y poco a poco fundé la compañía, con la visión de fomentar en los niños el cultivo de la comida personal.

¿Por qué se enfocaron en los niños y no en los adultos?

Pensamos en productos que a los niños les gustara, pero a los adultos también, y desde ese mismo enfoque generamos productos que sean de comer, reales. Pero consideramos que también es importante generar esa conciencia de cultivar los productos que comes.

A propósito, ¿cuál es su propuesta de responsabilidad social?

Nosotros intentamos vender productos más saludables, ahora comercializamos a escuelas públicas en Estados Unidos. Intentamos ser lo más honestos con nuestros clientes y por eso en las cajas les presentamos a las personas que cultivan lo que comen.

¿Qué tipo de experiencias tuvieron en el proceso?

Al principio teníamos la visión que debíamos hacer crecer 500 libras de hongos a la semana, para poder llegar a un negocio que rindiera. El problema es que no intentamos plantar 10 libras, sino que plantábamos las 500, y eso era un grave error. Así que, luego de seis meses, empezamos a experimentar con cantidades más reducidas. A veces se debe probar cosas con poco capital para no correr riesgos.

Y para evitar esos riesgos, ¿cómo lograron financiar el proyecto?

Utilizamos una plataforma que se llama Kingstar. Hicimos un video del producto y le dijimos a la gente que si vendíamos más de US$100 mil del producto continuábamos. Y así vendimos medio millón de dólares en 60 días sin gastar un solo centavo.

¿En algún momento han tenido una crisis?

El primer año, durante 14 horas al día, cogíamos el café, lo mediamos y le echábamos las semillas y era un trabajo que nos generaba US$300 mil al mes. Pero así como el negocio es duro, también es gratificante. Ahora estamos en Canadá, Europa, Estados Unidos, Australia y Costa Rica.

Pero, ¿nunca dudó de este proyecto?

El miedo es lo peor para el emprendimiento. Si uno se queda pensando en todas las cosas en las que a uno le puede ir mal, entonces es mejor quedarse en la casa haciendo nada. Hay miles de razones para que un negocio no salga. Todo el mundo nos decía que esto no se podía trabajar, pero lo que hay que hacer es seguir intentando, meterle curiosidad y ganas.

¿Qué tan importante es el diseño en sus productos para comercializarlos?

Aprendimos de diseño de una forma muy dura. A nuestro primer comprador le mostramos el cultivo de hongos en una bolsa fea, en la que se veía como un montón de basura y en el fondo el hongo, y nos dijo: “Qué cosa tan fea, quite eso de ahí”, pero nos dijo que le gustaba la idea y que le metiéramos un poco de diseño. Entonces nos dimos cuenta de que sin diseño eso sólo les interesaría a unos hippies que quisieran cultivar en la casa, pero si lo hacemos bonito, el producto le va a interesar a una mamá o a una escuela.

Y con la innovación en el diseño, ¿qué productos comercializan ahora?

Dentro de los productos tenemos cilantro, cereales, maíz morado -que tiene más nutrientes- y moras redondas. También estamos sacando nuevos sabores de cereales.

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¿Qué le decía su familia?

Que estábamos locos, que necesitábamos un psiquiatra. Pero, aun así, siempre contamos con el apoyo de ellos, siempre estuvieron con nosotros.

Finalmente, ¿por qué se fue para Estados Unidos?

Mi mamá tenía un novio gringo y decidió que nos fuéramos para allá. Eso sucedió cuando yo tenía 15 años, en medio de la guerra de Pablo Escobar y las bombas.

 

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