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Un hombre que inspira respeto

Francisco de Roux fue designado provincial de los jesuitas en Colombia, el cargo más importante de la orden religiosa que tiene mayor presencia en el país. Un personaje de paz  vida nunca ha dejado de estar enlazada con la violencia.

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El domingo 18 de septiembre de 1977, el jesuita Francisco José de Roux se enteró por la radio de que el arzobispo de Bogotá lo había suspendido. Y no sólo a él. También a Mario Calderón y a Javier Giraldo, entre otros. Su falta, a los ojos del cardenal, fue la liturgia que celebraron cuatro días antes, el 14 de septiembre. En esa fecha tuvo lugar uno de los paros cívicos más importantes que se han presentado en Colombia. Y la misa que causó el escándalo era para los huelguistas que entraron a la iglesia de San Francisco, en el centro de Bogotá.

La sanción finalmente fue ignorada, pero los tres hombres tendrían una vida marcada por la violencia, gracias a un trabajo de décadas enfocado en la defensa de los derechos humanos. Giraldo es reconocido por su incesante  lucha contra el paramilitarismo. Calderón se retiró de la Iglesia, se casó, entró a trabajar con el Cinep y fue asesinado en mayo de 1997, por orden de Carlos Castaño. Y De Roux, nacido en el seno de una prestante familia caleña, dejó de lado las comodidades de su casa e ingresó al sacerdocio en septiembre de 1959.

Su mayor obsesión siempre ha sido el conflicto. “Pacho articuló la paz con el desarrollo cuando esto todavía era un concepto innovador”, comenta Marco Fidel Vargas, un investigador del Cinep que ha trabajado con el sacerdote durante los últimos 12 años. En 1981, seis años después de ser ordenado como presbítero, recibió el título de doctor en economía de la Universidad de Sorbona, de París. Un año más tarde fue nombrado subdirector del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), y entre 1986 y 1993 fue su director.

El 23 de marzo de 1990, el jesuita ofició la misa del entierro de Bernardo Jaramillo Ossa. El 26 de abril acompañó toda la noche el cuerpo inerte de Carlos Pizarro Leongómez, de quien había sido profesor 30 años atrás en la Universidad Javeriana, y a la mañana siguiente, por orden de sus superiores, se exilió en Europa por tres meses. En 1995, ya retirado por completo del Cinep, Ecopetrol y su sindicato (la USO) le propusieron liderar un proyecto que éstos habían comenzado dos años antes, en el que unos 10 mil habitantes del Magdalena Medio intentaron responder dos grandes interrogantes.

¿Por qué en una región en donde hay tanta riqueza existe tanta gente pobre? ¿Por qué en un territorio que ama tanto la vida hay tanta violencia? Con estos cuestionamientos nació el Programa de Desarrollo y Paz del Magdalena Medio, uno de los más importantes que se han gestado en el país. Desde entonces, De Roux ha sido director de un proyecto que se ejecuta en ocho municipios del sur de Bolívar, tres del nororiente de Antioquia, cinco del sur del Cesar y 13 del noroccidente de Santander; y que existe para que los 730.000 habitantes de estas poblaciones —según datos del censo de 2005— puedan tener, como lo indica su filosofía, una vida digna y en paz.

Éste ha sido el escenario de todos los bandos del conflicto. La influencia de las Farc fue notoria en el sur del Magdalena Medio; la del Eln, en el norte, y las dos agrupaciones compartieron fuerza en el centro, especialmente en Barrancabermeja, según el Observatorio de Derechos Humanos de la Vicepresidencia. Sin embargo, ambas fueron destronadas en el proceso de expansión de las autodefensas, que surgieron en la misma región patrocinadas por los grandes capos como Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha o, como en el caso del ex jefe paramilitar Ramón Isaza, para enfrentarlos a todos, incluidos los narcotraficantes.

Poco a poco, en el corazón de Colombia se fue virtiendo la sangre de los pobladores que quedaron atrapados en la guerra. Barrancabermeja, Cimitarra, Yondó, San Pablo, Aguachica, San Vicente y El Carmen fueron algunos de los municipios en los que ocurrieron las más pérfidas masacres de los últimos 20 años. El padre De Roux ha tenido que ser testigo de muchos de estos tristes episodios y apoyo de muchos de los sobrevivientes. Ellos son el motor que empuja a este programa, que ha funcionado durante 13 años con el apoyo del Estado, de la cooperación internacional, de las embajadas… “Se trata de demostrar que la paz y el desarrollo no dependen de un solo actor”, afirma Marco Fidel Vargas.

Lo dice todo el que lo conoce: Francisco de Roux es una persona que inspira respeto. Para realizar su labor en esta complicada zona, tiene que tratar a diario con todos los actores del conflicto. Y aunque ha tenido sustos como que los ‘paras’ le digan que tenían orden de matarlo, en estos 13 años nunca se ha producido un atentado contra su vida. Como lo expresó el investigador del Cinep que trabaja con él: “Tal vez lo que más le da tristeza, ahora que fue nombrado provincial, es  volver a la institucionalidad  y dejar la región. Porque allí, a pesar de la guerra, es donde se encuentra la vida misma”.

Las comunidades son las protagonistas

Francisco de Roux es una persona, por naturaleza, esquiva a toda publicidad que esté dirigida a él. Como lo afirma una de sus amigas más cercanas, “Él pone por delante a las comunidades. No se considera ni le gusta ser protagonista. Ese bajo perfil es el que le ha permitido trabajar en la zona y él prefiere que siga siendo así”.

Sin embargo, es inevitable que la labor que ha realizado el próximo provenzal de los jesuitas sea exaltado. El ex presidente francés lo condecoró con la medalla ‘Caballero de Honor de la Legión Francesa’. De Roux también hace parte de la Legión Francesa. Y en 2001 recibió el Premio Nacional de Paz.

Trabaja en el Magdalena Medio,  zona en la que  el 70% de los habitantes son pobres, en donde 18 municipios tienen un nivel de vida precario y el 60% de los pobladores tienen sus necesidades básicas insatisfechas, residen en viviendas inadecuadas, no tiene acceso a servicios básicos y no reciben educación.

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