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Una canción, una historia: Gustavo Santaolalla

El argentino habló sobre la música de antes y la de ahora durante una conferencia abierta al público en el teatro Pablo Tobón Uribe, en el marco de Medellín Vive la Música.

10 de octubre de 2014 – 09:40 p. m.
Gustavo Santaolalla durante la presentación  en  el marco de  Medellín Vive la Música.    / Yojan Valencia.
Gustavo Santaolalla durante la presentación en el marco de Medellín Vive la Música. / Yojan Valencia.

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Sobraría decir cuántos discos ha producido. Sobraría aún más decir las canciones que ha escrito, las melodías que ha creado, los acordes y las notas… Todo se enmarca en dos palabras: un inicio y un ahora: Gustavo Santaolalla. El teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín aguarda su entrada. Es un jueves. Él está de negro opaco, con un bombín. Los ojos azules, la sonrisa tranquila. Desprevenido, sonríe al público.

El inicio de Gustavo Santaolalla en la música, como él mismo lo dice, se remonta a cuando tenía cinco años, cuando su abuela le dio una guitarra, el primer instrumento con el que el argentino empezó a deambular por los caminos entreverados de la música. Entre sonrisas con el periodista y miradas pícaras hacia el público, va relatando de a poco lo que ha sido su experiencia como músico, como persona.

Estuvo en clases de música, pero revela que nunca fue bueno para la gramática. Parece un chiste de parte de uno de los mayores exponentes de la música latinoamericana en el mundo. Cierra los ojos un momento pensando en algo que recién llega a su memoria: “Su oído es más grande que mi música”. Lo dice entre risas, mirando al teatro. Su profesora de música se lo dijo el día que se rindió con las partituras en la mano, cuando entendió que el genio no se mostraba igual en todos los seres humanos y que aquel caso que tenía en frente, como lo dijo, iba a ser más grande que su música.

Santaolalla habla de Arco Iris, de lo que representó en su carrera musical. Cuenta cómo encontró y descubrió a Café Tacvba en medio de una feria del libro y de malos instrumentos musicales, pero con un derroche de talento que se sentía en el aire. “Uno debe tener una conexión profunda con la música y eso tiene que ver con la intuición”. Con esta premisa, le apostó al grupo mexicano, que hoy es reconocido mundialmente. Hay un silencio total en el teatro, todas las miradas apuntan al mismo sujeto, algunas cámaras captan el momento, pero las mejores fotografías son hechas por las mentes, que obturan cada palabra, cada risa, cada movimiento del líder de Bajofondo.

Gustavo Santaolalla ha producido en su vida más de cien discos y comenta que la de la música es una industria que ha cambiado. Antes, todos con sus casetes en la mano, recorrían las ciudades en busca de la firma del patrocinador. Ahora, con You Tube, iTunes y demás plataformas musicales, la difusión del producto es más rápida y, lo más importante, es gratis. Los cambios generacionales y tecnológicos han transformado los diferentes procesos que se seguían para la elaboración de un álbum. Las agendas llenas y el tiempo corto para grabar exigen de parte del productor y el artista un ritmo especial para el trabajo.

“La música debe ser la representación de lo que es uno y de dónde viene”, advierte Santaolalla cuando le hablan de la crisis de identidad que sufre la música de hoy, y hace énfasis en que la vida es una constante sucesión de problemas y soluciones. Las soluciones no las tienen sólo el cantante o el productor o el público. Las soluciones llegan de todas partes. Incluso de la crítica por la crítica, del poco aporte al trabajo del otro y de la generación de mensajes por las diferentes nuevas tecnologías. Una canción es una historia, pero parece que esto se ha olvidado en el afán de vender o comprar más copias de un álbum.

Santaolalla habla de las diferencias, de la importancia de reconocer al otro. Los premios, las ceremonias y gratificaciones las guarda como bellos recuerdos. Óscar, Globos de Oro, Grammy Latino, y galardones que no sabe siquiera por qué ganó, son la consolidación de un trabajo que marcó un camino. Cuando termina de hablar suelta algunas carcajadas. Entre los aplausos ensordecedores se pone de pie y en medio del escenario empieza a hacer lo que mejor sabe: música. Canta, como siempre, con los ojos cerrados. Una, dos, luego tres canciones. Al final, un asistente del público le pide permiso para subir al escenario con su flauta, y así, acompañándolo con su guitarra, Santaolalla termina la oración que había dicho minutos antes: “Yo no sólo quería cantar en español, yo siempre he querido tocar en español”.

camilahenaob@gmail.com

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