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Y esto es Depeche Mode

Crónica del concierto que presentó la agrupación inglesa en Miami, como parte del Tour of The Universe. La banda estará en Colombia el próximo 10 de octubre en el Parque Simón Bolívar.

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Emerge del suspenso. Hay poca luz, por lo que apenas se adivina su silueta. Viste un traje oscuro, ceñido a su talle delgado. Camina lentamente hacia nosotros, erguido y elegante, se acerca al borde de la tarima y nos ofrece una dramática reverencia. Luego toma el micrófono, nos mira de frente, y arranca. Es, en efecto, Dave Gahan.

Hasta hace poco, su presencia en esta tarima estaba en duda. De hecho, en mayo, muchos se atrevieron a pronosticar la muerte de la gira —el esperado Tour of The Universe— debido a su estado de salud, pues un intenso dolor de estómago lo llevó al colapso cuando ésta apenas arrancaba. Gastroenteritis era el diagnóstico optimista. El pesimista: cáncer. Al final, un pequeño tumor fue removido con éxito de su vejiga, lo que sin embargo no impidió que más de diez conciertos fueran cancelados, y que, entre sus millones de fanáticos, se desatara una reacción más que entendible: pánico. “Van a cancelar”, decían unos. “No va a estar en su 100%”, decían otros. Afortunadamente, ninguno tenía razón. Y aquí estaba él para comprobarlo.

Esta noche contradecía los pronósticos más fatalistas, pensaba yo, mientras comenzaba a mecerme, junto a las casi 20 mil personas que llenaban la arena, al ritmo de los acordes iniciales de la primera canción: In Chains.

Y es que esto es Depeche Mode. Es salirse con la suya a pesar de las apuestas en su contra. Es ganarse un lugar en el rock al prescindir de sus medios más tradicionales. Es optar por secuencias, beats y sintetizadores, a principios de los ochenta, cuando todos los demás seguían con bajos y baterías. Es renunciar a la etiqueta, a la receta, al camino fácil. Es producir el pop más amigable —¿recuerdan I just can’t get enough?— para luego desecharlo y explorar colores más oscuros —Stripped, ¿alguien?— sin sacrificar su mayor virtud: la capacidad de crear himnos. Es decir, de inmortalizarse. Es, en últimas, abrirle camino al futuro con discos que aún hoy suenan a mañana.

Ahí arriba, entonces, está Gahan (47 años ) junto a sus otros dos compañeros de viaje: a su derecha, el cerebro, Martin Gore (48), quien viste un traje de tres piezas de lentejuelas plateadas y toca la guitarra, y a su izquierda, Andrew Fletcher (48), un hombrecito invisible que, de no estar en los teclados, bien podría estar dictando una lección de biología en alguna secundaria de condado. La banda en vivo la completan dos invitados que han estado con ellos durante casi diez años: Christian Eigner, en una preciosa batería doble bombo, adornada por el logo de la gira, y Peter Gordino en los teclados.

Los cinco llenan un escenario amplio. Atrás, hay una imponente pantalla de LED que proyecta una historia distinta por canción, coronada en su centro superior por una esfera gigante que, dependiendo del tema, deviene en ojo, en lupa, en Tierra sirviendo de marco narrativo para las ficciones más febriles de esta máquina delirante. Las luces, que parpadean, bañan el escenario de colores, imponiendo el mood adecuado a cada capítulo de este, un poema audiovisual tremendamente estremecedor.

Todo el escenario es perfecto para lo que viene a continuación. Durante los conciertos de este tour, que inició en mayo en Israel y acaba en febrero del próximo año en Alemania, Depeche suele arrancar con tres o cuatro canciones de su nuevo álbum de estudio —y el número doce en su carrera—: Sounds of The Universe, un trabajo de vanguardia que, por su misma naturaleza, carece de la fuerza épica de sus discos más clásicos, como aquel Violator, de 1990, quizá su placa más celebrada. Ellos lo saben. Por lo mismo, quizás, en vivo lo están presentado sutilmente a manera de muestra, de intro, de abrebocas, antes de entregarse, sin concesiones ni indulgencias, a territorios siempre peligrosos, pero más familiares, enmarcados en un set compacto que revisa, más que todo, el período comprendido entre 1986 y 1993 de la banda —precisamente, cuando ésta aún contaba con un miembro más en su alineación: Alan Wilder—.

Así pues, después del suspenso del primer tema, la agrupación inglesa continúa con el primer sencillo de su nueva producción, Wrong, que la gente tararea. Hasta ahora, el público, si bien responde a los gestos de Gahan, que aún lleva su chaqueta puesta, que aún no se ha desnudado el torso que queremos que se desnude, se balancea en un espacio desconocido. Permanece expectante. Hasta ahora, digo, pues apenas termina esta tanda de novedades que aún nadie alcanza a digerir con Hole to feed, arranca un bajo familiar: Walking in my shoes.

Entonces la noche despega en otra dirección y la gente se lleva las manos a la cabeza y pasa todo eso que uno se imagina y que le han contado y que ha visto en DVD, pero que nunca ha vivido en sus zapatos: la experiencia Depeche Mode comienza a cobrar forma al tiempo que los adjetivos tienden a agotarse. Si uno no grita es porque está muerto. Y de ahí por qué Depeche es Depeche: porque pone a prueba la vida que se oculta tras la carne.

Uno tras otro, entonces, comienzan a precipitarse clásicos que, sin embargo, jamás suenan a pasado. Al contrario. En caída libre para atenuar el vértigo, sin dar oportunidad siquiera para tomar aire, suenan, más vitales que nunca, canciones como It’s no good, Question of time, Policy of truth, In your room… Y mientras la arena se hace iglesia, pasa eso que tantas predicciones anticiparon: el Cristo, en efecto, se hace hombre. Y entonces no existe nada más que Él.

Ver a Gahan en escena es algo simplemente hermoso. Es un frontman como pocos, de esos que se tragan las miradas como Morrison y Jagger, un personaje tremendamente trágico atravesado por la música que lo perfora. Que lo sacude. Que lo desborda. Un ex adicto a la heroína que, en los tatuajes que exhibe cuando finalmente se desnuda el torso —esos mismos que cubren sus brazos, su pecho y su espalda—, carga con las marcas de los infiernos que ha visitado. Un hombre que ha ido y que ha vuelto, como el Dante, para narrar lo que vivió con cada centímetro de un cuerpo que, a pesar de la turbulencia, jamás pierde la elegancia.

Estremece entonces verlo redimido. Salvado. Resucitado. Estremece ver a ese barítono confesándose por nosotros. Sacudiéndose de la mierda y del sudor y de la sangre en el escenario.

Y es que esto es Depeche Mode. Y de esto, precisamente, hablan sus canciones, compuestas en un 99% por Martin Gore —Gahan apenas comenzó a obtener créditos como compositor desde el disco pasado, Playing the Angel (2005)—: el hombre empolvado de escarcha, el de los coros dramáticos, ese que cambia de guitarra en cada canción, ese que no toma descansos, sino que, más bien, durante los encores, camina hacia el centro del escenario para interpretar versiones desnudas —apenas su voz sobre el piano de Gordino— de las canciones que le placen. En esta ocasión, las elegidas fueron Little Soul, A question of lust, Miles Away  y —oh sí— Shake the disease.

En un concierto de Depeche Mode no hay clímax. Después del minuto quince, todo es un orgasmo. Un solo y creciente espasmo colectivo que encuentra, si acaso, sus momentos más memorables en Never let me down again, cuando Gahan incita al público a mover los brazos de lado a lado; I feel you, que es la que suena más desgarrada; y por supuesto, en Enjoy the silence y Personal Jesus —con la que cerraron esta vez—: las dos canciones que todos, desde los 15 hasta los 45 años, se saben.

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Y es que esto es Depeche Mode.  Una banda que, a punto de cumplir 30 años, ha sabido desafiar las reglas del tiempo y el espacio siguiendo un solo principio: mantenerse excitantes.

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