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En sus viajes, Diego Maldonado no toma fotos, graba sonidos. En la memoria auditiva, algo afectada por el impacto de la imagen y la contundencia del video, encontró la pieza fundamental para desarrollar la iniciativa De Juepuchas, un experimento sin género musical definido que parte de la combustión espontánea, pasa por el vértigo de un parque de diversiones y llega a acariciar una atmósfera minimalista.
La sinfonía musical de la vida, conformada por el ruido de los motores, la madera en llamas, el vendedor de mangos, las genialidades de las reinas, el himno de Colombia, las puertas chirriantes y todos los sonidos, humanos, bellos, tradicionales, enervantes, agudos y demás, está archivada en un espacio de 70 gigas. Allí se respetan unos a otros, pero están listos a mezclarse cuando la voluntad de Diego Maldonado así lo disponga.
Y así lo dispuso desde los cinco años, cuando comenzó a estudiar piano en ese mueble antiguo de la casa de su abuela, en el que además de teclas había una barra de candelabro a cada lado. Durante una década aprendió a agudizar el ojo y afinar la escucha. En este tiempo nunca supo leer partitura, pero con la simple postura de los dedos de su maestro y, otra vez, el sentido del oído como su haber máximo, sacó adelante las lecciones. Luego lo convenció el carácter portátil de la trompeta, y con ella hizo parte de una banda sinfónica en los Estados Unidos.
En la cabeza de Diego Maldonado confluyeron la visión académica de la música y los sonidos más sucios de la cotidianidad. Esa cita entre dos saberes se sigue desarrollando con muchas novedades. Desde Cochise, su intento de proyecto punk con orígenes bien fundamentados en Los Fabulosos Cádillacs, hasta De Juepuchas , la intencionalidad ha sido motivar una experiencia sensible a partir de la conjugación de elementos auditivos.
“Lo que hago con De Juepuchas es lupear sonidos y repetir fragmentos de voces. Mi música es mucha repetición, es encontrarle ritmo a las voces, es un proceso a la inversa del estilo tradicional. Me gusta el minimalismo porque es estar más concentrado en los temas rítmicos, pero manejando estructuras amables para el oído”, comenta Diego Maldonado, quien afirma que una de sus más grandes influencias es Steve Reich, un compositor norteamericano que en una de sus creaciones, Different Trains, incluyó fragmentos de entrevistas sobre la Segunda Guerra Mundial. Él hace lo mismo, pero con el recurso que tiene a la mano; aunque no se niega a incluir los registros de cantos extranjeros.
Siempre se ha definido como un músico de cuarto, una suerte de bucanero encerrado en su estudio tratando de piratear herramientas para hacer más pertinente el viaje sensorial. Y en esa búsqueda sin punto final, halló en internet a un incondicional aliado que le proporciona el resto de elementos que no encuentra en la urbe.
Durante todo un fin de semana se enclaustró en una casa en La Calera, grabó los sonidos de la noche, dejó que cada elemento alcanzara su propio registro y luego escuchó lo que estaba en su grabadora. En esa exploración identificó el fuego como eje de su próxima creación y en su estudio hizo lo posible por envenenar el sonido hasta convertirlo en una rítmica pieza de DJ. Así es como funciona su proceso creativo, sin misterios y sin cuentos raros.
“Todo lo mío es el resultado de reacciones químicas entre ideas. Soy como un laboratorio, que basa su estudio en el ensayo y el error, y que ya publicó un disco y está a la espera de que el caos intervenga para hacer más cosas”, dice Diego Maldonado. Ahora está concentrado en el proyecto Interlude, que sin duda se nutrirá de todas esas grabaciones que resultan siendo testigos de sus viajes.
@dejuepuchas