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Cuando Humberto Dorado y Nicolás Montero propusieron realizar el montaje de Blackbird en Colombia, ningún país de América Latina había llevado ese texto de David Harrower a las tablas. Ahora, cuando la obra es una realidad y se presenta en el Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá (ya se estrenó en Teatro Julio Mario Santo Domingo), todas las naciones de esta parte del continente, sin excepción, la han visto en exitosas temporadas.
Así son las cosas aquí. Dorado casi que vio el estreno en el Manhattan Theatre Club, a finales de 2005. Asistió a la sala por recomendación del director mexicano Martín Acosta y quedó impactado por el guión y las actuaciones. A su regreso a Colombia compartió sus impresiones con Montero, y más se demoró Dorado en contarle la historia que Montero en adquirir la boleta para verla en Nueva York. Luego, ambos pensaron que valía la pena traerla para que el público colombiano la conociera, y en ese proceso tardaron varios años, convenciendo gente y recolectando ecos.
“Pensamos que podría ser muy interesante para Colombia ver cómo una relación de pareja concentraba toda una problemática del tiempo presente, porque esta obra, cuyo valor más importante es que está libre de artificios, además se ocupa de la exploración de las células sociales”, comenta Humberto Dorado, quien en la obra representa a un hombre mayor de 50 años que tuvo en su remoto pasado una relación con una mujer menor de edad.
Lo primero que hicieron los dos actores colombianos cuando recibieron el guión fue pensar en su rol particular dentro del universo de la obra. Nicolás Montero se la apropió como director y Humberto Dorado, quien ya había visto varias adaptaciones de la pieza en distintos países, contempló la posibilidad de meterse en los zapatos del protagonista.
“Con Blackbird comprobé que hay que hacer un ejercicio mental muy especial para entender una obra de teatro sólo con el texto. Yo creo que uno llega a captar como un 20%, pero la asimila sobre el escenario, sobre todo cuando son obras tan precisas como ésta. Gran parte del trabajo del director es entender lo que pasó en blanco y negro para transformarlo en color y en emociones humanas”, comenta Nicolás Montero, quien valora profundamente la condición del teatro como motivador de encuentros. Primero aplaude el acercamiento entre la obra y el director, luego disfruta la conexión entre el director y el grupo actoral y, lo más importante, llega a la emotividad cuando el elenco se relaciona con el público.
Los dos actores coinciden al afirmar que el teatro es muy difícil de leer y demanda un ejercicio mental que es mucho mayor al que representa la lectura de un libro tradicional. En piezas como la del escocés David Harrower encontraron fragmentos; lo demás les toca descubrirlo a través de los sentimientos humanos. En las artes escénicas hay una partitura en la que deben conjugarse muy bien el texto y las emociones, para realizar una especie de biopsia social y que el público la interprete como parte de una realidad.
“Blackbird trata un tema sobre el que la sociedad occidental ha venido reflexionando en los últimos años. La construcción de un tabú se da porque hay cosas establecidas que no deben violentarse si queremos ser una sociedad armónica. Por eso, cuando uno toca un tabú que conmueve a la mayor cantidad de gente, llega a ser universal”, dice Nicolás Montero, quien tiene la misión de dirigir, además de a Humberto Dorado, a Maia Landaburu y a Ilenia Antonini Zuleta.
Tanto Montero como Dorado están seguros de que esta obra es apta para muchos espacios. Incluso la han contemplado como una propuesta itinerante, porque aborda un problema que arranca el interés de muchos sectores sociales. Blackbird tiene elementos de comedia negra, mucho drama, y puede tornarse cotidiana, pero lo que no tiene es relación alguna con la canción de los Beatles.
Blackbird se presenta entre el 3 y el 7,de abril en la sala Mayolo de Casa Ensamble.