
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
El interés por ser auténticos le robó protagonismo a las influencias musicales de una buena cantidad de autores en gran parte de Europa en pleno siglo XIX. Italia, Francia y Alemania dominaban el panorama, pero faltaba que el resto del continente empezara a alzar su voz, contara sus propias historias y exhibiera su potencial.
Le puede interesar: Cuarteto Pražák, desde Praga hasta Cartagena
Lo que tenían en sus haberes compositores de Rusia, Polonia, Rumania, Hungría, Bulgaria y República Checa no se ponía en duda. Sin embargo, el gran interrogante era establecer de qué manera sus creaciones, gestadas, surgidas e inspiradas en sus propios territorios, lograban transmitir la esencia de una nación.
Personajes como Béla Bartók (1881-1945), Antonin Dvorák (1841-1904), Sergei Rachmaninov (1873-1943), Modest Mussorgsky (1839-1881) y Alexander Borodin (1833-1887), para mencionar solo algunos de los múltiples invitados de este Cartagena XVII Festival de Música, optaron por dar una mirada introspectiva y evidenciar en sus partituras los mitos y leyendas de sus culturas, y transformaron sus historias particulares en dominios de carácter universal.
“El canto de la Tierra: música entre nacionalismo y cosmopolitismo en el siglo XIX”, la temática específica del Festival, se ha nutrido de las radiografías sonoras de los compositores de estos territorios y de los anecdotarios de esa amplia región europea, y con el desarrollo del evento en Cartagena no solo se confirmó que la necesidad de ser auténticos podría traducirse en universalidad, sino que también marcaría el camino para transcender en el tiempo.
En la Ciudad Amurallada, en Cartagena, se evaporan las fronteras; de hecho, el primer esbozo de “El canto de la Tierra” estuvo a cargo de Piotr Ilich Tchaikovsky (1840-1893), Béla Bartók, Antonin Dvorák, Mijaíl Glinka (1804-1857) y Frédéric Chopin (1810-1849), quienes tuvieron a unos diestros ejecutantes en el pianista ruso Dmitry Shishkin y los integrantes de la Orquesta de Cámara de Praga, bajo la conducción de Zbynék Müller.
El espíritu de Rumania apareció gracias a la magia de Seis danzas folclóricas rumanas para orquesta de cuerdas, de Bartók, que le propuso al público el desafío de imaginar los bailes tradicionales a través de la ejecución instrumental. El resultado fue el preámbulo perfecto para ser testigos de las habilidades de Dmitry Shishkin, quien domina el piano desde los tres años y logra que las teclas negras y blancas transmitan emociones y conecten con los sentimientos.
Shishkin, respaldado por la orquesta o en solitario como ocurrió en otros de sus recitales en el íntimo ambiente de la capilla del Hotel Santa Clara, conjuga a la perfección su virtuosismo con su capacidad para sintonizarse con el público en Cartagena.
El pianista ruso cumplió con el propósito de volver cómplices a los asistentes en la ejecución de las piezas cortas Cuadros de una exposición, de Modest Mussorgsky, para la que propuso un recorrido imaginario por una galería y no solo presentó los bocetos de las obras pictóricas, sino que las delineó y las llenó de color. La respuesta del auditorio se tradujo en un cálido y extenso aplauso.
Le puede interesar: En fotos: así se vive el Cartagena XVII Festival de Música, un canto de la Tierra
Otro de los personajes destacados durante la primera mitad del evento es la soprano Julia Muzychenko, nacida en San Petersburgo en 1994, quien tiene una historia en ascenso. Es una de las voces más llamativas de Europa y sus interpretaciones la han llevado a figurar en los montajes más exigentes.
Durante su participación en Cartagena, Muzychenko saltó con facilidad de inocentes creaciones tradicionales de la música infantil con las piezas de La habitación de los niños, de Modest Mussorgsky, hasta el drama sensible de una creación como El mariscal de campo, del mismo compositor ruso. Con la voz como instrumento principal y sus destrezas histriónicas, la soprano rusa se ubica en un sitio de honor en este Festival.
Le puede interesar: La armonía perfecta de Eva Quartet
El Cuarteto Prazák —integrado por las violinistas Jana Vonáskova y Marie Magdalena Fuxová; Josef Kluson, en la viola, y Pavel Jonás Krejci, en el violonchelo— muestra otra dimensión del formato de cámara y aclaró el panorama para entender las razones por las que algunas manifestaciones folclóricas de una parte de Europa hoy hacen parte de la música académica mundial.
El chelista colombiano Santiago Cañón-Valencia juega de local en el Cartagena Festival de Música, un entorno que lo ha visto crecer y celebra cada triunfo internacional de este artista. Con su estilo consolidado y dejando atrás su condición de “promesa”, Cañón-Valencia es una realidad palpable y contundente. Siempre es grato y sorpresivo verlo apropiarse de obras europeas y comunicarlas al público con un lenguaje empático y sencillo.
Quedan varias jornadas del Cartagena Festival de Música y “el canto de la Tierra” está en pleno proceso de afinación para seguir conquistando corazones.