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En 1954 Bart Howard escribió “Fly Me to the Moon”, una canción en la que un amante pide a su pareja que tome su mano y lo lleve a volar hasta llegar al universo. Años más tarde, el artista plástico colombiano Pedro Ruiz se inspiró en ese tema popularizado por Sarah Vaughan o Frank Sinatra para descontextualizar la letra y darle un sentido más allá del romance; así “Fly Me to the Moon” se transformó en una obra de arte en la que el protagonista no es un enamorado, sino un desplazado que conserva el recuerdo del paisaje que le ha sido arrebatado.
La pieza de Ruiz pertenece a la colección “Oro (Espíritu y Naturaleza de un Territorio)”, que a su vez hace parte de “Desplazamientos”, una serie cuyo personaje viaja en una barca y lleva consigo, en palabras del artista, el recuerdo de la “tierra que es su vida y su sustento y que se ha visto obligado a abandonar”. La iconografía de esa colección presenta las barcas pintadas sobre fondos dorados, que recuerdan aquellos íconos medievales donde el barquero transporta todo lo que es importante preservar.
Para el artista bogotano, caballero de la Orden de las Artes y las Letras por el Ministerio de Cultura de Francia y embajador de Unicef, el oro no se refiere a la riqueza material, sino a esos elementos intangibles como el “espíritu, la naturaleza, el arte, los personajes y las circunstancias” que son valiosos en la vida cotidiana e indispensables para la supervivencia como nación, y que al dañarlos “afecta nuestras relaciones con los demás y con el planeta en general”.
Todo este contexto fue el que llevó a que los organizadores del Cartagena Festival Internacional de Música seleccionaran la pieza “Fly Me to the Moon” como imagen de la edición 2019 que tiene como título Armonía celeste y que busca rendir homenaje a la relación entre música y número, y sonido y ciencia, unión legendaria con la que la civilización occidental ha buscado la armonía del universo, la naturaleza y el cosmos.
Si el protagonista de la canción de Howard busca que el amor le permita, por medio de un beso, jugar con las estrellas y conocer el universo, la obra de Ruiz representa a un hombre que está en armonía con la naturaleza. La pieza, un acrílico sobre lienzo de 60 x 60 cm, es un círculo amarillo en cuyo centro está un hombre parado sobre su barca y rodeado de planetas en un fondo de oro, como la vieja canción. La espiritualidad se representa con los peces que quieren asegurarse de esa buena y valiosa relación, rogándole que sea sincero.
Ese juego entre la obra musical y plástica va de la mano conceptualmente con el evento. ¿Cuál sería ahora el recuerdo del hombre? Pues nada más y nada menos que la música, fuente de inspiración, y el conocimiento que ha generado la armonía celeste del universo.
La música también es importante en el universo artístico de Pedro Ruiz, que siempre ha explorado la relación entre la naturaleza y la sociedad. Le gusta comenzar el día con algunos Bhajans de la India, con Mozart, Vivaldi o Bach.
Cuando tiene visita prefiere sintonizar al violonchelista Jacques Offenbach, algunas bachianas del compositor brasileño Heitor Villa-Lobos, las creaciones del colombiano Crescencio Salcedo, del inglés Sting o del jazzista Herbie Hancock. Además, asegura con modestia, que cuando lo dejan pone a bailar a todo el mundo. Para él “cualquier música es buena si el que la hace es bueno”.
Fue con este bagaje conceptual y plástico con el que el artista pasó de ser un espectador entusiasta a creador de la imagen oficial del certamen musical, lo cual considera una distinción y un honor, ya que le ha permitido que su obra sea valorada dentro del mundo del espíritu y la cultura.