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Chichí me confundió con su sobrino y yo confundí el intro de su canción con una champeta. Lo hice adrede porque guardaba la ilusión de que un músico que ha escuchado tantos sonidos en su vida coincidiera con, por lo menos, uno de los que escuché en el barrio caribeño donde crecí. No estaba tan lejos.
Su canción, que estrenó en agosto, es una fusión de ritmos afrocaribeños, como acostumbra el dominicano, aunque determinada por una percusión senegalés, que usa unos talking drums, y las armonías de un par de guitarras congoleñas que suenan a soukous, la base principal de la champeta. También suena a champeta.
—Estoy seguro de que esas guitarras tienen que ver con su cercanía a la música africana, pero no me deja de sonar a champeta, ¿tiene alguna relación?
—Soy muy amigo de un guitarrista colombiano que toca champeta, Eddy Kampanela, él tocó esas guitarristas primas de la canción —dijo Pedro René Peralta, conocido como Chichí Peralta, con su marcado acento dominicano.
Eddy Tinoco Kampanela es el actual guitarrista de Mr. Black y sus melodías se incluyeron en uno de los 49 canales de instrumentos que Chichí usó para “El Meneíto”. Dice el dominicano que antes de dejar lista esta producción la escuchó unas 3.500 veces. Sonó algo exagerado, aunque parecía convencido.
—Es de esas canciones que uno repite y repite y le sigue encontrando cosas —le sugerí al dominicano.
—Esa es la idea de eso, que tú lo va’ descubriendo: un detallito, una campanita o un sonido. Siempre dejo algún sonidito oculto.
“El Meneíto” es una canción “tiktokiable”, ¿cree que esta plataforma es una navaja de doble filo en la que se puede viralizar, pero solo pegar 15 segundos?
Eso es como los hijos, por ejemplo, los tienes y después se van de la casa. Siguen siendo tuyos, pero ya con las decisiones son de su propia vida. Así pasa en la música, cuando uno publica una canción ya es del mundo. Entonces creo que es una navaja de un solo filo: puede motivar a que se peguen 15, 20 o 30 segundos y que la gente vaya y escuche el tema entero.
Usted hace música que poco hoy se hace y tengo que preguntarle por la música con la que hoy nos referencian a los latinos, ¿qué piensa del reguetón?
Considero que es un ritmo muy sabroso y pegajoso. Mira, incluso, es posible que yo tenga que ve’ con parte de la gestación de eso, por la “Ciguapa” (1997), por algunos sonidos que tiene. La música es música. El problema de algunas piezas son las letras que a veces son muy explícitas, tú sabe’, y que a veces eso les llega a los niños. Ahí no estoy de acuerdo, pero el que quiera hacer música que haga la música que quiera. Cada uno es responsable de lo que graba y de su legado.
Usted está influenciado por muchos ritmos, pero llama la atención que fue dj en una emisora de rock y heavy metal, ¿cómo terminó ahí?
Estaba en el Colegio Dominicano de La Salle y mi primer trabajo fue en una emisora que quedaba como a dos kilómetros. Ahí conocí la música de AC/DC, Kansas, Queen, Tool, Pink Floyd, etcétera. Me nutrí de mucha música. También tenían un apartado de música de Mozart, Beethoven, Mahler y de una infinidad de música clásica. Y con ese oído, parecido al tuyo, escuchaba cada cosa, al detalle.
Hoy está de moda el ‘sample’ y la interpolación, que es como traducir sonidos de unas canciones a otras, ¿usted ha usado estas técnicas?
No intencional ni inconscientemente. A mí se me graban, no sé de qué forma, los sentimientos de las melodías, las notas en el piano y las intenciones. Cuando escucho música, busco y busco en latitudes muy lejanas, como metiéndome en una tienda. Pero no buscando extrapolar nada, sino buscando sentimientos, sonidos, colores e instrumentos. Mi trabajo es hacer decodificaciones sonoras de la música.
Su gusto por el jazz de Hugh Masekela, a quien ha referido en sus canciones, ¿tiene que ver con que hizo música para la liberación de Nelson Mandela?
Es más musical, porque no todo su trabajo fue para eso. Él puso muy de moda en la música africana los contrapicados en los brasses (vientos de metal) y cuando hago ese arreglo de contrapicados en “Procura” (1997) es que digo “Honor a Hugh Masekela”. Él arriesgó su vida y su carrera por hacer canciones que pedían la liberación de Mandela, lo que posteriormente pasó y fue muy positivo para ese país. Cualquiera se identificaría: fue un gran presidente, un gran ser humano y un hombre que estaba encarcelado por lo que pensaba.
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La música africana en Chichí lo ha permeado desde su juventud, como en este sencillo, en el que vuelve a usar su homenaje al jazzista sudafricano Hugh Masekela. Sus seguidores, como si se tratara de un sampleo o interpolación del lenguaje, lo han traducido a “cuando la yuca se quema”, en vez de “Honor a Hugh Masekela”. Una deformación lingüística típica de nosotros, los caribeños.
Algo recurrente en Chichí es la cantidad de arreglos y detalles que logra incluir en sus canciones. En esta se escucha un bajo en slap al estilo funk, que dijo que los había puesto al revés, unos teclados de música de Reiff, unos vientos de mambo, unas tamboras grandes, un cajón colombiano, unos redoblantes de techno, por mencionar algunos. Cada vez que lo escucho aparecen nuevos.
—Yo espero, sobrino, que usted se tire sus pasitos con “El Meneíto” —me dijo Chichí, a modo de broma.
Su chanza no era tan en juego. Chichí, con su “world latin music” me ha puesto a bailar a mí, a los latinos y a gran parte del Caribe colombiano, que ha acogido su música como propia. Dijo que, en su próxima producción, “Endorfina”, incluirá un homenaje a ritmos esta región del país con canciones que refirieren al bullerengue, haciendo alusión a la cantadora Petrona Martínez, y la música vallenata, de la que referencia a Silvestre Dangond y Diomedes Díaz.
Yo ya debo haber escuchado “El Meneíto” —con la misma seriedad de Chichí— una quinta parte de lo que él la escuchó. Me sigue sonando a champeta criolla cartagenera y a un montón de cosas más. Ahora tengo un tío en República Dominicana, como él mismo lo sugirió, y una canción que por más que la repita no se repite.