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Debajo de la sólida guitarra, el riff que comienza a rasgar los primeros minutos de silencio, emerge la voz que canta “Oh no, here it comes again”: es precisa, estable, casi sobria, aunque veloz. Para cuando el coro ha llegado, esa misma voz se ha transformado en controlado grito, en melodiosa agresión vocal. La música persigue la detonación de la letra que rápidamente guía todo hacia el solo de guitarra y ya después, a los pocos segundos, hacia el final de “Neon knights”, canción que abre “Heaven and hell”, uno de los álbumes mejor logrados de Black Sabbath, en el que Ronnie James Dio canta algunas de las canciones más recordadas del rock and roll.
La sola hechura del disco es casi un milagro. Eran tiempos tumultuosos para Ozzy Osbourne, el mítico vocalista de la banda que para 1980 (año de salida al mercado de “Heaven and Hell”) ya se había cargado al hombro canciones como “Paranoid”, “Iron man” o “War pigs”, sólo para mencionar algunas. Aunque no se ha llegado a una verdadera historia acerca de por qué Ozzy fue expulsado de la banda, el recuento no oficial de esos días dice que la grabación de “Heaven and hell” fue hecha sin la colaboración de este y en su reemplazo fue llamado Dio.
Ahora, no se trata de sacar un ganador entre Ozzy y Dio, pues ambos tiene legiones de fanáticos y críticos que los respaldan. Los dos son estilos muy diferentes de enfrentar, no sólo la vida, sino el rock and roll (Ozzy más caótico, como si siempre caminara a través de una carretera que lleva a un destino incierto). Lo que sí queda claro es que “Heaven and hell” es un disco único: una pequeña obra de arte cargada de buena música, con solos clásicos que disparan cada canción por nuevos caminos, y un registro vocal impecable a cargo de un Dio impecable que se encarga de botar a todo pulmón cosas como “And they’ll tell you black is really White / The moon is just the sun at night / And when you walk in golden halls / You get to keep the gold that falls / It’s Heaven and Hell, oh no! / Fool, fool!”.
Más allá del brillo de “Black Sabbath”, Dio es por sí solo una máquina de hacer buena música. Su carrera como solista y su participación en bandas como “Rainbow” y “Elf” (su primer proyecto) son sellos de una gran sensibilidad artística, así como de una técnica vocal que marcó a generaciones enteras de rockeros.
Sin tener un programa de televisión propio, ni un festival que llevase su nombre, Dio alcanzó la fama justa que otorga el trabajo, no los medios de comunicación. A la salida del concierto en Bogotá de “Heaven and Hell” (la agrupación que conformaron Dio, Tony Iommi, Geezer Butler y Vinny Appice entre 2006 y 2010) un fanático aseguraba que no había un mejor cantante que Dio; llevaba puesta una camiseta de Ozzy Osbourne.
Poco antes de su muerte, en 2010, Dio fue invitado a aparecer en “That metal show”, un programa de entrevistas para rockeros que transmite el canal de cable VH1. En ese momento, se dice que el cantante ya sabía acerca de su diagnóstico de cáncer de estómago. La imagen que aún se recuerda de aquel programa es la de un hombre sereno, afable, que recibe la idolatría del público y los presentadores con la sencillez de quien escucha un saludo en la mañana y devuelve la cortesía para seguir con el resto del día. Aquel era un hombre que, como dice algún libro, había aceptado con gracia la muerte después de un viaje largo por la vida. Qué suerte. Suerte merecida.