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Las luces de la tarima rebotan en su cara y el cabello parece resplandecer con todos los colores del arco iris. Por momentos levanta la mirada intentando ver a la persona de quien proviene la voz que todo el mundo corea. Es un chico de no más de 20 años, 21 quizás. Ayuda al camarógrafo con los cables para que pueda grabar de manera eficaz el evento. Él es una historia, una de las que construyen el Festival Altavoz, que este año celebra su undécima versión. Tiene la cabeza baja, los flashes de las cámaras no lo aturden; junto a todo el equipo hace posible la realización de una de las mayores muestras culturales de Antioquia.
Reducir el festival al mero evento donde se reúnen diferentes géneros musicales, más que frío y reiterativo, es caer en la negación. La negación de esas historias normales, las historias de los que ayudaron a montar el escenario, de quienes sostienen cables para que otros desde sus casas puedan ver el festival paisa. La negación de la señora que recorre los caminos del lugar recogiendo los vasos plásticos, papeles y demás desechos para ubicarlos en su respectivo sitio; la historia de quien se queda en la entrada escuchando, de lejos, los gritos y aclamaciones de un público ávido de arte, mientras él revisa escarapelas. Hablar del Altavoz sólo como un concierto es olvidar esas grandes historias normales que pasan desapercibidas.
Manos de arriba abajo, una o dos veces los fanáticos gritan el nombre de su banda favorita, bocanadas de aire tibio se lanzan al aire y crean encima de la multitud una nube de suspiros y respiros mezclados. Cada artista es un sueño cumplido diferente, una sonrisa de satisfacción y una mirada de recuerdo eterno. Las canciones retumban en los oídos y todas las líricas del festival se disipan entre risas y llantos, alegrías y tristezas, por haber visto a quien se esperó desde hace mucho tiempo.
Hay espacio para todos: cabellos largos y crestas a las que sólo les faltan las burbujas de tanto jabón, camisetas negras y botas pesadas, piercings y rastas, gafas de colores, lentes líneas rojas y cámaras análogas. El festival se ha convertido en el lugar donde se reúnen algunos de los que celebran la fiesta en otros idiomas, quienes disfrutan otras maneras de crear música y, sobre todo, quienes consideran Altavoz no sólo como una cultura, sino como una forma de ver la vida.
¿Los lugares tienen alma? Mejor: ¿los eventos tienen alma? Sí, la tienen y está hecha con los retazos del alma de sus participantes, y en el caso del Altavoz, de los fotógrafos, músicos, periodistas, artistas, técnicos, público, aseadores, policías, quienes sostienen cables, quienes abren puertas, quienes están y no se ven. Ellos conforman el alma del festival, una que se ve como un pequeño universo implantado en una sociedad donde se esquiva al diferente, se deslegitima la rebeldía, se oprime a quien cree y crea, un pequeño gran universo construido a mano, a voz y aplausos.