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Desde que el álbum comienza, da la sensación de estar fuera de la ciudad. Como si hubiese sido grabado bajo la influencia del viento, los árboles y los pajaritos. Como si un colibrí se acercara y sintiera en su canto el anuncio del amor, tema con el que abre la producción.
En realidad, el álbum nació desde el apartamento de Victoria Sur en Armenia, su ciudad natal, en un séptimo piso, donde generalmente no llegan estas aves. Tenía vista a la cordillera Central de los Andes, que levanta su verdor imponente atravesado por unas curvaturas azules que llevan consigo remolinos.
Los remolinos del enamoramiento, por ejemplo, que decidió contarlo sobre la melodía del bossa nova; para reafirmar el amor, escogió el ritmo chileno de la cueca; el pasillo, para retratar la nostalgia; la milonga, para hacer preguntas que duelen; la coladeira, un ritmo de Cabo Verde, África, que relata las promesas incumplidas, y cierra con el despecho desde la música mexicana, donde se habla de la ruptura y la despedida.
Es el séptimo álbum de Victoria, quien se toma su tiempo para construir sus producciones. No es coincidencia que sus discos se publiquen cada cuatro años, y que en este último se haya nutrido de los vastos ritmos de su continente, a los que junto con su voz les da el protagonismo en una producción íntima y minimalista.
Es un disco minimalista: el uso de la voz y solo dos guitarras en la mayoría canciones, por ejemplo.
Sí, me lo propuse así, porque mis discos anteriores están cargados de instrumentos. Me hacía falta un disco acústico. Dije, voy a hacerlo mucho más íntimo, porque es una historia contada casi al oído. En otros momentos quería estallar mi voz y cantar desde un lugar muy rockero y con otra energía. Aquí hay unos temas con una o dos guitarras y otros que solamente se les agrega la percusión, pero no hay bajo, no hay baterías, es decir, todo es muy íntimo, muy pequeño, pero también grande.
Hace una extensa exploración de la música latina, ¿cómo siente la música que popularmente representa hoy al continente?
Ese “boom” que está teniendo la música latinoamericana es homogéneo y es muy desde el reguetón. Todo tiende desde el mainstream a ser muy uniforme y a quitar esas capas tan ricas de los aires y ritmos de los países. Claro, es lindo ver a una Karol G con su historia y con todo lo que está haciendo, pero ya a nivel estético musical no me atrae tanto, porque siento que borra esas capas culturales, riquezas y esa variedad que tenemos. Hay muchísima gente en Latinoamérica haciendo cosas hermosas desde todos los ritmos, y eso me parece mucho más rico.
Habla de los remolinos en su disco, ¿cómo los ha sorteado en su carrera como artista independiente?
Me he dejado fluir por la vida. Me gusta trabajar mucho desde mi intuición. Eso tiene sus pros y sus contras. Hay ciertas libertades que me encantan, porque puedo ser libre en mi estética, en mis estilos, en mis géneros, puedo saltar como me encanta por todos los estilos posibles, porque es mi naturaleza. Quizá si estuviera en una disquera sería muy difícil, porque ellos exigen unos parámetros puntuales. En ese sentido, me he dejado llevar por mi intuición, por mi vocación y por mi disciplina.
Hizo una canción sobre su hijo autista, ¿cómo ha sobrellevado esta situación?
Todo el tiempo es un aprendizaje. Tengo dos hijos, Valentina y Sebastián, son mellizos, tienen 12 años, y solamente mi hijito está dentro del espectro autista. Es un desafío diario, porque es una condición de la que muy poquito sabemos y no entendemos. Hay muchas cosas que tienes que ir aprendiendo en el camino y te tienes que empoderar con el tema. Entonces en la canción cuento un poquito de nuestra cotidianidad, donde digo: “Hay veces en que no te entiendo, pero voy contigo, a comprender esos días en que no te entiendo”.
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Victoria ha tenido que sortear remolinos, que parecen más tormentas, y otros remolinos “positivos”. Cree que la música la eligió en su adolescencia, como aquel colibrí que se posó en su ventana. No proviene de una familia musical; sin embargo, impulsada por los remolinos del corazón, a los 10 años entró en una audición en su colegio. Le dijeron que era muy afinada para cantar. Se sumó a proyectos artísticos y exploró su desconocida faceta musical que, desde entonces, no ha dejado de explorar.
Los remolinos de su vida la llevaron desde la música andina hasta el rock y el jazz, cuando llegó a estudiar a Bogotá. Descubrió las fusiones y lo condensó en un álbum con bambuco y acid jazz, y luego en uno de pop-rock. Vivió en Cuba y Argentina, y descubrió a artistas con una amplia visión de la música. De esas exploraciones surgió su nombre Victoria Sur, un homenaje a la música suramericana, que cada vez expande más y que, en cada travesía ritmica que hace, se deja llevar por el remolino de la música.