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Cinco segundos: sube los tres escalones que la separan del piano.
Diez segundos: acomoda su banco para alcanzar la altura perfecta. Se sienta.
Quince segundos: juega con las teclas rápidamente. Se familiariza con el instrumento de turno.
Veinte segundos: sus dedos empiezan a deslizarse por el teclado, los sonidos brotan como los frutos de una cosecha de primavera. Esa amalgama de melodías folclóricas que evocan tierras eslavas parece darles un nuevo color a los muros coloniales de la capilla del Hotel Santa Teresa.
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Si en solo medio minuto la pianista franco-albanesa Marie-Ange Nguci consigue crear ese mosaico musical lleno de emociones, ¿qué podrá lograr en un recital de más de una hora? El público de Cartagena ya lo está descubriendo en las presentaciones que la joven y galardonada artista protagoniza en el festival de música de la ciudad.
Nguci, un prodigio del piano que a sus 22 años ya ha compartido escenario con orquestas como las de París, Barcelona, Lyon y Berlín, entre otras, debuta en Colombia con tres presentaciones en el Cartagena XVII Festival de Música. Son dos recitales en solitario en la capilla del Hotel Santa Teresa, ubicada en el que fue el primer convento de Cartagena de Indias, y un concierto junto a la Orquesta de Cámara de Praga en el Teatro Adolfo Mejía.
París fue el epicentro de la formación académica de Nguci, quien a los 13 años fue aceptada en el Conservatorio de la capital francesa. Además, la artista estudió en Nueva York y en Viena, empezando así una carrera que no solo la ha llevado a recorrer el circuito internacional, sino a establecer un discurso en el que, además de las consideraciones netamente musicales, también incluye reflexiones sobre la existencia.
“Para los músicos jóvenes como nosotros, que aún estamos descubriendo cosas sobre la música y sobre nosotros, es una gran oportunidad poder viajar, conocer nuevos países, nuevas culturas, nuevas personas. Deberíamos estar más agradecidos que nunca ahora que sabemos que esto puede desaparecer, especialmente después de lo que pasó en el mundo, de lo que todavía está pasando; fueron años muy complicados en los que muchas cosas se pusieron en cuestionamiento, cosas que creíamos que hacían parte de nuestra cotidianidad se borraron de un momento a otro”, asegura la pianista sobre la posibilidad de conocer nuevos destinos gracias a su oficio.
Al principio de su viaje musical, Nguci quería que el violonchelo fuera su instrumento principal, pero el piano llegó y abarcó todo. La artista considera que este instrumento es una puerta abierta a una inmensidad de repertorio, no solo pianístico, sino de ópera y traducciones de sinfonías. “Es una posibilidad de poder conocer virtualmente todo, aunque en la vida humana es imposible conocerlo todo, pero esta es una ventana abierta a siglos y siglos de música y a un legado que es muy especial. Todavía tengo mi chelo, practico a veces, trato de enriquecer una actividad con la otra. Fue un gran proceso de aprendizaje para mí y tal vez me gustaría volver a tocarlo en algunos años”, añade.
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A esos dos instrumentos, la franco-albanesa también sumó estudios de Dirección de Orquesta en la Universität für Musik und Darstellende Kunst de Viena, capital mundial de la música clásica. Estudiar partituras orquestales y estar al frente de una orquesta es una experiencia que cambia la vida en muchas maneras, asegura Nguci, quien añade que en esos estudios pudo descubrir el poder de sugestión de un director. “Cuando estás dirigiendo, los ángulos de visión se amplían sobre la polifonía, el color, la estructura, la arquitectura, el espaciado del sonido”.
Danza con el piano
Paralelo a los saltos de sus dedos por las teclas del piano, el resto del cuerpo de Marie-Ange Nguci tiene su propio ritual de gestos con el instrumento. Es casi un baile de seducción, de aproximaciones y distanciamientos, de cerrar y abrir de ojos, que les da mayor solemnidad a sus presentaciones.
Su primer concierto en Cartagena fue el martes 10 de enero, a las 11:00 a. m., en un recital en solitario en el que sonaron los nacionalismos de Béla Bartók y Franz Liszt. De este último, la pianista interpretó la Rapsodia húngara n.° 6 y Años de peregrinación, una especie de diario musical donde el compositor húngaro rememoró sus recorridos por países como Italia y Suiza. “Es un viaje por el mundo y en especial por los lugares que amaba, que tenían un significado especial para él”, asegura Nguci, quien añade que, por su parte, las piezas de Bartók logran transmitir la herencia de la cultura rumana.
Las otras dos citas del Cartagena Festival de Música con Nguci serán el miércoles 11, a las 11:00 a.m. en el Santa Teresa y a las 7:00 p.m. en el Adolfo Mejía, con dos presentaciones dedicadas a Frédéric Chopin, el compositor polaco que produjo un repertorio para piano que se convirtió en una referencia ineludible del instrumento.
En la mañana, la pianista interpretará una selección de scherzos y mazurcas del compositor, obras que, según ella, incorporan el espíritu polaco y esa nostalgia única que tienen los países eslavos. “Chopin nos transmitió esos sentimientos de una manera muy especial”, dice.
En su último encuentro con el público cartagenero, Nguci compartirá escenario con la Orquesta de Cámara de Praga e interpretará el Concierto n.° 2 para piano y orquesta en fa menor, op. 21, de Chopin. “Es la quintaesencia más hermosa de la escritura de Chopin y también del arte en general. Tiene una estructura llena de fineza, de delicadeza, de sutilezas armónicas”, anticipa sobre esta pieza.
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Además de sus constantes giras de presentaciones, Nguci también ha grabado discos como En Miroir, con el sello Mirare, que se lanzó en 2018 y ganó el premio Choc de Classica. Con ese bagaje a experiencias acumuladas en tan pocos años, la pianista aprovechó su visita en Cartagena para dejarles un consejo a los músicos jóvenes:
“La recomendación principal que tendría es nunca dejar de ser curiosos. Lo más importante es tener una mente abierta, conocer otros tipos de músicas, otros pianistas, del pasado y del presente, y otras culturas. Especialmente en un mundo como el de hoy es muy importante estar abiertos a cualquier cosa y cuanto más veamos más experimentaremos”, argumenta Nguci minutos antes de encontrarse una vez más con el piano.