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La recepción del público para el festival Tomorrowland Core, que por primera vez llegaba a Colombia, no fue lo esperado. Los organizadores esperaban un preregistro de máximo 40 mil personas. Recibieron el triple y tuvieron que cambiar de escenario a última hora. Una carrera a 130 BPM (beats por minuto).
Pasaron del Jardín Botánico, que era el escenario deseado por los dueños de la marca internacional, al Parque Norte, que los organizadores locales lo conocen como la palma de su mano. Allí hacen anualmente tres festivales relacionados con música electrónica.
Breakfast Live está involucrado en la organización de La Solar, que integra reguetón y electrónica en su línea más house, Ritvales, que explora la diversidad de los subgéneros electrónicos, y Afterlife, otro festival internacional que llegó este año a su segunda edición.
La llegada de Tomorrowland Core a Medellín
La llegada del evento a Medellín no fue casualidad. Fue producto de un trabajo de más de una década expandiendo la escena electrónica en la ciudad. El Club Salón Amador, que cumple diez años, ha sido piedra angular de estos eventos. Allí ha llegado todo tipo de DJs internacionales y desde allí también han nacido los festivales mencionados.
Casi que a la par del nacimiento de este club, comenzó el tanteo con los organizadores del Tomorrowland, que se realiza en Bélgica, y que reúne a cerca de 150 mil personas por día. Unas magnitudes que una ciudad como Medellín no podría soportar. Debían aspirar a uno de sus eventos alternos.
Desde entonces, según aseguró Carlos Franco, director de Breakfast Club, surgió una relación amistosa con los belgas y la propuesta de traer el evento a Medellín. La respuesta no era concreta. Cuando Tomorrowland llevó por primera vez su stage Core a Tulum (México), los colombianos se alertaron e hicieron nuevamente la propuesta. Esta vez aceptaron conocer lo que estaban haciendo en su ciudad hasta que lograron convencerlos.
La boletería se vendió en tiempo récord. En seis horas ya estaban agotadas y el paso siguiente era un montaje con el que nunca se habían enfrentado. Una vez cambiado el escenario, el reto fue adecuar a las exigencias del evento, del que básicamente era adaptar una selva en medio de la ciudad.
La escena electrónica en Medellín
¿Cómo se adecúa el Parque Norte para que sea una experiencia cercana a la del Jardín Botánico?
Nuestra idea con este proyecto es transformar el Parque Norte. Afortunadamente, llevamos muchos años allí (La Solar y Ritvales) y es un espacio que se presta muchísimo para este tipo de eventos, pero, al mismo tiempo, el reto siempre fue hacer que este se viera distinto. Estamos trayendo containers desde Bélgica e instalación de especies vivas. Vamos a tener mucho verde. Para eso contamos con uno de los equipos, me atrevería a decir, más magníficos y talentosos del mundo en experiencia de usuario. Hay áreas del Parque que nunca hemos usado y se van a usar como un bosque nuevo. Lo más importante es la escenografía, que es la misma de Tulum, entonces eso marcará la percepción del público. Creo que dejará la vara muy arriba.
¿Siempre tuvieron en mente a Medellín como sede o se planteó la posibilidad de otras ciudades?
Nosotros hoy somos promotores con relevancia nacional, pero Medellín es nuestra casa y sentimos que el fenómeno de turismo cultural que se ha vivido en los últimos años con respecto a los conciertos como los de Karol G y Bad Bunny y festivales como Ritvales y La Solar es un fenómeno bien interesante porque la gente no solamente viaja para el concierto si también pa’ parchar y pues eso digamos que es un comportamiento de consumidor que ya lo tenemos analizado. Se consideró alguna otra latitud, pero el mensaje del equipo de Tomorrowland siempre fue que les interesaba Medellín.
¿Cómo ha transcurrido la escena de la electrónica en la ciudad en estos últimos años?
Mi visión con respecto a la escena es que Colombia, en general, pero sobre todo Medellín, lleva muchos años cultivando y construyendo audiencia. Eso es algo que otros géneros no han podido hacer. Creo que eso se debe a la facilidad, entre comillas, de poder traer a un DJ, ya que, por ejemplo, una banda o un artista de música urbana es traer a más de 30 a 40 personas. Eso logísticamente es complejo. Mientras que traer a un DJ implica máximo 4 o 5 personas, si es un equipo grande. Eso ha tenido que ver como también los eventos que nunca se dejaron de hacer. Desde el Ultramar que se hacía en Cartagena hasta el Nokia Trends en Medellín, fueron eventos impensables en su momento, fueron épicos y ayudaron a construir una escena sólida como la tenemos hoy.
¿Y cómo suena hoy la electrónica en Medellín a diferencia de otros lugares?
Bogotá, por ejemplo, tiene un público muchísimo más grande con respecto al hard techno. Medellín es mucho más diverso, pero, por fenómenos como los de Afterlife o el mismo Tomorrowland Core, el techno melódico logró pasar la escena de lo alternativo. Canciones tan populares como las de Anima o Taylor Fox ayudaron llegar a audiencias que no se tenía antes. Pero también hay espacio para el house, trance, progressive e incluso el EDM (dance).
¿Cómo entienden ustedes a la guaracha? Que es un género que transita entre la electrónica y la música urbana y que genera resistencia en algún sector del público.
La guaracha es una realidad de muchas personas, es un género que genera mucho trabajo y una derrama económica importante. Muchos consumidores de música electrónica no la aceptan, pero para los gustos los colores. Creo que hay que apoyarla, encontrar su espacio dentro de la escena, ya que han hecho cosas muy importantes. Un DJ, por ejemplo, como Fumarato llena una sala de 7 mil personas un martes en Santiago de Chile, y le pagan entre 15 mil y 20 mil dólares por un show. Creería que ningún otro DJ de techno o house en Colombia logra eso.
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Breakfast acentuó su carrera desde el viernes de la semana pasada. El montaje requiere más cinco containers de equipos que vienen Bélgica, diseñados para 40 mil personas, que entrarán al Parque Norte y que escucharán el hard groove o el techno melodic a 130 BPM. Carrera que seguro también vivirán durante los próximos cinco años, tiempo en que está pronosticado el acuerdo.