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Un huracán musical

Esta es la película que durante diez años ha escrito Juancho Valencia.

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Doña Gilma Vanegas estaba bailando en La Macarenita, un “estadero” en el occidente de Medellín. Vestía tacones y cargaba una barriga de nueve meses de embarazo. Sonaba la música del Combo Di Lido cuando sintió las primeras contracciones. No hizo mayor escándalo. Le dio aviso a su esposo, Luis Fernando Valencia, y se fueron para la clínica. Horas después nació un niño flaquito, de piel morena y manos finas. “Manos de pianista”, sentenció su padre, que era un amante ferviente de la música, de la fiesta.

Nació Juancho Valencia condenado a ser pianista. Una condena que le valió lágrimas y pataletas cuando a los seis años sus papás lo matricularon en la academia de música de don Rodrigo Córdoba. El niño flaco, de rizos desordenados, lloró muchas veces su destino hasta que el tiempo lo enamoró de su instrumento y empezó a subirse a los escenarios y a tocar junto a bandas reconocidas de la ciudad.

A los 13 años el niño fundó su primer grupo: Timbalaye (salsa y latin jazz). Raúl Maya, director del Colegio de Música de Medellín y su maestro por años, dice que el niño tenía un talento inusual. “A esa edad era capaz de tocar un latin jazz o un tumbao mientras nosotros nos preguntábamos ¿cómo lo hacía? Y ese talento lo acompañaba de juicio, de estudio”.

A los 20 años el muchacho creó La República (salsa y neotrópico). Cuenta la señora Gilma que en el concierto de lanzamiento, cuando la presentación estaba a punto de empezar, Juancho se retiró del escenario, tomó un papel y un lapicero y escribió estas líneas: Papá… se te cumplió el deseo, el deseo de tener una gran banda en un gran lugar y lo mejor, de tener a tu hijo, tu mejor diseño arquitectónico, en el centro de todo ese huracán musical.

Ese huracán musical se llamaba también Puerto Candelaria. Fundadores: José Tobón, Eduardo González y Juancho Valencia; estudiantes de música de la Universidad Eafit. Objetivo: estudiar y experimentar con la música colombiana. “Nos dimos cuenta de que sabíamos muy poco de música colombiana, de que ahí había un potencial que no estaba siendo explotado pero primero teníamos que estudiar”, dice Valencia, quien en adelante será llamado el Sargento Remolacha.

Para hablar de Puerto Candelaria es necesario que usted se imagine un pueblo tropical de tierra caliente . “Un lugar sonoro imaginario y a la vez real” en el que conviven cinco personajes pictóricos bajo el régimen de un Sargento, el Sargento Remolacha. Conviven El Caballero (Eduardo González, voz líder), El Loco (José Tobón, clarinete y saxo), El Sabiondo (Juan G. Aguilar, batería), Barromán (Cristian Ríos, trombón) y El Niño (Didier Martínez, multipercusionista).

Para hablar de Puerto Candelaria es indispensable que usted piense en una banda tropical de pueblo de los años 50, en seis músicos con ropas vistosas y extravagantes que pueden pasar del jazz más purista y académico a expresiones populares y desfachatadas como el chucu chucu, el porro, el vallenato y la cumbia. E incluso inventarse su propio género y decir que lo que ellos hacen es “jazz a la colombiana” o “cumbia underground”. Su gran logró —dice Raúl Maya— fue tomar la vieja música colombiana y transformarla con propuestas novedosas, atrevidas; con cambios de tonalidad y giros melódicos inusuales, con armonías complejas. Y eso sólo lo logra una mente genial, dice Maya.

Esta es la película que durante diez años ha escrito Juancho Valencia. Él es el pensador, el libretista, el productor, el director de este Puerto, que “es un vehículo para comunicar cosas . Realmente en Puerto Candelaria la música es una herramienta para transmitir ideas, pero no es el fin”. Con los años este pequeño islote ha sufrido enormes transformaciones.

2002. Lanzan su primer disco, ‘Kolombian jazz’: “Comenzamos como unos niños juiciosos haciendo la tarea. Fue un disco virtuoso, de alto nivel intelectual”, cuenta Juancho. Este álbum fue una especie de “Frankenstein”, difícil de digerir, alabado por muchos (fue reconocido por la revista Semana como la mejor producción de jazz en Colombia en el año) e incomprendido por otros.

2006. ‘Llegó la banda’: “Este disco es la pérdida de la inocencia. Estábamos interesados en resaltar lo que realmente nos hace colombianos: la mediocridad, el humor. Presentamos una propuesta más sólida y madura”.

2010. ‘Vuelta canela’: “Puerto Candelaria se deja seducir por otros ritmos, antes impensables al lado del jazz”. Entran al chucu chucu, la cumbia, el porro, el ska. Lanzan fuertes críticas a esta Colombia violenta, corrupta.

2011. ‘Cumbia rebelde’: “Es un disco bailable, cumbia internacional con sonidos que aparentemente son muy lejanos de nosotros, los sonidos de los Balcanes”.

Puerto Candelaria pasó de ser de música de pocos, “un mutante”, a ser la inspiración de un baile masivo. “Nos dimos cuenta de que la música nuestra era muy complicada, entonces decidimos seguir con el mismo discurso pero potencializar otras cosas: la imagen, la puesta en escena. Ya no somos un lenguaje abstracto”, dice Juancho Valencia, el dictador de este Puerto imaginario y a la vez real.

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