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50 Nochebuenas

La vida no fue justa esa Nochebuena.

23 de diciembre de 2013 – 05:29 p. m.

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Primero, las copas de vino a medio beber mientras él la acompañaba a retocar el pavo para la cena, luego el último beso que saborearían jamás interrumpido por un “voy al baño”, entonces el golpe seco contra el lavamanos y el descubrimiento de su frágil cuerpo tan inerme en su vestidito rojo sobre el suelo de baldosa. La llamada de emergencia. El fin.

Una malformación genética se la arrancó rápidamente de un aneurisma como si los dioses no consideraran en su decisión lo mucho que la amaba. Aunque era inevitable, pues desde su nacimiento la respiración de ella traía fecha de vencimiento. Un soplo de la muerte se llevó los sueños que no cumplirían, los viajes que no harían, los hijos que no engendrarían. La noticia fue un gancho a la quijada tan demoledor, que le derrumbó por meses, tiempo durante el cual el apartamento se mantuvo clausurado, como la escena de un crimen donde el destino era el único asesino.

Lloró a rabiar su sonrisa perlada, los lunares ocultos que sólo él conocía, los amaneceres sublimes entre charlas de sábanas, los juegos sobre capitales donde él siempre perdía y tantas otras cosas que ese instante se llevó consigo:
 
— ¿Mongolia?
— Ulán Bator… ¿Sudán del Sur?
— Tramposa, sabes que no sé ninguna de África.
— Pero así me quieres.
— Te odio.
— Te amo.
 
Un año después pasó “eso” que él no ha sabido explicar. Con el coraje de los amores inmortales volvió al apartamento que les vio amarse por un lustro y entró de nuevo en aquel espacio tan de los dos que sin ella lo sentía extraño. Todo estaba en su sitio con impecable preservación, el tiempo había dado vuelta en U y olvidó adrede ese rincón del planeta. Compró la botella favorita de los dos y se sentó a buscarla en cada detalle que veía, mientras reconstruía los segundos perdidos de aquella noche, entre el ruido de la pólvora y la música navideña de la vecindad en pleno. A las 12 sonó el timbre, pero su nostalgia le prohibió levantarse del sofá, sonó otra vez con más insistencia e iracundo por no poder catar su soledad, se incorporó. Abrió la puerta y era ella, tan ella que en verdad debía ser ella.
 
Siempre ha sucedido igual desde hace 50 Nochebuenas. La providencia le ha diferido su dolor a 10 minutos a solas con ella, suficiente para bailar la canción de su primer beso y reiterarle su promesa de amor eterno desde aquí hasta el más allá. Es el premio a un corazón paciente que cuenta uno por uno los 365 días que faltan hasta volverla a ver con su vestidito rojo. 
 
Son las 12, timbran a la puerta. Él corre con su traje más elegante cargando la fatiga propia de su edad. Del otro lado esos ojos entornados de los que se enamoró le miran ahora con 78 años:
 
— ¿Etiopía?
— Tramposa, —dijo devolviéndole la sonrisa.

 

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