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Al volver de cabalgar

Los niños salieron corriendo hacia la calle, adornada con coloridas cadenetas hechas con retazos de bolsas de plástico, a probar sus juguetes de Navidad tan pronto los tuvieron en las manos.

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Eran las siete de la mañana. Los dos varones montaron en sus caballos de palo y se fueron a cabalgar. Y las dos niñas se sentaron en el suelo polvoriento a jugar con las muñecas de trapo, que mostraban con ostentación a todo el que pasaba.

Todo el pueblo estaba alegre, todo era armónico y exuberante; y los pájaros, cuyos trinos se escuchaban por todas partes, y los crotos del antejardín de la señora Amada, cuyas hojas amarillentas resplandecían igual que el sol naciente; y la acacia de Elvira Cerpa, cuyas ramas sostenían redondos totumos secos a cambio de las bolas de poliespán que usa la civilización; y las puertas y ventanas de las casas recién pintadas.

De todos modos rondaba el nerviosismo. Los disparos de anoche estuvieron más cerca. Las operaciones del Ejército en la zona aumentarían, había dicho la radio en la víspera, y muchos en la vereda daban por seguro que los soldados y los insurrectos en cualquier momento chocarían en los suburbios.
Se hablaba con entusiasmo, sin embargo, en los intersticios de aquella intranquilidad, acerca de la buena cosecha de cacao y plátano obtenida en los campos pese a las plagas que amenazaron con dañar los cultivos al comienzo del año. En los ojos de los campesinos era notorio el resplandor de la felicidad absoluta que produce la culminación exitosa de un proyecto.
 
Al volver de cabalgar, los chicos se juntaron con otros de la cuadra que tuvieron iguales regalos de Navidad y se dedicaron a parodiar las tradicionales carreras de caballo que se realizan a mediados de año en la cabecera municipal con motivo de las fiestas de San Pedro y San Pablo. Las niñas, por su lado, se vieron obligadas a trasladar su juego al corredor de la casa para evitar ser atropelladas por los muchachos que desconocieron su derecho a seguir donde estaban.
 
En ese momento asomaron los soldados. Vitaliano y Domitila salieron volando de sus casas apenas advirtieron sus firmes pasos sobre la calle donde jugaban los niños, quienes al verlos se apresuraron a esconderse detrás de sus cuerpos muertos del susto. A poco empezaron los disparos provenientes de los cerros tutelares. Los soldados fueron a ocultarse rápidamente tras las paredes de las viviendas más próximas, mientras que Vitaliano y Domitila lo hicieron con sus niños debajo de las camas. Los caballos de madera quedaron tirados en mitad de la vía y las muñecas de trapo en el borde del andén, a merced del plomo inmisericorde de los dos bandos.
 
En los espacios silentes de aquella batalla mortal se escuchaba el llanto sordo de los niños, que igual podía ser por culpa de las detonaciones o por haber sido despojados de la alegría de la Navidad que tanto esperaron.
 

 

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