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En navidad

Los villancicos sonaban en cada casa del suburbio, blancos copos de nieve danzaban en el aire con la única esperanza de flotar y flotar por el resto de sus efímeras existencias, y un millar de titilantes lucecillas en cada ventana, pórtico y vano de las casas, cada árbol, cada hogar, colmaban las inverosímiles callecitas que parecían traídas a la realidad desde el más bello y alucinante cuento navideño jamás escrito.

23 de diciembre de 2013 – 06:04 p. m.

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Estaba camino a mi casa de regreso de la suya, gratamente acompañado por su calurosa presencia, la nieve crujía quedamente bajo nuestros pasos, caminábamos lentamente en un suave abrazo como el algodón y, como los copos de nieve, sólo queríamos flotar en el instante hasta desvanecernos en nuestras también efímeras vidas.

Casi era medianoche y la natividad estaba próxima, el mundo aparecía congelado en el tiempo, estático, como si quisiera retener el regocijo de las familias que en vísperas del festejo dejaban sus diferencias para unirse con la inocencia de un niño que cree, el entusiasmo de un adolescente que ansía, el afecto de un adulto que está orgulloso de los suyos y la serenidad del viejo que sabe de la perfección del poder ser en familia.

Carol, mi novia, y yo, habíamos dejado atrás la adolescencia, ya no creíamos tener el mundo a nuestros pies, ahora era como estar tras un vaporoso velo que nos brindaba una visión suavizada de la vida, un velo creado por su belleza y ternura, y que alimentado por el combustible de la época hizo de esta la mejor Navidad que recuerdo, perfecta y sin apuros. Llegamos a casa, mi madre corrió a saludarnos, la plata le recorría sus cabellos dándole un aura de amabilidad y ternura que enamoraba cada día a cualquier esposo, traía una bandeja roja, estaba llena de galletas, crujientes y cubiertas de chocolate blanco, tomé una al tiempo que se la pagaba con un abrazo, aquel pedazo de gloria me llevó a la niñez cuando esperaba a Santa Claus toda la noche junto con mi padre, comiendo galletas con leche acompañadas por acordes que él arrancaba a su guitarra. Adentro la temperatura era cálida como lo es siempre la de un hogar.
 
De la habitación contigua escuché las cuerdas de una guitarra siendo liberadas del polvo, caminé hasta el vano de la puerta, efectivamente el viejo limpiaba su instrumento, alistándose para una interpretación de su repertorio navideño, lo abracé como no lo hacía hace mucho, él me ofreció la guitarra, la melancolía me llenó, sus manos no eran las mismas diestras de antes, hice mi parte, y los cuatro cantamos villancicos hasta pasada medianoche. Allí estaba el árbol de Navidad, adornado de sus mejores galas, pero despojado de sus portentosos regalos.
 
Justo a tiempo, antes de conocerla, justo después de que él sufriera su enfermedad, en el momento en que mi madre perdió su empleo, yo empecé a creer en que las cosas irían mejor (como los niños), a ansiar el momento de que nuestros brazos se enlazaran de nuevo (como los adolescentes), a sentir afecto por el segundo en que somos solo uno (como un adulto) y a mantener la serenidad, pues la excusa para el momento está dada, no bajo un árbol, envuelto en un papel regalo, sino en el padre que te moldeó y dejó ser, en la madre que te dio una vida y otra más, y en la mujer que se entrega a ti para fundirse juntos en un solo ser, esa es la Navidad: el ser en familia.

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