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¡Ho, ho, ho!

Los pasos se hundían en la nieve con el chasquido de los cristales de hielo que reventaban minúsculamente. Uno a uno resonaban en la quietud gélida y blanca de Alaska apenas interrumpida por los suaves cánticos del niño.

23 de diciembre de 2013 – 05:35 p. m.

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Había salido en busca de leña que su madre le había encargado. Sus gruesas vestiduras hacían de sus movimientos torpes maniobras. Con dificultad se agachaba para recoger puñados de nieve, que entre sus manos cubiertas de guantes de cuero con interior de piel de conejo se tornaban lentamente en copos redondos, casi perfectos, que lanzaba con gran fuerza a los troncos de los árboles para ver cómo estallaban en un golpe seco que se fundía en mil pequeñas caídas. Calmadas, rápidas, tranquilizadoras.

Entre el juego con la nieve y el avanzar hasta el Bosque de los Pinos Altos seguía intermitentemente una figura en el cielo. Parecía un gran ave alargada con alas plegadas, rasgando veloz las densas nubes con un tintineo que el niño no reconocía. En sus 10 años no había oído animal emitiendo ese extraño ruido. Decidió entonces perseguir al pájaro misterioso a zancadas que se hacían trabajosas en la nieve, mientras el viento golpeaba como frías navajas su cara descubierta. El estruendo de un disparo estremeció su pequeño corazón, que ya latía descontroladamente. Levantó la mirada y pudo percibir cómo se turbaba el vuelo del gran animal, descendiendo a velocidad meteórica y culebreando por los aires hasta perderse finalmente entre las copas de los árboles.
 
Siguió diminutos rastros rojos de sangre que, con cada paso, cobraban mayor tamaño hasta convertirse en un moribundo reno. La bala había entrado por el costado izquierdo. Su nariz roja se apagaba lentamente mientras el silencio invadía de nuevo el bosque. Un gran hombre, viejo, de largas y frondosas barbas, yacía inmóvil. El color rosado de su piel se difuminaba lentamente en un azul cianótico. Ambos cuerpos, ya sin vida, centelleaban suavemente de un dorado que se iba tomando poco a poco su existencia. Los tenues rayos de sol empezaban a atravesarlos haciéndolos cada vez menos perceptibles a la vista. Las amarras del reno y las ropas del hombre cayeron suaves sobre la nieve, y los cuerpos se desvanecieron en el frío silencio y la blancura del Bosque de los Pinos Altos.
 
El cazador llegó por su presa, jadeante y expectante. Levantó la mirada como buscando algo que se esfuma y sólo pudo ver el trineo alejarse, halado por renos que galopaban apresurados tomando vuelo, mientras los azotaba con su látigo un pequeño vistiendo grandes ropas rojas y blancas amarradas por el último ojal de un grueso cinturón negro, riendo un ¡ho, ho, ho! con una dulce voz infantil.

 

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