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La huella musical de la biodiversidad

A principios de los noventa, Mauricio Álvarez empezó a explorar una técnica que hoy es uno de los sistemas más efectivos para medir la biodiversidad: grabar el canto de las aves. Sus sonidos son una especie de registro digital que muestra el estado de nuestros bosques y selvas.

Cristian Garavito
Cristian Garavito

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Si uno echara un vistazo a la página www.xeno-canto.org podría hacer un cálculo somero sobre la cantidad de especies de aves que tiene Colombia. Al seleccionar nuestro país, junto con sus fronteras con Panamá, Venezuela, Brasil y Ecuador, aparece un mapa que localiza a 2 mil de estos animales en todo el territorio. Pero los registra con una particularidad: muestra en detalle cómo canta cada uno de ellos; cómo se expresan en su hábitat natural. Desde la Chachalaca Alirroja grabada en la isla de Tierra Bomba, en cercanías a Cartagena, hasta los más de mil que habitan a lo largo de las tres cordilleras.
 
En total ese portal web, lanzado el 30 de mayo de 2005, tiene 207.754 grabaciones que representan 9.257 especies y otras 8.889 subespecies. En tiempo eso es igual a 2.749 horas y media. Algo así como 114 días enteros de sonidos y cantos tomados directamente de las selvas y bosques del mundo. La mayoría (118.041 grabaciones) pertenecen a América.
 
Hoy Xeno – Canto es una de las páginas más famosas entre ornitólogos y amantes de las aves. Allí han ido a parar buena parte de los archivos que han logrado, con una grabadora y un micrófono, las 2.182 personas que diariamente crean foros de discusión para hacer aportes cuando alguien tiene dudas sobre qué fue lo que realmente grabó. Se ha convertido en todo un portal de contribuciones que en últimas convierten estos sonidos en medidores de biodiversdiad mundial.
 
Esta técnica de registrar el canto de las aves, pese a que hoy esté bien desarrollada, realmente tiene una historia muy reciente. Aunque los primeros intentos arrancaron a principios del siglo XX, sólo hasta hace un par de décadas se comenzó a practicar con cierta disciplina. En Colombia, por ejemplo, los biólogos empezaron a hacerlo los primeros años de 1990. El pionero aquí fue Mauricio Álvarez, un ornitólogo retirado y profesor de ciencias del Gimnasio Moderno, que en 1997 creó la Colección de Sonidos Ambientales del Instituto Humboldt. Hoy ese archivo tiene alrededor de 23.000 registros y un Laboratorio de Biogeografía Aplicada y Bioacústica, que muestra la huella musical de ciertos escenarios colombianos.
 
Fotografías de la biodiversidad
 
Para explicar la importancia de haberse metido selva adentro y haber andado a un kilómetro por hora con grabadora y micrófono en mano durante casi 20 años, Mauricio tiene una analogía citadina: “Imagínese —dice— que de repente yo saco una grabación sonora de la Bogotá de 1920. Son tres horas de audio de la carrera séptima, en las que usted puede hacerse una idea de cómo era el tráfico de la época, cuáles eran los acentos de la gente y qué otros objetos había en la calle. Con las grabaciones de cantos de pájaros pasa algo muy similar. Son un indicador que permite medir la biodiversidad de algún lugar. Entonces resulta que si usted vuelve a ese mismo sitio después de 80 años posiblemente todo ha cambiado. Los animales que habían allí quizá no estén después”.
 
En otras palabras, registrar todos los sonidos que se producen en un ecosistema permite medir el impacto de las actividades humanas, al tiempo que con ellos se puede identificar con cierta precisión cuáles son las especies que habitan ese lugar. Se requiere, claro, cierta experticia.
 
Mauricio Álvarez arrancó ese proceso luego de graduarse de biología de la Universidad de los Andes y después de conocer a un ornitólogo estadounidense capaz de reconocer el 98% de los pájaros del Parque Nacional Amacayacu con solo escuchar su canto. De ahí, del pregrado, partió a La Macarena, donde se internó durante 4 años a grabar por puro gusto los ecos de la fauna. A su regreso fue contratado en el Instituto Humboldt, con el que arrancó ese archivo inmenso que aún hoy existe y se ha vuelto más sofisticado.
 
“Tuvimos que empezar de cero. Yo fui a estudiar al Laboratorio de Ornitología de la U. de Cornell, en Nueva York (acaso el más especializado en el tema) y después tuvimos que conseguir grabaciones de diferentes sitios y comprar discos en Perú o en Brasil para hacer comparaciones de los cantos que nosotros estábamos registrando”, cuenta. 
 
Mauricio estuvo, por ejemplo, andando por semanas la inmensidad del Chibiriquete y recorriendo la cordillera Oriental; desde Venezuela hasta la frontera de Nariño con Ecuador. Y de esas eternas caminatas, que debían hacerse a las horas más tempranas de la madrugada y con una paciencia de monje, quedaban horas de cantos y chillidos que luego tenía que depurar frente a un computador. Detallar qué era lo que había tras sesenta minutos de casetes, implicaba sentarse durante mediodía a oír los sonidos de la selva tropical, los humedales o los bosques de niebla. Implicaba escucharlos desde las 5 de la mañana hasta las 4 de la tarde con detenimiento para compararlos con las bases de datos más nutridas. Implicaba hacer tablas en Excel, registralos a veces con onomatopeyas y hacer cierta labor de edición.
 
“Y lo sorprendente de pasarse horas oyendo esos sonidos —cuenta Mauricio— es que usted descubre que los cantos son como una especie de huella digital que le permite saber a qué especie pertenece cada ave. De hecho resulta más efectivo escuchar que observar. Hoy, incluso, para un ornitólogo, es casi imprescindible tener una grabadora a la hora de salir a hacer trabajo de campo”.
 
Hoy él guarda un registro de casi 30 mil grabaciones. Un 70%, dice, lo hizo él caminando por el país. Otro tanto es resultado de un gran banco de sonidos que hubo años atrás y que fue fruto del trabajo conjunto de muchas personas que también decidieron lanzarse a andar y grabar a Colombia. Entonces, cuenta, cualquier persona podía “consignar” sus cantos y a su vez escuchar qué había detrás de un ecosistema; descubrir cuál era la biodiversidad  oculta en un bosque o un humedal.
 
 
Sergio Silva Numa

Por Sergio Silva Numa

Editor de las secciones de ciencia, salud y ambiente de El Espectador. Hizo una maestría en Estudios Latinoamericanos. También tiene una maestría en Salud Pública de la Universidad de los Andes. Fue ganador del Premio de periodismo Simón Bolívar. SergioSilva03 ssilva@elespectador.com

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