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Por fin… Llegó el jean day

Las técnicas de producción de jeans, tradicionalmente dañinas para los trabajadores y el medio ambiente, ya están cambiando. En Colombia, más del 30% de la producción se hace con láser para desgastar las prendas y no el planeta.

Archivo particular
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La petición de una esposa de un obrero en el siglo XIX al sastre Jacob Davis, quien se la transmitió a su amigo Levi Strauss, resultó en la creación de la que probablemente es la prenda más universal de todas: el bluyín. La señora quería que a su marido los pantalones le duraran más, y a Davis se le ocurrió poner remaches metálicos en los puntos de tensión de la tela. Eso y la patente que consiguieron en 1873 marcaron la diferencia entre el uso del índigo y los tejidos de algodón y lo que hoy conocemos como bluyín.

El siglo pasado se encargó de llevar el denim a las pasarelas y, por lo tanto, a experimentar en la producción y los acabados del blue jean en estado original, que es azul casi negro y acartonado. Vinieron los desgastes, los agujeros, las rasgaduras. Todo, hecho intencionalmente. Como explica Clara Henríquez, directora de escenarios comerciales del Instituto para la Exportación y la Moda (Inexmoda): “El índigo (la tintura) se maneja con una intención. Dice el diseñador: ‘tejamos así, con esta concentración de índigo, para que cuando la lavemos arroje un tono con tal particularidad y después la vamos a recubrir en cera’”.

 
Los procesos tradicionales empezaron a dañar a los trabajadores y el medio ambiente, pues el uso de cloro y otros químicos para desteñir y de arena para desgastar implicaba lavar y verter agua contaminada a los ríos y que partículas nocivas se alojaran en los pulmones de los confeccionadores. Para hacerse una idea, la elaboración de una prenda puede demandar 100 litros de agua, y en el mundo se producen cerca de 6.000 millones de yins al año. 
 
En 1993, a Enrique Silla y su tío José Vidal, valencianos y de una familia con trayectoria en la industria textil, les urgió hacer las cosas de una forma distinta. Se les ocurrió aprovechar la técnica láser, que ya se usaba para marcación, en la elaboración del denim. Pensaron que sería buena idea quemar controladamente la tela para imprimirle figuras y distintos tonos, en vez de usar las técnicas dañinas.
Formaron una empresa para desarrollar esas tecnologías y la llamaron Jeanología, “la ciencia de los jeans”, según Silla. Dos décadas después, lograron que 20% de la producción mundial de yins se haga con su técnica. Estos españoles fueron pioneros en la utilización de láser en la industria textil y luego en la implementación de ozono. El gas oxidante sustituye productos nocivos como el cloro. “No necesitamos energía para secar los tejidos porque no usamos agua y, por lo tanto, tampoco contaminamos ríos”, explica Enrique Silla.
 
En la práctica, la tecnología láser funciona a través de un software para programar el desgaste o las figuras que se deben imprimir. “Se puede fotografiar un pantalón antiguo, sacar el diseño en Photoshop y luego reproducirlo en mil o dos mil pantalones nuevos de forma perfecta y exacta”, explica Jesús Blay Andrés, director de área en Jeanología.
 
En definitiva, se logra en promedio un ahorro de agua de entre 60 y 70%; el consumo de productos químicos se reduce en un 50% y el de energía en 40%. La productividad, de otro lado, aumenta. Se pueden producir hasta 200 bluyines por hora. Desarrollaron también una máquina que recupera el aire de la atmósfera y lo transforma en nanoburbujas que sirven para imprimirle funciones a la tela: efectos de relieve o pliegues, impermeabilización o antiarrugas. Con esa tecnología se ahorra, con respecto a las técnicas tradicionales, un 95% de agua, 50% de químicos y 79% de energía.
 
“A la gente le cuesta mucho cambiar la forma de producir. No nos creían lo que decíamos, muchas compañías pensaban que éramos idealistas”, cuenta Silla. No lo eran y lograron revolucionar la industria. Pero él y su tío no lo hicieron solos. “Nos dimos cuenta de que para cambiar las cosas necesitábamos a los creativos y a los ingenieros”, dice Silla. Para él, una de las razones por las que las tecnologías y las industrias no evolucionan es que creativos e ingenieros arman rancho aparte. Cada uno trabaja en lo suyo, sin comunicarse. “Cuando los jóvenes van a una universidad, les preguntan ‘¿quieres ciencias o letras?’ En ese momento ya los están separando”.Crearon un grupo multidisciplinario en el que pusieron a ingenieros mecánicos y electrónicos a trabajar junto a diseñadores textiles y a químicos con artistas y creativos. Eran tres y hoy son 125, de 15 nacionalidades. Es un equipo, por demás, muy joven. El promedio de edad de los integrantes es de 30 años.
 
Hoy tienen su sede central en Valencia y un centro de producción láser de 1.700 metros cuadrados en Barcelona. Sus tecnologías están en 45 países en los cinco continentes. En Colombia, según Enrique Silla, cerca del 30% de la producción de yins se hace con sus máquinas. Empresas como Kenzo las han adquirido. En el mundo, marcas como Chevignon, Ralph Lauren y Pepe Jeans también lo han hecho. Los contactos que afianzó Silla en su papel de consultor de procesos de producción para empresas textileras le fueron útiles luego para dar a conocer los desarrollos de su empresa.
 
Cambiar las prácticas en esta industria no es nada menor. Según Clara Henríquez, la producción de jeanswear puede representar en Colombia el 40% de las confecciones y la mitad de los US$8.000 millones en prendas que se mueven. “De las 14 prendas que en promedio tiene cada colombiano en el clóset, fácilmente el 50% puede ser la categoría de jeanswear”, concluye.
 
 

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