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Todo pintaba para la última de la temporada bogotana. Pocas nubes, poco viento, horizonte despejado. Una vez más, tendidos a rebosar. El encierro de las Ventas del Espíritu Santo era una garantía, no sólo por la trayectoria de la ganadería, sino por las críticas que a César Rincón se le han hecho por su doble condición de ganadero y comentarista de toros. Cartel de cierre con las máximas figuras españolas, El Juli y El Cid, y con una gran promesa colombiana, Sergio Naranjo. Fueron ovacionados después del paseíllo. Naranjo es un torero valiente. Corre riesgos y aguanta. El primero —470, reparado de su ojo izquierdo— era un toro bronco que lo enganchó por detrás, lo elevó tres metros y, sin consecuencias, lo dejó caer a la arena. Probó el miedo al recibir de rodillas y salió airoso. No podía torear a Capitán por la izquierda y no ensayó hacerlo. Con la derecha dejó ver lo que es un toreo franco y seguro. Una oreja. En su segundo alegró por navarras la plaza; volvió a citar de rodillas, pero en el centro del ruedo. Pases muy comprometedores. Toreo al natural, desenvuelto y arrimado. Un redondo invertido dejó la sensación de torear a ley, con personalidad y solvencia. La plaza aplaudió a Lulito, de 529 kilos, en el arrastre. El Juli. ¿Qué se puede decir de El Juli en su primero al que cortó la oreja? ¿Que es un torero hecho, exacto, sereno? ¿Que torea y resuelve con belleza? ¿Que hizo verónicas a pie junto acompañando el viaje con el cuerpo hasta el final? ¿Que repitió? ¿Y que volvió a repetir? ¿Que supo dar tiempo al toro, y al público, para no ahogarlos? ¿Que sabe con certeza por dónde pasa la línea del miedo? ¿Que hizo tandas con la mano derecha metiéndose, cruzándose, templando? ¿Que dejó escalofríos con los forzados de pecho? ¿Que firmó y aromó con pases las tandas hechas con la verdad de su izquierda? Mató de un pinchazo hondo a su primero de 489 kilos —cola embanderada y morrillo alto—, que fue desentendiéndose y parándose al final. Algunos pitos al toro en el arrastre. Su segundo fue un torazo astracanado que empujó con todo lo que traía —554 kilos— al caballo y aguantó una pica larga y honda. El Juli retó a Patanatas llevándolo al centro de la arena. Pero el toro no quiso. No le interesó el retador ni la pelea. Ni nada. Y nada hizo el torero salvo pinchar seis veces y meter una cuchillada atravesada, contraria y asesina. Bronca al toro en el arrastre y un silencio pesado y negro sobre El Juli. Otra tarde de El Cid. El primero, Esfumado, de 440 kilos, resultó descastado; más que abanto, cobarde. Verónicas formales, sin pasión; derechazos a medias —los que el toro daba— con el mérito de aguantar los hachazos. Gran bronca al toro. Al segundo El Cid salió con ganas. También el toro, 457 kilos, tenía ganas. Ambos estaban alegres, con bríos. La divisa —tricolor nacional— saltaba en los lomos de Batallador. El Cid lo entregó al caballo con delantales suaves como llevando a un niño a la escuela. Apenas picado. Devia colocó un par de banderillas en la cima del morrillo y el torero salió a torear. Citó de lejos, media plaza de por medio: cuatro derechazos ligados, templados, acompasados. Acercando el toro, acercándose al toro. Citó de frente con la izquierda, toreó con naturalidad, como si nada. Sabe llevar el toro hasta el otro lado. Cuatro derechazos metiendo la pierna al límite. Y otros cuatro, sacando del estuche pescados de oro. Y otra vez, por las dudas, con la izquierda, limpia, tentando a la suerte. Toreo de pura verdad. Tan cierto que El Cid no parece saber qué hace. Sale de las tandas alucinado, pálido, apeándose de un sueño. Estocada a fondo. Batallador cae donde el matador manda. Dos orejas: una ganada y otra premiada. La Santamaría había dejado de aceptar los toros de regalo, que son toros de desquite. Afean una corrida. La suerte es la suerte. En este caso, El Juli no la pudo recomponer. Se quedó con la oreja de su primero porque el toro, el sombrero, también se vino abajo. Solo sirvió para que Ricardo Santana se luciera, una vez más, con las banderillas. La temporada de los 80 años de la Santamaría fortaleció la fiesta de los toros, dejó a la afición satisfecha y empeñada en volver a ver otra vez toros y toreros, como los que gozó y aplaudió.