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A los habitantes de São Paulo les gusta besar. El paisaje urbano, hecho de carros negros y grises, de edificios lujosos, zonas residenciales que intentan imitar el estilo neoclásico europeo, y aceras que replican los andenes blancos y negros típicos de Portugal no sería el mismo en São Paulo, sin sus habitantes que se entregan desmedidamente al beso. Lo que se ve en las calles –con más intensidad en la dinámica zona de cafeterías y restaurantes Vila Madelena–, no es más que un anticipo de lo que se vive con desdén en la oscuridad de los bares, en los que una corporalidad exacerbada, y una libertad sin tapujos hacen que los jóvenes se besen sin agüeros. No hay que dar el teléfono, no hay una promesa de gusto o de romance, no hay ni siquiera que prometer una noche de pasión, lo que a los paulistas realmente les interesa es el goce libre y gratuito de los labios que se juntan. Ese acto, sobre el que solo un turista puede reparar, porque ellos lo tienen tan arraigado que ni lo notan, anticipa la energía gozona, amable y divertida de esta ciudad.
A los habitantes de São Paulo también les gusta el lujo, y ese gusto, casi más que el de los besos, define radicalmente su espíritu. El que camine por la Avenida Europa se topará con los imponentes concesionarios de Porsche y Lamborghini ( el de São Paulo fue el primero que abrió esta marca en Latinoamérica); recorrer la calle Oscar Freire, será casi como repetir la majestuosidad de la Quinta Avenida en Nueva York o de los Campos Elíseos en París; una noche, un turista podrá pagar 200 reales (casi 230.000 pesos) para entrar a un bar sin derecho a ningún consumo; o un transeúnte desprevenido tropezará con tiendas majestuosas como Daslu, una mansión de 20.000 metros cuadrados en donde en cada cuarto se despliegan las últimas colecciones de Prada, Chanel y Valentino y en donde las clientas –solo entran mujeres–, son atendidas por unas mucamas que van recogiendo y trayendo la ropa como en épocas de la aristocracia.
En São Paulo, un iPad puede costar 2.000 reales, casi el doble de lo que se le consigue en Estados Unidos, y los tradicionales baúles de Louis Vuitton se venden más caros que en cualquier ciudad del mundo. La desproporción en los precios parece así delatar a una ciudad que tiene afán por marcar claramente las posiciones sociales, confiesa a una ciudad que busca el lujo por el lujo, que es esnobista, y que profesa fe por la consigna: ¡si se vende barato nadie compra!
Bueno, es verdad que cuando alguien se enfrenta a una ciudad de 20 millones de habitantes como São Paulo, no queda más que resignarse a
conocer fragmentos de ciudad, quizás, tanta tiranía en los precios no se expanda por toda la gran São Paulo, que también sabe de miseria y racismo, pero el lujo es al menos ese fragmento que se muestra con más vehemencia en las zonas por donde deambulan los turistas.
Una ciudad enorme
Justamente, además del lujo y el deseo, la inmensidad será otra de las grandes experiencias a las que se entregará un viajero que decida conquistar Corinthians. La magnitud de una ciudad que se devela desde el avión, cuando por largos minutos se sobrevuela un abigarrado paisaje urbano y, que luego, se materializa en trancones que de verdad te pueden atrapar por algo más de dos horas y media, hace que un turista simplemente pueda llevarse dentro de la maleta unos retratos muy estrechos de esa insondable urbanidad. Por eso, si de escoger estratégicamente se trata, la mejor decisión será pedirle a un taxista en el aeropuerto de Guarulhos que por más o menos 100 reales ($130.000) lo lleve a un hotelito ubicado en Jardim Paulista, un barrio tradicional en donde entre hostales mochileros que cobran 40 reales por una cama en una habitación colectiva, hasta hoteles de más estrellas que pueden oscilar la noche entre 300 0 400 reales el viajero podrá estar de cara a algunas de las calles más vitales.
A unas pocas cuadras, por ejemplo, la avenida Paulista, de 2.700 metros de larga, se revela como una matrona que alberga igual el corazón financiero de la ciudad así como a un sinnúmero de caseticas en donde cientos de revistas locales e internacionales saludan con sus carátulas al turista. En ella persiste también, imponente, asomándose entre todas las estructuras de concreto, uno de los símbolos urbanísticos paulista: el Museo de Arte de São Paulo, conocido como el Masp (los brasileros lo pronuncian como con una i al final). La inmensa mole de concreto que está levantada ocho metros del suelo por cuatro pilares de acero coloreados de rojo, fue construida por la arquitecta Lina Bo Bardi en 1968, en su interior expone una riquísima colección y una serie de muestras itinerantes que por ejemplo, por estos días, trae lo mejor del arte alemán y una serie de fotografías de gran formato de Wim Wenders.
Rua Agusta, inmortalizada en las letras de cantautores de la música popular brasileña como Tom Zé, Raul Seixas y Juca Chaves, es una calle a la vez prostituta y señorita fina. A un costado, la Augusta es un lugar underground, recinto privilegiado de intelectuales y militantes de la izquierda y albergue histórico de sitios de prostitución, pero basta pasar la calle para ver aparecer imponentes clubes nocturnos, una de las librerías más emblemáticas de la ciudad, ‘Cultura’, con más de tres millones de títulos y un compendio de pequeñas boutiques en donde se muestra esa fuertísima industria textilera y de diseño que también ha impulsado la economía de este país.
Como la mayoría de las grandes ciudades, São Paulo contrasta sus altos edificios, y su sobrepoblación de carros, con unos amplios parques que airean la ciudad. En el parque Ibirapuera, uno de los más grandes, todos los fines de semana del verano hay conciertos al aire libre que imitan el Summer Stage en Nueva York. Ahí los turistas podrán ver esa amplísima mezcla racial que habita en São Paulo, en donde conviven mujeres de ojos completamente rasgados, que delatan su origen japonés pero hablan el portugués más fluido, hasta rubias que en sus narices y sus apellidos revelan sus proveniencias alemanas, pero que contonean las caderas con el vaivén de las morenas. El baile es sin duda esa gran experiencia que define al brasilero, el paulista a pesar de su fama de cosmopolita no es la excepción.
A los habitantes de São Paulo les gusta besar, les gusta el lujo y bailar y quien quiera deleitarse con la forma excelsa como estas dinámicas habitan la ciudad no tiene más que buscar toparse con uno de esos bares escondidos que se posan sobre Vila Madelena como Ó do Borogodó (rua Horácio Lane) o Traço da União (Cláudio Soares), en donde los ciudadanos destapan todos sus secretos.
Aerolíneas y frecuencias
Los vuelos São Paulo – Bogotá los cubren aerolíneas como Avianca, Lan, Taca y TAM. Es posible que encuentren más disponibilidad haciendo escala en Lima.
Gastronomía
Encontrará una gastronomía variada que goza de muy buenos cortes de carne. Los paulistas incluso se ufanan de tener mejores cortes que los argentinos. Son muy comunes los fríjoles y diferentes productos que salen de ellos, como el tradicional acarajé, un amasijo hecho de fríjol al que se le pone un puré de camarón encima.
Licores
La caipiriña es el trago oficial, hecho a base de cachaza. Este delicioso coctel es preparado con variedades de frutas como fresa, limón y maracuyá.
Hoteles
Hotel Tryp Paulista: 400 reales la noche. Hostal Fórmula 1, es una cadena de hostales que tiene habitaciones por toda la ciudad, costo 70 reales.
Compras
La calle Oscar Freire es el lugar ideal para una tarde de compras. No sólo porque aglutina tiendas de lujo, sino porque entre sus vitrinas se pueden ver los mejores exponentes de la moda brasileña.
Cultura y entretenimiento
Una de las recomendaciones que siempre hacen los paulista es sacar tiempo para visitar el Museo de la Lengua Portuguesa, un museo interactivo sobre el idioma portugués, ubicado en un histórico edificio que fue una vieja estación de tren.