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Cali. Finales de los años 60. Treinta grados. Quizás más. El salón de clases del Liceo Francés está lleno y, mientras algunos estudiantes sudan, la profesora se dedica a explicar el movimiento de rotación y translación del planeta Tierra sacudiendo la cabeza de una niña. “Creo que nunca hubiera hecho eso con un chico, menos con uno blanco o blanco-mestizo como mis compañeros. Era más fácil hacerlo con la única niña negra del salón”.
Mara Viveros recuerda aquel momento desde Francia, donde por estos días visita a su hija en vacaciones. Es economista de la Universidad Nacional de Colombia, doctora en Antropología de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, magíster en Estudios Latinoamericanos del Institut des Hautes Etudes sur L’Amérique Latine (IHEAL), cofundadora y directora de la Escuela de Estudios de Género de la Universidad Nacional. Es madre, maestra, investigadora, académica y feminista.
El deseo de dedicar su vida a la docencia y a la investigación académica sobre género, desigualdad social, nuevas masculinidades e intersecciones de género, sexualidad, clase, etnia y raza empezó a gestarse desde niña, movida por experiencias como la de aquella profesora en el colegio. “Esos recuerdos te marcan, tanto el racismo como el sexismo que se viven en la infancia. Creo que esa conciencia de haber sido ignorada por ser una niña, de haber tenido que alzar la voz para hacerme escuchar, de haber sido una niña ‘diferente’ a mis compañeros, todo eso me trajo hasta aquí”.
Pero el rumbo que tomaría su vida también estuvo influenciado por su papá, que se dedicó a luchar contra la discriminación racial en el país, y por su mamá, que impulsó las luchas feministas, los derechos cívicos de las mujeres y la búsqueda de lo que hoy, muchos años después, entendemos como equidad de género. “Mi situación era bastante excepcional. Nací en una familia en la que lo político y lo colectivo era importante, con padres que estaban interesados en el mundo público y, al final, yo terminé por recoger todas esas luchas”, dice sonriendo.
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Mara asegura que crecer en su familia le permitió ser reflexiva y empezar a cuestionarse cosas. “Desde muy temprano, tuve clarísima conciencia de que no era solamente una niña a secas. Era una niña negra. Era diferente a mis compañeras de colegio; había juegos de los que me sentía un poco excluida, cuando jugaban con modas que implicaban tener el pelo liso, por ejemplo. A veces no encajaba, no había otras niñas negras donde estudié ni en el barrio en el que viví y eso hizo que sintiera que mi experiencia era bastante solitaria. Pero también fue lo que hizo que me la pasara pensando todo el tiempo”, recuerda.
Al graduarse del Liceo Francés en Cali, Mara se fue a estudiar Economía a la Universidad Nacional en Bogotá. Recuerda llegar y ver a los jóvenes sentados sobre el pasto, hablando sobre corrientes de izquierda, las primeras luchas feministas en Colombia, los conciertos en el Auditorio León de Greiff y las bromas de su familia sobre los paros en la universidad pública, cuando le decían que ella no hacía una “carrera”, sino una “caminata”. “En Bogotá se me abrió el mundo y luego, cuando me mudé a Francia a estudiar Antropología, llevé todo eso como equipaje, las huellas de lo que había vivido de manera intensa en la Universidad Nacional”.
Su llegada a París implicó que el equipaje se acrecentara. Allí, Mara empezó a interactuar con migrantes de excolonias francesas y a hablar sobre africanismo; conoció a antropólogos interesados en el tema desde otras perspectivas; y conversó con mujeres feministas de diferentes partes del mundo que también se estaban planteando el tema del racismo. Por eso, de sus estudios sobre género empezaron a emerger otros temas: las diferencias en las formas de relacionarse con el cuerpo, las representaciones sociales de la salud y la enfermedad, los hombres, las nuevas masculinidades y la interseccionalidad.
Sin embargo, más allá de los aportes que le han dejado al país sus investigaciones, Mara abraza con igual entusiasmo uno que no está escrito sobre el papel: “Mi aporte como maestra”. Dice que no cree en la investigación en solitario y que la docencia no puede hacerse en una sola vía. “La enseñanza es una receta compartida y disfruto pensar en conversación con personas que me están estimulando y retando todo el tiempo a construir otros mundos posibles”.
Una de las alumnas más importantes de Mara ―si no la más― es su hija Anaïs, a quien le enseñó todo lo que fue aprendiendo en el camino con el propósito de que fuera libre y feliz. “Mi mamá es diferente a las otras madres. Es una mujer que siempre me ha inculcado la libertad”, dice Anaïs Lulle Viveros, de 30 años, desde su casa en Francia. “Mi mamá también ha buscado siempre su libertad. Nunca dejó de trabajar por lo que quería. Sabía que ser mamá era una decisión que no implicaba abandonar sus sueños”.
Anaïs describe a Mara como una mujer sonriente, cuya alegría no se deja aminorar nunca por el carácter fuerte que la caracteriza. “Es sensible al mundo artístico, amante de las plantas y le gusta mucho bailar. Le gusta conocer, viajar, leer, pero todo desde la posición de conocer nuevas personas, descubrir cosas, encontrar nuevas maneras de pensar”. Por su parte, Mara se describe a sí misma como una persona sentipensante: “Intento no separar sentimientos de pensamientos. Me parece importante que el espacio emocional sea también un espacio de producción de conocimiento”.
En diciembre, y junto con la activista, feminista y lideresa Florence Thomas, Mara Viveros fue condecorada por el Estado colombiano con la Orden Nacional del Mérito por su “contribución a la reivindicación y la garantía de los derechos de las mujeres en sus diversidades”. Esta fue la primera vez en la historia de Colombia que se condecoró a dos mujeres por su aporte a la equidad de género en el país. Mara recibió la condecoración como “un respaldo para el campo de los estudios feministas y de género”, pero cree que todavía quedan retos por afrontar.
“Felizmente, me quedan un montón de sueños por cumplir. Soy una persona con muchas expectativas y deseos de aprender. Me parece que hoy hay muchos retos que afrontar y que tienen que ver con los tiempos que van cambiando”, dice Mara, intentando explicar con ilusión todas las investigaciones que aún le quedan por hacer. Dice que en medio de sus largas jornadas —que empiezan a las cinco y media de la mañana y terminan a la media noche—, en las que investiga, dicta clases, dirige la Escuela de Estudios de Género y trata de “preservar algunos islotes de tranquilidad”, le gustaría encontrar espacios menos fugaces para hacer las otras cosas que ama.
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“Las cosas que más disfruto requieren tiempo, que es de lo que menos dispongo. ¿Me preguntas qué quiero tener? Quiero un poco más de tiempo tranquilo”, asegura. Pese al esfuerzo que supone hacer todo lo que hace, Mara dice estar orgullosa de ayudar a construir desde la Escuela de Estudios de Género un proyecto académico alternativo que “aporte al ideario feminista de que lo personal es político, de que el feminismo también es un proyecto ético y de que habla en el lenguaje del cuidado de les otres”.
Anaïs, su hija, se despide desde Francia por teléfono diciendo que su madre es un motivo de orgullo para ella “porque a pesar de las dificultades que ha tenido —raciales, económicas y hasta por ser una mujer afrodescendiente dentro del mundo académico— siempre ha logrado ir más allá de lo que se espera de ella”, dice con gratitud y algo de nostalgia. “Ha tenido que enfrentar muchos retos, no ha sido fácil, pero hoy es posible darse cuenta de que Mara Viveros es una persona muy importante para la universidad pública, para el feminismo, para los estudios raciales y para el mundo académico”.
En otra llamada, y varios días antes, Mara también habla sobre el orgullo con los ojos chiquitos de la alegría. Pero no se refiere a sí misma, sino a la estela de cambio que ha ido dejando por donde ha pasado cargando sus sueños y el anhelo de un mejor futuro para las mujeres. “Nuestro mayor orgullo es haber formado a las generaciones que están intentando construir un país diferente”.