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El jurista Antonio Garrigues Walker, presidente de Garrigues Abogados, un imponente bufete con más de 2.100 juristas, reconocido como el más grande de Europa continental, es muy cercano a las familias demócratas de los Kennedy y los Clinton en Estados Unidos. Un hombre influyente que en su paso por Colombia habló con El Espectador sobre los retos que enfrentan las sociedades y el gran papel que tiene la ética, como una verdadera fuente de felicidad, en esos asuntos.
¿La corrupción es un elemento que tiene al mundo en jaque?
El mundo está corrupto. Rusia es un país corrupto. China está entrando en un proceso de corrupción tremendo. Latinoamérica en su conjunto está viviendo una corrupción escandalosa. Un país como Haití podría ser muy próspero, pero está dominado por la corrupción. El 1% de la población es la que se queda con todo el dinero que entra y que sale. Lo que quiero transmitir es que la corrupción sólo favorece a los ricos. La corrupción debilita al poder económico, a los pobres y a la clase media. Yo creo que si Latinoamérica redujera sus niveles de corrupción, el salto económico sería espectacular. La ciudadanía debería entender que la corrupción es una leucemia auténtica del sistema económico.
¿Qué piensa de los nuevos instrumentos de comunicación con respecto a esa conciencia ética y ciudadana?
En el mundo árabe, por ejemplo, el mundo de la internet está generando nuevas mecánicas de relación ciudadana. En esos países lo que se ha puesto en marcha es un deseo auténtico de un nuevo destino político. Como también creo que en algunos países desarrollados la ciudadanía va a poner en cuestión las democracias corruptas y van a exigir democracias reales. Este siglo que estamos viviendo tiene que ser el siglo de la solidaridad. Tolerar la corrupción o la pobreza es inadmisible. El índice de percepción de la corrupción en 2010 de Transparencia Internacional es preocupante, porque el mundo está corrupto. Colombia está en el puesto 78 de esa lista, un puesto malo, para qué nos vamos a engañar. Pero está mejor que otros países de Latinoamérica.
Sin embargo, la percepción colombiana es que en el país hay mucha corrupción. Incluso la semana pasada, en plena audiencia de la Corte Suprema de Justicia, se vio el insólito caso de un prestante abogado que fue apresado por intentar sobornar a un testigo.
Sí, fue un espectáculo como de Hollywood. Pero en el oficio siempre ha habido abogados buenos y abogados malos que favorecen a los delincuentes. Contra ese tipo de abogados habrá que luchar, los colegios de abogados, el sistema de justicia y la sociedad tendrán que luchar. Por eso es necesaria la regeneración ética de la que tanto hablo.
¿Tiene la ética alguna relación con la felicidad?
Claro, la gente debe entender que la ética tiene que ver con la felicidad personal. Una persona que siente que está haciendo las cosas mal, no es feliz. Además, todos los corruptos caen, no digo que no haya alguno que no se escape, lo cual me da un asco horroroso. Ser ético es un buen camino, no es el camino del sacrificio.
En Colombia los niveles de impunidad son muy altos. ¿Cómo ve usted ese tema?
En efecto, los fenómenos delictivos sólo pueden corregirse si no hay impunidad. Si la sensación general es que uno puede hacer lo que quiera y no le pasa nada, es muy grave. La impunidad es uno de los dramas más grandes, porque pone en cuestión la vida jurídica, da un mensaje errado.
En una sociedad en conflicto como la nuestra se vive una discusión permanente sobre los alcances del debido proceso. ¿Cuál es el punto de equilibrio entre el derecho de defensa y la necesidad de la sociedad de castigar a los victimarios?
El equilibrio entre el garantismo jurídico y la protección de la sociedad es un anhelo universal y a la vez un tema muy complejo. Debe haber controles de posibles abusos.
Hoy en Colombia se estructura la aplicación de un modelo de justicia transicional llamado Justicia y Paz, cómo hacer para que un modelo de esta naturaleza pueda adecuarse a una sociedad que necesita superar la violencia.
Para lograr llegar a ese equilibrio es necesario que esos procesos se hagan con funcionarios honestos, que aporten sensatez, vigor y fuerza.
¿Cree positiva la intervención del juez español Baltasar Garzón como asesor del gobierno colombiano en materia de derechos humanos, como se ha venido rumorando?
Yo lo veo muy positivo. Baltasar Garzón conoce muy bien el problema colombiano; el tema indígena, el de restitución de tierras, por ejemplo. Él, como sabes, tiene problemas en España y yo espero que los supere. Y que puede aportar buenas ideas en el tema colombiano, no cabe duda.
Hablando de institucionalidad, ¿cómo ve a Colombia hoy?
Lo que me está encantando es que Colombia está pasando por una época en que la relación entre los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, ha mejorado sustancialmente. Igual está pasando con la política exterior, una relación constructiva que busca consensos entre antagonismos.
Desde los tiempos de Simón Bolívar se ha dicho que Colombia es un país de abogados, pero en general existe una mala percepción sobre su oficio, ¿cuál debe ser el norte ético de un abogado en la sociedad de hoy?
Los abogados nunca han tenido al igual que los políticos una valoración muy grande en el país. Pero en Colombia hay una calidad jurídica estupenda y no lo digo como elogio fácil. Lo que es verdad es que el abogado tiene que explicar su papel en la sociedad.
Usted es un humanista, que pinta y escribe teatro, ¿cuáles son los postulados del humanismo que se pueden aplicar al derecho en los tiempos actuales?
Una educación ética profunda y exigente. Tenemos que tener un pensamiento más global. No podemos encerrarnos en nuestras fronteras. En la Universidad de Navarra estamos trabajando en los postulados de un derecho global.