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“Aprendimos a verlos a la cara y perdimos el miedo”

Las Madres de la Candelaria visitaron a desmovilizados recluidos en la cárcel de máxima seguridad de Itagüí, esperando recibir información sobre el paradero de sus hijos.

Dolores Henao y Teresita Gaviria con las fotos de algunos de los 1.176 desaparecidos registrados en la asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria.  / Luis Benavides
Dolores Henao y Teresita Gaviria con las fotos de algunos de los 1.176 desaparecidos registrados en la asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria. / Luis Benavides

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Un viernes de 1999 Teresita Gaviria y otras mamás a las que el conflicto armado les desapareció sus hijos se reunieron en el atrio de la iglesia de la Candelaria, en pleno parque Berrío de Medellín, en el corazón de la capital paisa, a gritarle al mundo que necesitaban respuestas, que necesitaban saber dónde estaban sus hijos, estuvieran vivos o muertos. Tal como lo hicieron las madres de la plaza de Mayo en Argentina, estas mujeres se asociaron y desde entonces se reúnen cada viernes a las dos de la tarde para repetir un mantra durante media hora: “Los queremos vivos, libres y en paz”. Doña Teresita se convirtió en la líder del grupo que hoy tiene más de 800 miembros, entre mamás, papás, hermanos e hijos de víctimas de desaparición forzada. El registro de la asociación suma 1.176 desaparecidos.

En 2007 doña Teresita entró por primera vez a la cárcel de Bellavista. Cuando salió, tenía información sobre la ubicación de los cuerpos de siete desaparecidos, todos hijos de mujeres vinculadas a la asociación Caminos de Esperanza Madres de la Candelaria. Entendió que ir a la cárcel y encontrarse cara a cara con los victimarios era más efectivo para saber la verdad que esperar las confesiones de los desmovilizados en las audiencias de versión libre.

Para doña Teresita, hasta ese día la asociación era un espacio que les permitía apoyar, orientar y explicar a las madres cómo podían buscar a sus hijos perdidos. Sin embargo, y también desafortunadamente, era un espacio en el que de alguna manera se alimentaba el odio hacia los responsables de los hechos que las habían convertido en víctimas. “Estábamos somatizando todo esto y las mujeres se estaban muriendo de cáncer de mama, de cáncer de útero. Yo supe que no podíamos seguir sembrando rencores. Nos habíamos convertido en unas profesionales del dolor”.

Por eso cuando la visita a Bellavista significó encontrar a siete hijos de las Madres de la Candelaria, decidieron hacerlo con más frecuencia. El resultado, más que encontrar a sus hijos desaparecidos, fue descubrir que los desmovilizados podían llegar a ser parte de sus vidas, como amigos, como miembros de sus familias.

En la cárcel de máxima seguridad de Itagüí, doña Teresita conoció a Rodrigo Pérez Alzate, alias Julián Bolívar. Cuando en el primer encuentro que tuvieron él le ofreció que almorzaran juntos, ella pensó que la podían envenenar, pero simplemente decidió confiar. Desde entonces los visitan con frecuencia en la cárcel; son las madrinas de quienes podrían ser los responsables de su desgracia. Les llevan fotos de sus hijos y de los hijos de sus compañeras, unas 40 o 50 fotos en cada visita, para ayudarles a hacer memoria y que puedan decir dónde los enterraron o a qué río los tiraron. En el tiempo que pudieron ingresar a Bellavista, las Madres de la Candelaria conocieron el paradero de 48 desaparecidos. En la cárcel de máxima seguridad llevan 190. De todos ellos han podido rescatar 112 cuerpos, los demás están pendientes del proceso de exhumación.

Cristian Camilo Quiroz tenía 15 años cuando desapareció. Viajaba de Medellín a Bogotá. La última vez que alguien lo vio estaba en Doradal. Su mamá, Teresita Gaviria, supo que los responsables de su desaparición habían sido miembros del bloque del Magdalena Medio. En una diligencia judicial, uno de los hombres de Ramón Isaza le dijo que lo habían desmembrado y tirado al Magdalena. “Creí que ese día me iba a morir y dije: ‘Yo a ese maldito viejo lo voy a mandar a matar’. Cuando me paré en frente de él ni sabía por qué lo estaba insultando. Cuando salí, cogí la foto de mi hijo y miré al cielo pidiéndole a Dios que me diera mucha fortaleza. Al ratico me devolví y le pedí perdón. Pensé que si yo era toda una lideresa, cómo iba a tratar a ese señor así”.

El trabajo entre las Madres de la Candelaria y los desmovilizados en la cárcel ha trascendido. Ellas creen en la sinceridad del perdón que ellos les suplican. Una de las experiencias más emblemáticas de la relación que están tejiendo se ve en que algunas de estas mujeres decidieron adoptar de una forma simbólica a los presos.

Es el caso de Dolores Henao, a quien le asesinaron dos hijos y desaparecieron a otro. En junio de 1990 mataron en Medellín a Henry de Jesús Montoya Londoño, que tenía 23 años. A Óscar Darío lo mataron en el año 2000 y Rodrigo desapareció en el trayecto hasta Bogotá. Iba a buscar trabajo en la capital, pero su familia nunca supo si alcanzó a llegar.

Ahora tiene tres ahijados en la cárcel de máxima seguridad. Los bautizó con los nombres de sus hijos. A uno que se llama Óscar lo llama igual en honor a su hijo. Al que le dicen el Ruso lo llama Henry y a Jimmy le puso Rodrigo. Doña Dolores, que tiene 70 años, está haciendo un diplomado en salud mental con víctimas en la Universidad San Buenaventura. Dice que lo que aprende le sirve para ayudar a otras víctimas y que ahora es capaz de poner la cara, que ya botó el miedo. “Tenemos la fe de que el perdón que ellos están pidiendo es de todo corazón”.

Amparo Gutiérrez llegó a Medellín en 2008, desplazada de Puerto Valdivia. A su hijo lo habían desaparecido 12 años atrás, cuando todavía era menor de edad. En el pueblo siempre hubo presencia de guerrilla. El día que llegaron los paramilitares se llevaron a Argiro de Jesús en una camioneta y nunca lo volvió a ver. Supo que había sido el bloque Mineros de Cuco Vanoy. El año pasado estuvo en la cárcel y escuchó que había llegado alias la Zorra, de quien no sabe el nombre pero que fue muy famoso en el Bajo Cauca. Ella sabía que probablemente estaba relacionado con la desaparición de su hijo. Pidió que lo llamaran. “Eso fue como cuando la electricidad lo coge a uno. Yo le iba a dar la mano, pero algo me decía que él era el asesino de mi hijo. Con él no me volví a ver, pero con los otros ya somos amigos. El primer día que fui los abrazaba, pero me repugnaban; la segunda vez me causaron ternura, y ahora ya los quiero mucho. Cuando empecé era como uno de esos conejitos muertos de miedo. Ahora soy capaz de verlos a la cara y de confiar en que pueden ser buenas personas”.

»Julián Bolívar aboga por el perdón»

En entrevista con este diario, Julián Bolívar, uno de los máximos comandantes del extinto bloque Central Bolívar de las autodefensas, contó que sus acercamientos con las madres de La Candelaria “han sido absolutamente enriquecedores y liberadores; nos han ayudado, incluso a perdonarnos a nosotros mismos”. Además, explicó que “cuando se está frente a la víctima y se tiene la posibilidad de apreciar de manera directa el daño que se le hizo, uno sabe que jamás puede volver a hacer cosas como esas y se compromete con la paz y la reconciliación”. Finalmente, abogó porque los encuentros entre víctimas y victimarios salgan de los estrados judiciales y no se circunscriban exclusivamente a los compromisos que los postulados han adquirido en Justicia y Paz.

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