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Los vecinos del barrio Galerías, específicamente los que frecuentaban o trabajaban en la calle 53c con 22ª, quedaron sorprendidos la semana pasado cuando el CTI allanó un local en el que, hasta donde tenían entendido, funcionaba un restaurante. De este sitio sabían pocas cosas: que el almuerzo era a 5.500 pesos; que tenía vigilancia 24 horas; que en el segundo piso había computadores para ofrecer el servicio de internet; y que su nombre era Buggly.
En ese local, ubicado entre una galería de arte y una clínica odontológica, también operaba al parecer un comando del Ejército que se dedicaba a realizar interceptaciones ilegales. Hasta allá llegó la Fiscalía, según se ha dicho, por informaciones de un vecino de la zona que notó movimientos extraños. En el allanamiento realizado por el CTI se encontraron 26 computadores que estaban en la parte superior de la fachada y que servían para prestar diferentes servicios cibernéticos. Asimismo, las autoridades hallaron una puerta falsa que escondía 10 equipos más.
Las personas del barrio volvieron a asombrarse este lunes tras ver a todos los medios de comunicación al frente del local de ‘corrientazos’, ya que no se esperaban que en su interior, como lo señaló Semana.com, funcionara una central de inteligencia y no un restaurante que se dedicaba a vender almuerzos.
Uno de los vecinos que conversó con El Espectador recordó que le llamó la atención que Buggly siempre estuviera custodiado por dos guardias. Sin embargo, aseguró que no preguntó detalles porque asumió que se debía a los computadores del segundo piso.
Tal vez este hombre, que entró al local en un par de ocasiones para almorzar, no reparó en el letrero que decía “por su seguridad y la nuestra está siendo monitoreado por un circuito cerrado de TV” ni en el aviso siguiente en donde se establecía que “por su seguridad todo bolso o paquete debe ser revisado”. Bastantes medidas de seguridad para un lugar que se autodenominaba “Etical Hacking Community” (Comunidad Hacking Ética), que era café internet, restaurante y una especie de bar en las noches. Y al que, según coincidieron los vecinos entrevistados, acudían muy pocas personas, por lo que nunca estaba lleno. Ni siquiera en la noche cuando expendían licor.
La comida, al parecer, tampoco era el fuerte del local. Varios hombres aseguraron que no era muy rica y uno de ellos explicó que no le gustaba ir “porque los almuerzos eran muy regulares, baratos, pero no tan buenos”. De hecho, el mayor recuerdo que los vecinos tienen del lugar es que era excesivamente económico, al punto de que sólo aceptaban efectivo a la hora de pagar. Las cámaras de seguridad vigilaban todo el sitio. En las fotos tomadas por este diario se logra apreciar que en su interior había más de tres cámaras y en la entrada otra, algo poco usual para un restaurante que no vendía más que platos básicos como espaguetis, costillitas, bagre, pechuga, sopa de cuchuco, lomo, hígado y res.
Precisamente, el señor que cuida los carros en la calle, le dijo a este diario que en su cabeza siempre rondaba una pregunta: “¿cómo hacían los dueños para mantener el local si regalaban los almuerzos a 5.000 pesos?”. “Eso sí se me hacía raro, de resto no, nada… como cualquier restaurante”, concluyó.
De quienes trabajaban en este local, el cuidador de carros sólo recuerda a un cocinero a quien le decían ‘Kike’. Sin embargo, después de haber estado dos semanas hospitalizado por una celulitis, el hombre jamás volvió a saber de ‘Kike’. “Cuando yo volví eso cambiaron a todo el mundo y el cocinero de ahorita no sé ni quién es”, explicó este señor. Agregó que con los dueños nunca se encontró ni sabía sus nombres.
Una de las particularices del restaurante, y con la que, al parecer, intentaban darle mayor legalidad a su fachada era un formulario del Registro Único Tributario de la Dian. En éste, aparece el nombre de Juan Carlos Mejía Durán un hombre que al parecer nació en San Gil, Santander.
El segundo piso es para la mayoría de vecinos un misterio, pues pocos frecuentaron el lugar y los que lo hicieron no subieron. Eso sí, veían que quienes pasaban bastante tiempo allí eran personas jóvenes y que en algunas ocasiones realizaban eventos, como torneos de videojuegos.
“Lo que sí le puedo decir es que allá subían los sardinos que les gustan esos juegos de video, esas cosas de controles. Un día hicieron un evento de eso y llegaron personas disfrazadas. Eso fue lo más lleno que ha estado ese sitio”, afirmó el señor que se encarga de vigilar los carros parqueados. En efecto, en una de las pancartas que aún están en Buggly se ofrecen torneos y entrenamientos diarios; venta de consolas, accesorios y videojuegos; reparación de consolas, actualizaciones e instalación de chips; cursos y capacitaciones –no se específica en qué– y creación de videojuegos.
Sin embargo, este servicio no tuvo mayor éxito que el del restaurante y el bar. Según recuerdan los vecinos a él acudían pocas personas. “Siempre eran como cinco o seis jóvenes, pero creo que no eran los mismos todos los días”, contó una vecina que trabaja en esa misma calle. Otro hombre, que desde su local alcanza a divisar la fachada de Buggly, relató que también ofrecían clases para diversos softwares de manera gratuita, “pero que eso sólo duró como dos meses porque nadie iba”.
Cuando el CTI allanó Buggly la semana pasada a eso del medio día, la primera hipótesis que manejaron quienes vieron la operación es que “ahí se había muerto alguien, pero nada, eso se llevaron todos los computadores y ahí sí creímos que había algo raro, antes no”. Las personas de la zona no recuerdan presencia militar, ni carros extraños, ni “que ahí recibieran a gente importante”. Sólo que en ese local se vendían almuerzos a un bajo precio.
Tampoco recuerdan con exactitud la fecha en que el restaurante, bar y café internet se instaló en la calle de Galerías. Los cálculos de los vecinos oscilan entre los tres años y los seis meses. Lo que sí tienen claro es que su instalación no se demoró mucho tiempo y empezó a funcionar rápidamente. Hoy, Buggly está desierto con sillas y mesas arrumadas en su interior, pero aún permanece un guardia en su interior custodiando el local.