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Cuando ‘Judas’ era niño

En Ubaté, Cundinamarca, nació el hombre que llegó a ser considerado un Rey Midas moderno. Allí todavía viven algunos de sus tíos paternos, quienes, irónicamente, perdieron millones y millones en DMG.

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La muerte del padre de David Murcia —Jorge Murcia— fue tan repentina, tan fugaz, que apenas sus hermanos alcanzan a reconstruir, a retazos, cómo fue ese episodio fatal. Sucedió un sábado. Un accidente en el trabajo le dejó una herida en una mano. Con los días ésta se agravó y se convirtió en una gangrena mortal. En ese tiempo la familia Murcia Guzmán vivía en Bogotá. David tenía unos seis o siete años. Era el segundo de seis hermanos. La viuda, María Amparo Guzmán, en medio de tanta pobreza y de tantos hijos, no encontró más remedio que volver a Ubaté —donde David había nacido el 29 de julio de 1980— y repartir entre sus cuñados a los hombrecitos de la familia. Los dejó allí y se fue a buscar fortuna nadie sabe a dónde, sólo con las hijas, y no se volvió a saber de ella en mucho tiempo.

El tío Benedicto

David llegó a la casa del tío Benedicto. En pocos días comenzarían a llamarlo Judas, por travieso, por desobediente, “por inquieto el vergajo”, dice el tío sentado en el comedor de la misma casa donde transcurrieron esos días de los años 86, 87, 88… El señor Benedicto, a sus 75 años, no conserva en su memoria las minucias de la vida de su sobrino. “Yo voy a ser rico, tío, voy a tener mucha plata”, le decía el niño flaco y moreno, empinándose lo que sus pies le permitían. “Voy a ser rico, voy a ser rico”, le dijo tantas veces que don Benedicto, eso sí, lo recuerda con claridad. Dicen también los que lo conocieron en esos años de infancia, que Murcia era muy inteligente, más que cualquier niño de seis o siete años, y los que jugaban con él aseguran que siempre quería ganar.

El señor Murcia no sabe cuánto tiempo estuvo su sobrino en esa casa que hoy luce vieja y desordenada. Pudieron ser meses o años. Dormían todos en una habitación estrecha que tenía dos camas, las mismas que siguen enclaustradas en ese cuarto oscuro. En un solo catre se acomodaban hasta cinco niños, entre ellos David. “Él venía de entrada por salida —cuenta el tío—, se le daba alimento y ya. A veces pasaban días completos sin que viniera”. Hasta que un día no volvió. “Se perdieron, no volvimos a saber de ellos. ‘¿Qué será de la vida de Amparo y los hijos?’, nos preguntábamos”.

Muchos años después, luego de casi dos décadas, volvió David. “Tío, venga y me regala una foto, para tener recuerdos de la familia”, le dijo, y don Benedicto, quien no es amante de las fotografías, posó junto a su sobrino. Eran tiempos de fiesta en Ubaté. Esa fue la última vez que lo vio en persona. Luego don Benedicto se enteraría de que las palabras del niño moreno y flaco, “tío, voy a ser rico”, se hicieron realidad. “Su sobrino es el dueño de DMG”, le diría alguien. Y el viejo, que ya estaba cansado de trabajar, sin pensarlo dos veces, vendió las pocas vacas que le quedaban, y que eran su única fortuna, y esa platica la invirtió en la empresa de David Murcia: $24 millones que se quedarían en una tarjeta, porque el imperio de Judas se derrumbó en una semana.

La tía Rosmeri

Mientras don Benedicto renegaba porque David unas veces llegaba y otras no, porque no sabía dónde diablos se había metido Judas, el niño estaba en la casa de la tía Rosmeri. Allá también vivió un tiempo. ¿Cuánto? La señora tampoco lo recuerda.

“David se levantó de la nada. Cuando vivía en Ubaté trabajaba lavando las cantinas lecheras. Una vez don Benedicto le pegó una muenda durísima y él llegó aquí llorando. Entonces le puse una sudadera azul de mi hija y lo dejé viviendo con nosotros un tiempo”, cuenta la señora desde el mostrador de su tienda, la misma que conserva hace años.

Luego el niño desapareció y de los años que siguieron la señora Rosmeri no tuvo noticias. Ni de la vida de su sobrino en Cúcuta, ni en Santa Marta, ni en Pitalito (Huila), ni en La Hormiga (Putumayo). Los siguientes años de la vida de David fueron un misterio para ella y para la familia Murcia. Hace dos años, durante las callejas, como son llamadas las fiestas de Ubaté, David Murcia estuvo en su pueblo y pagó el valor total de las celebraciones. “Él llegó aquí, a la tienda, me dio un abrazo y me dijo: ‘usted me vistió a mí con la ropa de su hija. Tenemos que hacer algo por Ubaté y tranquila que yo la voy a tener en cuenta’”. Para ese entonces Murcia ya había creado DMG. Todavía no estaba en el radar de las autoridades, pero ya poseía millones y millones. Luego de las fiestas, David volvió a desaparecer.

Doña Rosmeri sabría de él nuevamente meses después, cuando Judas, su sobrino, apareció en todos los medios como la versión moderna del Rey Midas. Su esposo, Carlos Asencio Murcia, también dejó sus ahorros en DMG y el monto está inscrito en una tarjeta prepago que él todavía conserva. La última imagen que la señora Rosmeri recuerda de David Murcia sucedió apenas el jueves pasado. “Traían a David, desde Panamá, amarrado como a un perro, con cadenas en los pies ¡Qué humillación! ¿Qué hubiera hecho el Presidente si al que hubieran traído así fuera Jerónimo? Uribe se tiró la reelección porque millones, como yo, no vamos a votar por él”, dice doña Rosmeri, disimulando las lágrimas con sus manos. Y otras señoras, que no tienen el apellido ni Murcia ni Guzmán, que están en la tienda tomándose un tinto, también se secan las lágrimas.

El lamento de un pueblo

Desde hace una semana, en la tienda de doña Rosmeri Pachón, tía política de David Murcia Guzmán, se reúnen a diario decenas y decenas de personas que se lamentan por la caída de DMG. “Estamos dolidos porque David no se robó ni un solo peso. Al menos el Gobierno debería dejar que devolviera la plata; él sí nos entregaría lo que nos corresponde”, dice doña Ana Ángel, quien tiene una tarjeta por un valor de $2 millones, que no piensa entregar.

Apenas hace dos meses se abrió una oficina de DMG en Ubaté, pero casi todo el pueblo había invertido en la sede de Bogotá. La semana pasada el cierre de esta oficina y la captura de David Murcia enlutó a Ubaté. En las calles sólo se escuchaban los reproches en contra del Gobierno y los lamentos porque al hijo pródigo del pueblo lo trataron “como a un perro”.

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