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El jurista que marcó la pauta

Rodrigo Uprimny ratificó su valía en el mundo del derecho: presentó los recursos que convencieron al Consejo de Estado de anular la elección de los magistrados más mañosos de la rama: Francisco Ricaurte y Pedro Munar.

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Quienes conocieron a Rodrigo Uprimny en sus años de alumno de ciencias jurídicas del Externado, a comienzos de los 80, y lo observan ahora, afirman que no ha cambiado en su esencia. Y esa apreciación es cierta, al menos en dos aspectos: rebeldía e independencia intelectual. Rebeldía que lo impulsó, en su primera decisión política, a liderar una pequeña revolución de estudiantes que le costó, según cuentan testigos de la época, la separación, de hecho, de su alma máter. Independencia intelectual que lo condujo a tomar el camino semiárido de la defensa de los derechos civiles a través del derecho constitucional, en un momento, los 90, en que, aquí, no se tenía claro cómo se adelantaba esa tarea.

Pues bien, aunque esa no fuera una de sus metas ni jamás se lo imaginara en sus pasos de joven inquieto, seguir fiel a ese par de características llevó su nombre al grupo de los personajes destacados de 2014, cuando ya no cuenta con los 20 abriles de la protesta universitaria, sino con sus 55 de vida y bagaje, suficientes para interponer acciones legales con tanta lógica y sustento que impulsaron al paquidérmico Consejo de Estado a revisar, hasta declararla fuera de la ley, la práctica inmoral que ha invadido como cáncer silencioso las altas cortes y que consiste, acto 1, en elegir a los amigos de los magistrados que se retiran para que los reemplacen. Y, acto 2, en que los recién llegados voten por los que acaban de irse para que éstos ocupen los puestos que dejaron vacantes otros miembros de la logia, quienes a su vez irán a un tercer tribunal. Y así, sucesivamente, en una especie de tiovivo perverso que gira y gira con sus sillas fijas y con los mismos togados, turnándose para sentarse en ellas.

Uprimny, todavía con su pinta de hippie irreverente, ahora de melena cana y siempre con su herencia austro-caldense manejando sus raciocinios, presentó los recursos que convencieron a los consejeros de anular la elección de los magistrados más mañosos de la rama: Francisco Ricaurte y Pedro Munar, hasta hace poco, amos de las listas de aspirantes a ingresar a la carrera de juez y magos de las votaciones en todas las corporaciones, especialmente en la Suprema, de donde habían salido para reinar en la judicatura después de estar, cada uno, ocho años en sus salas. Su declaración de insubsistencia fue un milagro. Pero se produjo contra los pronósticos y el revoloteo de las influencias, gracias a la persistencia de Uprimny y de otros juristas que, como él, prefirieron el estudio serio, la investigación, los méritos y la competencia leal, al conformismo del rebaño, el clientelismo y la mediocridad. Sí, Rodrigo Uprimny se destacó como personaje del año por su combativo y a la vez discreto ejercicio profesional.

Con él y por los nuevos tiempos que aún hay que consolidar, son personajes de 2014 los juristas de su línea que compartieron sus demandas en los estrados y en los medios de comunicación. Aquellos que, además, lograron una tercera anulación: la de la elección del cuestionado abogado Alberto Rojas Ríos, que, pese a su pasado, integró durante unos meses el recinto sagrado de la Corte Constitucional.

Paradójicamente esa Corte, la que recibió como si nada a Rojas Ríos, es el tribunal que no ha podido contar con la presencia del director del centro de pensamiento Dejusticia, porque los dueños de la burocracia legislativa y judicial le cerraron el paso. Los asusta con su grado en derecho, su maestría en sociología, su doctorado en economía y su posgrado en resolución de conflictos. Pero, ante todo, con su autonomía. Los asusta tanto como los compañeros de ética y profesión de Uprimny, también excluidos de las salas plenas: Rodolfo Arango, Mauricio García Villegas, Catalina Botero y Juan Jaramillo (q.e.p.d.). Desalojados por ser mucho más competentes que el promedio de togados. Ellos son los magistrados que Colombia se merece. Algún día será.

*Directora de Noticias Uno y columnista de El Espectador
 

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