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El rastro de los hijos ausentes

Familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia dieron un nuevo paso en su brega por la verdad.

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A las cuatro de la tarde del jueves 7 de noviembre de 1985 comenzó para la familia Guarín Cortés la búsqueda de su hija Cristina del Pilar. Cuando tuvo certeza de que la batalla en el Palacio de Justicia había concluido y ella no regresaba a su hogar, José Guarín salió de su casa ubicada en el barrio La Esmeralda en compañía de su hijo René. Parqueó su automóvil Opel en la avenida Jiménez con carrera Octava, y con la ayuda de un oficial de la Fuerza Pública pudo ingresar a la cafetería del Palacio para constatar que todo estaba en perfecto orden.

Los manteles algo movidos y los jugos servidos, pero nada más. Eso sí, se percató del detalle de la caja abierta con un disparo. Entre algunos objetos regados por el piso reconoció el paraguas de su hija. En medio de la incertidumbre, pero con la esperanza de que iba a aparecer en cualquier momento, regresó a su casa. El viernes 8 repitió el itinerario, pero esta vez se fue a Medicina Legal, ahora con sus hijos René y Sebastián. Uno a uno revisaron los cadáveres, muchos de ellos calcinados, pero ningún rastro de Cristina del Pilar.

En ese momento ya era una búsqueda colectiva. Ninguno de los empleados de la cafetería había aparecido y entre todas las familias, sumadas a otras con el mismo drama, rastreaban por batallones, despachos públicos, hospitales o estaciones de Policía. En especial, José Guarín y los suyos compartían angustias con la familia Rodríguez Vera, porque los unía una amistad de 30 años. Desde 1956, cuando Elsa Cortés y Elena Vera trabajaron juntas en la Proveedora Litúrgica. La primera como secretaria y la segunda como auxiliar contable.

Las dos familias eran tan cercanas que cuando Elsa y Elena se casaron con José Cortés y Enrique Rodríguez, sus hijos siempre fueron amigos. Por eso, cuando la esposa de Carlos Rodríguez, hijo de Enrique y Elena, dio a luz a su primera hija, Alejandra, el 1º de octubre de 1985, hubo consenso para que Cristina Guarín, la hija de José y Elsa, la reemplazara en el trabajo. Ella no estaba muy de acuerdo porque su único interés era tramitar una beca para España que se había ganado. Al final aceptó y entró a trabajar en el Palacio de Justicia.

Carlos Rodríguez era el administrador de la cafetería, y qué mejor que su amiga Cristina Guarín le ayudara en la caja mientras su esposa, Cecilia Cabrera, cumplía su dieta materna. Esa paradoja del destino hizo que Carlos y Cristina estuvieran juntos el miércoles 6 de noviembre de 1985, cuando empezó la batalla a muerte entre el M-19 y las Fuerzas Armadas. Cuando quedó claro que ninguno de los dos volvió a su hogar, sus padres fueron los primeros líderes de una incesante búsqueda a la que se sumaron las demás familias.

Desde ese sombrío noviembre fueron uno solo. Pronto encontraron como aliado al abogado penalista Eduardo Umaña Mendoza, y con él trabajaron sin descanso en busca de respuestas. José Guarín, tipógrafo de profesión y alma de poeta, lloraba de vez en cuando, pero su esposa Elsa lo regañaba y le decía que lo correcto era exigirles a las autoridades una explicación. En contraste, su amigo Enrique, recio y con estirpe de juez, levantaba su voz sin prevenciones. Su esposa Elena lo secundaba en silencio. La búsqueda nunca se detuvo.

Pero empezaron a pasar los años sin una mínima respuesta, sin una mano solidaria, solos junto a los demás familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia, aguardando que la justicia o el periodismo fueran capaces de aclarar qué se habían hecho sus hijos Carlos y Cristina. El breve oasis en el camino llegó en 1993, cuando el Tribunal de Cundinamarca reconoció que sí hubo desaparecidos en el Palacio de Justicia y que el responsable fue el Estado, porque ni siquiera la justicia pudo actuar ante el poder de las armas.

“El hombre es delirante con el mando y sé muy bien que esos dos días de noviembre no hubo presidente”, fue el comentario de José Guarín cuando se enteró de la sentencia confirmada por el Consejo de Estado. “Un pedazo del alma se reemplaza y no descansaré un solo día de mi vida hasta esclarecer qué pasó con nuestros hijos”, agregó Enrique Rodríguez. Sin embargo, el tiempo siguió transcurriendo sin respuestas. Poco a poco, una nueva generación los fue reemplazando en una lucha sin tregua, pero con pocas esperanzas.

El 19 de febrero de 2001, asediado por un cáncer, José Guarín falleció. La posta de su brega la tomó su hijo René. La búsqueda de las familias de los desaparecidos no se detuvo y en 2005 lograron su segundo paso. La Fiscalía desempolvó el expendiente y se decidió a aclarar el destino de los doce hombres y mujeres que no regresaron a sus casas después del holocausto. Sólo que la salud de Enrique Rodríguez ya empezaba a flaquear. El 16 de noviembre de 2010 un infarto acabó con su vida. Se fue sin saber de Carlos y Cristina.

Durante su sepelio, fue el último día que Elsa y Helena se vieron. La primera ya tenía 87 años, la segunda 91. Ambas fallecieron un año después sin dejar de preguntar por sus hijos. Pero nadie encontró qué decirles. Sólo que las nuevas generaciones ya emulaban su esfuerzo por la verdad y la justicia. Y ya no estaban solos. La sociedad los acompañaba y la justicia estaba de su lado. José y Elsa murieron aguardando una explicación a tanto silencio, pero su hijo René persiste. A Enrique y a Elena los sucedieron su hijo César y su nieta Alejandra.

Ayer trascendió la noticia de que aparecieron los restos de tres de las desaparecidas. Una de ellas, Cristina Guarín. Entre resignado e inconforme, su hermano René recibió la noticia. Sin embargo, sabe que su lucha no cesa, que ahora su familia exige respuestas con mayor razón. No sólo de lo que sucedió con ella, sino también porque de su amigo Carlos hoy nada se sabe. La misma exigencia de las demás familias que crecieron unidas por el coraje y hoy, más que nunca, entienden que los tiempos del silencio ya quedaron atrás.

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