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Una joven de Guamal (Meta) fue durante 18 años un hombre, por lo menos ante la ley. Esto debido a que, a la hora de ser registrada, el registrador cometió un grave error marcando masculino en el recuadro del sexo, error que, asegura la joven, “mis padres no observaron ni se percataron, pues son personas que no tienen ningún tipo de estudios”. La adolescente no supo del error sino cuando acudió a la Registraduría de Acacías (Meta) a tramitar su cédula de ciudadanía. Un funcionario de esa entidad le dio la particular noticia: no podía tramitarle una cédula, porque en su registro civil de nacimiento aparecía como un hombre.
En abril del año pasado la madre de esta joven envió un derecho de petición a la Registraduría Nacional del Estado Civil para la corrección del referido error. Esa entidad le respondió que debía recurrir a la justicia ordinaria para que se ordenara la corrección del mismo. El problema era que la mujer no tenía con qué pagarle a un abogado para que le ayudara con ese proceso y se enmendara un error que de ninguna forma era culpa suya.
La adolescente le dijo a la justicia que no contaba con los recursos para asumir estos costos. Y agregó que “debido a la falta de mi cédula no he podido conseguir un empleo, ni continuar con mis estudios, y mi señora madre, con quien siempre he vivido, es muy humilde, no cuenta con recursos económicos para asumir los costos de un abogado, vivimos del salario que gana mi madre como empleada del servicio doméstico por días”. Fue por ello que interpuso una tutela para que la Registraduría enmendara el error.
En primera instancia la justicia le dijo que no a las pretensiones de la demanda porque, en su criterio, existían otros mecanismos para corregir el yerro del registro civil de nacimiento. Entonces el caso llegó a la Corte Constitucional. Este alto tribunal le dio la razón a la joven y le ordenó a la Registraduría enmendar el error y darle una cédula a esta mujer. La Corte sostuvo que “la Registraduría tiene el deber de tramitar, expedir, renovar y rectificar, según el caso, la cédula de ciudadanía a toda persona que tenga derecho a tal documento que posibilita el ejercicio de significativos derechos constitucionales y legales” y que, por ello, la negativa de esta entidad “de corregir un dato del registro civil de nacimiento de la demandante conlleva la vulneración a su derecho a la anotación certera de su género, que es femenino”.
Este es apenas uno de esos casos en los que el error de un registrador puede cambiar la vida de una persona. Ha habido casos en los que, incluso, han inspirado cuentos e historias de no creer. Por ejemplo: lo ocurrido con varios miembros de la etnia wayuu que fueron registrados con nombres como Popo, Tigre, Monja, Pescado, Capuchino. Lo ocurrido con ellos fue descrito en un cuento de la escritora Estercilia Simanca Pushaina titulado Manifiesta no saber firmar’y un documental llamado Nacimos el 31 de diciembre.
Coleima Pushaina, la protagonista de este cuento, relata que “toda mi familia hizo una larga fila junto a otras gentes que venían de otras rancherías para recibir una tarjetica plástica que ellos llamaban cédula. Ese día me enteré de que mi tío Tanko Pushaina se llamaba Tarzán Cotes, Dorila se llamaba Espina, Castorila se llamaba Cosita Rica, Anuwachón se llamaba John F. Kennedy, Ashaneish se llamaba Cabeza, Arepuí se llamaba Cazón, Cotiz se llamaba Alka-Seltzer, el primo Rafael Pushaina se llamaba Raspahierro, mi primo Matto se llamaba Bolsillo”.
Esas son las historias de personas que por cuenta de un error de un registrador terminaron celebrando el cumpleaños y el año nuevo un mismo día o de mujeres que por cuenta de un yerro similar fueron hombres durante 18 años, por lo menos ante la ley.