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En el centro del pabellón cuatro de la cárcel El Buen Pastor hay un parque infantil. Todas las puertas de las celdas están pintadas de rosa claro y en ellas cuelgan carteles de Mickey Mouse, Piolín y las princesas de Disney. Ese es el patio en el que las reclusas pueden vivir con sus hijos hasta que ellos tienen tres años. Aunque varias de ellas señalaron que es un lugar seguro, otras le confirmaron a este diario que las condiciones de reclusión no son las mejores para que un niño viva sus primeros años. El consumo de droga, las riñas, las requisas sorpresa a la madrugada y los problemas de higiene y salubridad han prendido las alarmas de una crisis que aún está a la sombra.
“No somos malas madres por tener a nuestros hijos aquí”, dice Margarita, quien se encuentra pagando una condena por homicidio. La mujer relata que durante unos meses tuvo que separarse de su hija, porque según las autoridades representaba un peligro para ella. Sin embargo, no aceptó la decisión y luchó para volver a tenerla. Argumentó que la menor tenía que criarse bajo su figura maternal en sus primeros años de vida. Ganó, y si bien ella y sus compañeras de patio son conscientes de que la cárcel no es el lugar ideal para sus hijos, reclaman sus derechos a tener condiciones dignas de reclusión.
“Se ha demostrado a través de estudios que el hecho de que una mujer haya cometido un delito no la inhabilita en su papel de mamá para permitir que su hijo construya estructuras como el amor, la solidaridad y la felicidad”, señala la pediatra Natalia Lara. La gran mayoría de las mujeres que logran superar el embarazo en prisión, a pesar de las dificultades para acceder a controles prenatales o medicamentos, luchan para que les permitan mantener a sus hijos en prisión, pues en muchos casos los menores han tenido que ser enviados con la familia de la madre, con tutores provisionales o hasta orfanatos.
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Se han presentado casos tan inauditos como el de una mujer que tuvo que elegir, en cuestión de horas, entre sus dos hijos para que solo uno viviera con ella en El Buen Pastor. Se enteró de que tenía gemelos a la hora del parto, pues en los meses de gestación nunca tuvo citas con el ginecólogo ni le realizaron controles prenatales. Finalmente eligió a uno de los bebés para que viviera a diario con ella en el penal. El otro fue enviado con su familia y solo los fines de semana podían estar juntos los tres, pues en la cárcel no había espacio.
El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) asegura que actualmente atiende a 61 niños y 52 madres en ocho centros de reclusión del país. En el caso de Bogotá, en la cárcel El Buen Pastor opera todos los días el jardín El Esplendor y en el momento se presta el servicio a 23 menores de edad. “El espacio fue creado para brindar atención integral a los niños y niñas menores de tres años. También se hace un seguimiento a mujeres gestantes y madres en período de lactancia que se encuentran privadas de la libertad”, explica el ICBF. En 1993 se promulgó la Ley 65, que señala que los menores de tres años hijos de las reclusas tienen derecho a permanecer dentro de la cárcel y tanto el Inpec como el ICBF tienen la responsabilidad de garantizar sus cuidados.
Más allá de la ley que avala la presencia de menores de tres años dentro de las celdas y el deseo de las madres de tener sus hijos cerca, son muchos los problemas que hacen que la situación no sea la mejor. Andrea cuenta que lleva tres meses en El Buen Pastor luego de ser transferida de una cárcel de mujeres, no adscrita al Inpec, desde Yopal. Cuando llegó a Bogotá, su hijo recién nacido tuvo que ser hospitalizado, pues al ser prematuro su estado de salud era delicado. Tras dos semanas de estar en el hospital el bebé falleció. “En los nueve meses de embarazo solo tuve tres controles médicos. Yo sabía que el bebé venía con problemas, pero no tuve la atención médica que necesitaba”, cuenta Andrea.
La doctora Natalia Lara señaló que en el estudio que realizó en 2014 para la Universidad Nacional pudo evidenciar la falta de asistencia médica que viven algunas reclusas: “Encontramos que la mayoría de los niños tenían muy pobre control prenatal. Estamos hablando de menos de cinco controles prenatales, que es lo que por lo menos exige la ley”. Sin embargo, algunas reclusas y voceros del Comité de Presos Políticos aseguran que tanto el ICBF como el Inpec hacen seguimiento especial del estado de salud de los menores y garantizan servicios, como el jardín, que mejoran la calidad de vida de los niños que viven en los penales. “El Esplendor cuenta con un profesional en educación, con un médico o enfermera, un nutricionista, un responsable del servicio y un auxiliar en aula para la unidad de servicio, según la cantidad de niños y niñas atendidos”, señala el ICBF.
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Si bien se han acondicionado espacios en el interior de los centros carcelarios para intentar aislar a los menores de edad de las vivencias cotidianas de una prisión, hay situaciones que ponen en condición de vulnerabilidad sus derechos. “El reglamento del Inpec dice que los menores no están privados de la libertad, entonces no se les debe tratar como tales. Sin embargo, como están dentro del establecimiento viven prácticas que son muy fuertes, como el hecho de que los encierren en las celdas en la noche o que a las mamás les hagan contadas. Las despiertan a las seis de la mañana y tienen que formarse en el patio con los niños”, cuenta Daniela Buriticá, del Comité de Solidaridad con los Presos Políticos.
El drama mayor es cuando los menores cumplen tres años. La ley establece que ya no pueden seguir con sus madres en la cárcel y si no tienen una familia que los acoja deben pasar a manos del ICBF. Margarita cuenta con nostalgia que su hija se irá del reclusorio en unos meses, en cuanto cumpla los tres años. “Quiero sacar a mi hija antes de que ella entienda qué es un dragoneante y que está en una cárcel”, dice. La vida de las madres y los hijos se vuelve monótona. Después de que sus hijos salen al jardín y les dan la comida, ellas esperan a que llegue la tarde para compartir con ellos. Les ayudan a hacer tareas y esperan a que llegue la comida, que muchas veces se sirve a las 6:00 de la tarde. Un problema para muchas, pues sus hijos pasan casi 12 horas sin comer antes de que les sirvan el desayuno.
Dentro de los pasillos de El Buen Pastor se sabe que las condiciones para criar a sus hijos no son las mejores. Pero a pesar de las críticas, los problemas de salubridad, la estigmatización y el miedo de no poder atender las necesidades básicas de los menores, se niegan a separarse de ellos. “Escucharla decir las primeras palabras, enseñarle a caminar y ver sus primeros logros fue muy importante para mí. Mi hija ya va a cumplir tres años y sé que se va a tener que ir, pero nunca voy a arrepentirme de tenerla conmigo”, concluye una de las reclusas del pabellón cuatro.
(Lea: Inpec debe asumir su responsabilidad para superar crisis carcelaria: Fiscalía)