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Para quienes cruzaron el umbral de su modesta intimidad, en la llaneza de su humana condición, simplemente fue: Valle. Su vida y su palabra fueron honrada veneración por el sufrimiento humano y por la justicia, y nunca mero patetismo populista que intoxica. Un maestro que elevó su voz para pregonar la aflicción de los oprimidos. Fue auténtico vocero de los que no tenían voz. Un hombre consecuente: máxima moral de la existencia social. Y esa veneración por los humildes la selló en martirio al reivindicar los derechos humanos. Una cruzada ética que fue truncada bajo la antigua destreza de los hombres perversos.
Valle creía, como nadie, en el derecho absoluto a la defensa de todo hombre, y por eso representó empresarios, contradictores políticos y militares, con el mismo tesón que asumió la defensa oficiosa de los humildes, extendiendo al foro su convicción de cumplir allí una máxima de civilización, aprendida y proclamada en las aulas de clase. Su rigor jurídico partía del respeto por el hombre y su condición, siempre ajeno a la perorata vacía. No en vano, y en la mas fina ironía que precedió a su muerte, con ocasión de sus denuncias, celebró que la Cuarta Brigada lo hubiera denunciado penalmente por calumnia, como un signo inequívoco de respeto por el debido proceso, esperanzado de que habría en el derecho una oportunidad para la verdad y para la justicia.
(Para entender este caso lea nuestra nota de hoy: Jesús María Valle, 20 años de un asesinato que dejó “infinita tristeza”)
El maestro Valle dejó huella en la memoria de sus alumnos y colegas, como estandarte de dignidad en el ejercicio profesional del derecho, al tiempo que hacía gala de una cátedra sensible, crítica y dialéctica, a la usanza socrática. Allí, en el aula, vehemente, defendía el conocimiento como constructor de cultura y coexistencia, despreciando el pensamiento especulativo que degradaría los valores de justicia. Su invocación de la dignidad humana nacía de la nobleza de su espíritu, depurada por su formación jurídica. Allí concentraba sus mayores esfuerzos por significar y honrar una cultura en lo político, una línea ética en lo jurídico y una vida consecuente con todo ello en la praxis social.
Era su humano decálogo de la tolerancia y la coexistencia. Exaltaba la ecuanimidad para la vida social, pidiendo no declinar en la palabra, pues cuando declinamos en ella, declinan las ideas y triunfa el malabar del absurdo. También sabía espantar la angustia de la vida cotidiana abrazando a sus amigos en celebraciones de confraternidad, como elogios efusivos de la amistad, siempre matizados con oportunas anécdotas históricas y reposado sentido del humor. Un canto al afecto que, en la memoria, más que nostalgias, recupera alegrías.
La muerte del maestro Jesús María Valle Jaramillo, como la de sus iguales, detienen por un momento el tiempo para una reposada reflexión, la que nos permita idear cuotas más elevadas de cultura, civilización y justicia, porque estos valores absolutos no son un puerto de llegada, sino un viaje humanístico que se construye paso a paso, como un ritual de purificación de una realidad de la cual todos somos responsables. Con dolor, pero también con esperanza, hacemos nuestras las palabras de otro maestro de la tierra, Alberto Aguirre Ceballos: “Altos para el lucro y el crimen, pequeños, ínfimos, mezquinos para el espíritu. Este es el país que nos han construido. Otro habrá de construirse”.
Vea más del especial de Jesús María Valle:
Palabras de Jesús María Valle en el décimo aniversario del asesinato de Héctor Abad Gómez
Veinte años sin Jesús María Valle Jaramillo
*Jesús Albeiro Yepes es abogado penalista, exfiscal y discípulo de Jesús María Valle.