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En sus primeros años, Eta quiso ser una guerrilla. Hasta mediados de los 70, la banda terrorista vasca soñó con desatar una guerra popular para liberar Euzkadi. Sin embargo, los ultranacionalistas descubrieron pronto que nada tenían que hacer frente a la capacidad de las fuerzas de seguridad de Madrid.
Como alternativa optaron por la guerra de desgaste. Una cadena interminable de asesinatos, bombas y secuestros con que esperaban forzar a España a concederles un país independiente y socialista. La nueva estrategia tampoco tuvo éxito; pero durante 35 años costó más de 800 vidas. Sin ignorar las diferencias que separan a los dos grupos, el reciente atentado contra el exministro Fernando Londoño parece anunciar la deriva de las Farc en la misma dirección que en su momento escogieron sus camaradas vascos.
Enfrentada a la derrota de la campaña guerrillera con que trató de destruir al Estado colombiano hasta comienzos de la década de 2000, la organización liderada por Timochenko ha recurrido al terrorismo con el objetivo de hundir la legitimidad del Gobierno, polarizar el escenario político y provocar un colapso de las instituciones. Este giro estratégico implica un cambio en el patrón de operaciones, la estructura organizativa y las tácticas políticas de las Farc. También es un anuncio de la determinación del grupo de continuar la guerra.
El ataque contra Fernando Londoño parece sacado de las páginas de los diarios españoles de los 80. Durante ese período, Eta trasladó la campaña de terror a Madrid con vistas a asestar una serie de golpes que polarizaran el clima político. El ataque contra una figura de la significación de Londoño es un fiel reflejo de esta estrategia. En este contexto, el patrón operacional de las Farc en Bogotá se asemeja al comportamiento de Eta en Madrid.
Los terroristas vascos construyeron una serie de redes dentro de la ciudad y dosificaron sus acciones para evitar “quemarse” y conservar la posibilidad de actuar en la capital. El grupo armado colombiano juega al mismo juego. Ciertamente, Bogotá sufre el asedio las “comisiones” enviadas por distintos frentes guerrilleros para cometer atentados. Pero además, el letal profesionalismo del ataque contra Londoño evidencia la existencia de un grupo con un adiestramiento superior que ejecuta acciones claves. Una estructura con capacidades semejantes a la que detonó el carro bomba dentro de la Escuela de Guerra en 2006.
En términos más generales, las Farc parecen decididas a abandonar el perfil de ejército irregular del que trataron de rodearse desde su fundación y asumir la forma de una red terrorista. Dos tendencias son especialmente preocupantes. Por un lado, la guerrilla ha elegido la acción clandestina a través del empleo de milicianos que se ocultan entre la población. Por otra parte, la organización ha optado por difundir el “know how” para ejecutar actos terroristas a grupúsculos radicales sobre los que no tiene completo control, pero con los que existe afinidad ideológica. Una señal de esta tendencia es la multiplicación de los casos de estudiantes universitarios involucrados en incidentes con explosivos. El resultado promete ser la aparición de una generación de “terroristas amateur” con su inevitable estela de víctimas.
Al mismo tiempo, las Farc están buscando construir una estructura de apoyo político que secunde sus objetivos de una forma similar a como Eta lo hizo a mediados de los años 70. En aquel período, la banda terrorista vasca decidió que era necesario separar la actividad armada de la agitación política en dos pilares que se apoyasen mutuamente.
Con este fin, en 1975 creó el Partido Socialista de Euskal Herria (EHAS), que se convertiría en el eje para la creación de la coalición Herri Batasuna. Por su parte, desde finales de los años 90, las Farc establecieron el Partido Comunista Colombiano Clandestino (PCCC) como una estructura destinada a infiltrar organizaciones sociales y ponerlas al servicio del grupo armado. Un trabajo clandestino que con toda probabilidad ha contaminado el movimiento Marcha Patriótica.
Esta transformación operacional y organizativa puede permitir a las Farc conservar cierta capacidad de desestabilización, pero no alterará un equilibrio estratégico que es claramente favorable al Estado. En consecuencia, la pregunta es qué aspira a ganar el grupo armado cuando ya es claro que no puede derrotar militarmente al Estado. La respuesta es sencilla: poder. Para los radicales que carecen de peso electoral, las armas son una alternativa atractiva.
Durante décadas, el eje Eta-Batasuna influyó de forma decisiva sobre el juego político español, no porque contase con una amplia base social, sino porque recurría al asesinato. Las Farc parecen decididas a seguir el ejemplo. Ante la certeza de que el veredicto de las urnas les condenaría a la insignificancia, confían en que el terrorismo y la movilización de masas violenta les otorgue un poder desproporcionado para presionar sobre el escenario político.
*Profesor de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y consultor en temas de Seguridad. Twitter: @roman_d_ortiz