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Un mes antes del ataque, hombres de la entera confianza de Cuchillo llegaron a Bogotá desde Puerto Gaitán para entrevistarse con quienes administran algunas “oficinas de cobro” que protegen las actividades ilícitas de su jefe. El grupo viajó de vuelta a los Llanos Orientales, pero contaba con más integrantes. Los investigadores se encontraron entonces con un inusual movimiento de hombres y de armas en el Meta.
“Por esos días se empezó a ver gran tráfico de camionetas blindadas, camperos de alto cilindraje y motocicletas. Este tráfico, por llamarlo de alguna manera, siempre ocurre cuando los bandidos celebran una cumbre o cuando se van a trasladar de un sitio a otro. Lo que nunca pensamos es que iban a matar a Víctor Carranza”, dijo una alta fuente que dirige la investigación judicial.
Pocos días después, los investigadores se dieron cuenta de que fueron retirados los centinelas que mantiene el jefe paramilitar en puntos clave de información como estaciones de gasolina, hoteles, bares y centrales telefónicas. “Creímos tener la certeza de que Cuchillo estaba pensando en mudarse a otro departamento”, añadió la fuente.
Los investigadores reconocieron que, aunque sabían de la disputa territorial entre mafiosos, ignoraban que Carranza estuviera involucrado de cualquier forma. Y una vez cometido el atentado, Cuchillo replegó a su ejército privado para así evitar retaliaciones. “La disputa territorial vuelve a tener como escenarios a Meta, Casanare y Boyacá”, explicó el funcionario judicial.
Cuchillo buscaba consolidar aún más su poder sacando del camino a quien consideraría una amenaza mayúscula: Víctor Carranza. Pero sus movimientos alertaron a las autoridades, las cuales mantienen fuertes operativos para desactivar su aparato militar. Según informes de inteligencia, Cuchillo estaría reorganizándolo no sólo para continuar la guerra contra Carranza sino para expandir su dominio en los Llanos Orientales.