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Ana Rubiela y Stella García García, hijas de un hombre llamado Bercely García Rubiano y de una mujer llamada Flor Elisa García Rodríguez, tendrán que pagar la condena de 25 años de prisión que les impusieron los jueces de Villavicencio por haber planeado la muerte de su padre. Éste, sin embargo, es más que un caso ordinario de homicidio: lo que conoció la Corte Suprema de Justicia a través de este expediente fue un telenovelón familiar en el que casi todos sus protagonistas terminaron muertos o tras las rejas.
En la tarde del 1º de junio de 2002, citado supuestamente por su hijo Zacarías García García, Bercely García Rubiano llegó a la cafetería que administraba su hija Ana Rubiela en el barrio Jordán, de Villavicencio. Un hombre, identificado como N. Buitrago pasó en una motocicleta, le disparó con una 9 mm por la espalda y huyó. El arma del crimen había sido usada previamente en, cuando menos, otros seis homicidios. Ana Rubiela García, antes de auxiliar a su padre, que se moría desangrado sobre la acera, fue a pedirle ayuda a la policía y salió persiguiendo al sicario.
Así fue como murió Bercely García Rubiano. Cuando los investigadores empezaron a tratar de descifrar el crimen, las sospechas recayeron de inmediato sobre las hermanas Ana Rubiela y Stella García García. Para empezar, la Fiscalía contactó a Zacarías García García para confirmar que él había citado a su padre en la cafetería donde trabajaba su hermana Ana Rubiela, quien, a su vez, sostuvo que el encuentro se había pactado para resolver unos asuntos de tierras por las que también peleaba la familia. Zacarías García García aseguró que no tenía idea de la reunión.
Los investigadores creyeron la versión de Zacarías García García y siguieron indagando. Hallaron que, meses antes del homicidio, Stella García García le hizo varios giros a su hermana Ana Rubiela desde San José del Guaviare. Una vez detenida, Stella García García envió una carta en la cual les pedía a dos personas que declararan que las remesas eran para comprar ganado. Para la Fiscalía, no había más explicación: el dinero no era para conseguir vacas, sino para conseguir sicarios. Fue la manera de sellar, en palabras del organismo investigativo, un “contrato para matar”.
La última estocada de la investigación fueron las declaraciones de un testigo inesperado: Alfredo Figueroa, el exesposo de Stella García García, con quien ella ya no tenía buena relación. Según la Fiscalía, la animadversión entre los exesposos no debilitaba el dato clave que Alfredo Figueroa había entregado: el móvil del crimen. La razón por la cual Ana Rubiela y Stella García García se habían sentado un día a planificar, en detalle, cómo hacer que el hombre que les había dado la vida perdiera la suya. Ese móvil, testificó Alfredo Figueroa, era la venganza.
Dos meses antes de que Bercely García Rubiano fuera asesinado, cuatro personas fueron masacradas en la finca La Floresta, localizada en San José del Guaviare. Eran Flor Elisa García Rodríguez, madre de Ana Rubiela y Stella García García; su hijo Norberto García García; la esposa de él y un jornalero llamado Luis Cano. Fue un episodio cruel: a las dos últimas víctimas las degollaron. Alfredo Figueroa le contó a la justicia que su exesposa y su excuñada tenían serios problemas con su padre desde hacía años, pero que la fractura total vino tras la masacre en la finca La Floresta.
Según Alfredo Figueroa, las hermanas García García culpaban a su padre por el crimen colectivo. Otros testigos, que no eran integrantes de la familia, hablaron de los desencuentros entre Bercely García Rubiano y sus hijas. Ellas aceptaron que tenían con su padre una relación conflictiva y difícil, pero negaron tener que ver con su muerte. Hasta el final, reiteraron que eran inocentes. Por eso, cuando en mayo de 2007 el Tribunal Superior de Villavicencio confirmó su condena de 25 años de prisión, acudieron a la Corte Suprema.
A ese alto tribunal enviaron dos nuevas pruebas. Una era la declaración de Benjamín Parra Cárdenas, un exjefe del Bloque Centauros también reconocido como un temido sicario de los “paras” en los Llanos Orientales. Parra Cárdenas declaró en versión libre en Justicia y Paz que él había recibido la orden de asesinar a Bercely García Rubiano de parte de uno de sus superiores porque, supuestamente, era un informante de la guerrilla. Que fue él quien le designó el homicidio a N. Buitrago. Dijo que nunca había cruzado palabra con las hermanas García García.
La otra prueba fue la declaración de Harvey Herrera, un exparamilitar que participó en la masacre de la finca La Floresta. Señaló que se había cometido porque Flor Elisa García y sus hijos eran considerados auxiliadores de la guerrilla. De esa forma, Ana Rubiela y Stella García García intentaron demostrarle a la Corte Suprema que no habían participado en el asesinato de su padre. En diciembre pasado la Corte, no obstante, concluyó que el testimonio de Harvey Herrera poco le aportaba al caso y que el de Parra Cárdenas no era suficiente para exculparlas.
Así termina, por ahora, el drama de la familia García García: el padre y un hermano, muertos; la madre, desaparecida; y las hijas, pagando una pena de 25 años de prisión.