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Los wayuu que hicieron de la Plaza de Bolívar un camposanto

Vestidos con mantas y ropa negra, más de 50 indígenas viajaron hasta Bogotá para protestar por las muertes por desnutrición de miles de niños de su comunidad. Reclamaron poniendo 600 ataúdes pequeños.

Si bien se estima que en los últimos ocho años han muerto 4.770 niños wayuu por desnutrición, el subregistro, según líderes de la comunidad, es incalculable. /Cristian Garavito
Si bien se estima que en los últimos ocho años han muerto 4.770 niños wayuu por desnutrición, el subregistro, según líderes de la comunidad, es incalculable. /Cristian Garavito
Foto: CRISTIAN GARAVITO

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Este miércoles, durante siete horas, la Plaza de Bolívar de Bogotá se convirtió en un cementerio. En total, 600 ataúdes construidos en cartón blanco y marrón claro se extendieron sobre las losas del centro de la ciudad. Cada cajón representaba a un niño muerto por hambre en La Guajira y, aunque muchos llevaban escrito un nombre, la mayoría tenía un rótulo que decía: “Menor muerto sin registro, q.e.p.d”. Que en paz descanse. Estaban vacíos. La intención, explicaron los indígenas wayuu que viajaron a la capital para volver el corazón de la ciudad en un camposanto, era llamar la atención del país por el horror que están viviendo más de 270 mil indígenas en el norte colombiano. (Para ver la galería de fotos, haga click aquí)

Lo hicieron vestidos completamente de negro. Dejaron en sus rancherías las mantas de colores vivos que suelen llevar y, en su lugar, vistieron el color universal del luto. Ese mismo tono corresponde al nombre de uno de los colectivos que organizó la protesta: Movimiento de las Mantas Negras, que cuenta con el apoyo de la Organización Nacional Indígena de Colombia (Onic) y de varias asociaciones que buscan cambiar la situación de hambruna que vive el 44% de la población de La Guajira. “Nosotros vinimos a Bogotá a llorar por los niños muertos. Queremos que toda Colombia sepa que nuestro dolor no es un invento”, explicó una de las líderes ancestrales que se vistió de negro el pasado 11 de mayo.

Ella, como los otros 17 líderes que hablaron con El Espectador, siente que los han tratado de mentirosos. “Lo que nosotros hemos venido denunciando, la falta de alimentos, de agua y de recursos, no ha sido tomado en serio por el Gobierno ni por el país. Nosotros nos estamos muriendo de hambre y de sed y a nadie parece importarle”, manifestó Matilde Arpushana, una joven wayuu que además de servir de traductora para los indígenas más viejos que no saben hablar español, es una de las empecinadas en que se sepa lo que está pasando en su comunidad.

Asegura que no es nada nuevo que los niños wayuu se mueran de hambre. El problema, agrega, es que hace 10 años, por miedo, nadie se atrevía a denunciar que no tenían comida y que sus hijos estaban desnutridos. “¿Miedo a qué? A que los mataran”. Para los aliijuanas –palabra wayuu para referirse a quienes no pertenecen a la comunidad indígena– tampoco es noticia que en Colombia los niños mueran por un mal que se puede evitar. Desde el año pasado, se prendieron las alarmas por el aumento de muertes en La Guajira. Teniendo en cuenta la cifra que reconoció la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (Cidh) de niños muertos por desnutrición, en los últimos ocho años habrían fallecido 4.770. (“El exterminio del pueblo wayuu”)

Una de las medidas más importantes, tras las denuncias que se conocieron en 2015, fue la que tomó la Cidh en diciembre del año pasado. Después de una denuncia presentada ante la Comisión por Javier Rojas Uriana, miembro de la comunidad Wayuu, el organismo internacional le ordenó al Gobierno tomar medidas cautelares para proteger a los niños y adolescentes indígenas de los municipios de Uribía, Manaure, Riohacha y Maicao. Tras el anuncio, el presidente Juan Manuel Santos visitó varias rancherías de La Guajira como símbolo de su interés por mejorar la situación en el departamento. (“Que se adopten las medidas para preservar la vida de los niños wayúu”)

Meses después, se supo que el Ejecutivo le había enviado a la Cidh tres documentos en los que resumió las medidas que se habían tomado para mejorar el acceso a alimentos, agua y educación, y uno más en el que le pidió que retirara la orden de las medidas cautelares. De acuerdo a un artículo publicado por El Espectador a comienzos de abril de este año, una de las acciones más destacables que le informó el Gobierno a la Comisión es que había entregado pozos, tanques de almacenamiento de agua y una huerta a dos comunidades en Manaure que beneficiarían a más de 1.500 personas, y un pozo más con sistema de bombeo, tanque de almacenamiento, filtro, baldes y kits de higiene a otro resguardo en Uribia.

“Aquí no nos ha llegado una gota de agua. Esas ayudas que ha dado el Gobierno solo llegan donde las carreteras lo permiten. Seguimos sin comida y sin ese preciado líquido”, dijo indignada Nubia Márquez, líder de la comunidad Punta Sierra. Precisamente, en el evento del pasado miércoles, una de las peticiones de las Mantas Negras estuvo dirigida a la Comisión para que no se retiren las medidas cautelares hasta que se cumplan a cabalidad.

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A diferencia de los wayuu, los aliijuanas no se dedican al pastoreo para sobrevivir. Son pocos los “extranjeros” que tejen mochilas con una aguja e hilo de colores, y muchos menos los que hablan la lengua nativa, el wayuunaiki. Pero en lo que tiene que ver con la muerte, no hay diferencia alguna. Sin importar el lenguaje o las tradiciones que se tengan, las lágrimas por un duelo son siempre las mismas. “Los niños que yo perdí estaban muy flaquitos. En total fueron seis sobrinos. Y se murieron muy rápido. Ninguno llegó a cumplir los tres años”, confesó Cándida, otra líder wayuu.

Como Cándida, son muchos los líderes que necesitan cualquier ayuda para frenar lo que ellos mismos han calificado como el “genocidio wayuu”. Lo que piden con urgencia es la presencia del Estado y que los recursos de la regalías y de la Gobernación llegue hasta las rancherías más apartadas. “Quiero dejar claro que además de necesitar medidas urgentes, nosotros lo que queremos es que nos ayuden a recuperar nuestros animales y nuestros cultivos que perdimos en la ola invernal de 2010. No queremos nada regalado. Necesitamos medidas para que cuando llueva no se ahoguen los chivos por la inundación, y para que cuando llegue el verano no se nos muera nadie de sed y podamos regar la yuca”, explicó Heriberto, otro de los líderes que viajó a Bogotá desde su ranchería cerca a Riohacha.

La serenidad y la convicción en el tono de voz de Heriberto dejaron ver a un pueblo que, a pesar de la desgracia, se siente capaz de enfrentarse a las condiciones inclementes que les ha impuesto su territorio y a un país que los ha dejado en el olvido. “Con esta protesta, la que hicimos en la Plaza de Bolívar, hay dos posibilidades: una, que los colombianos de buen corazón nos apoyen de verdad. Y la otra, que todo siga igual”, añadió Cándida. ¿Y qué pasa si todo sigue igual? La respuesta es colectiva y unánime: “Que seguiremos luchando”.

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