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Por una corona de arrugas

En el marco de la fiesta de Las Mercedes, cinco reclusas mayores de 60 años compitieron por ser la “reina madre” de El Buen Pastor.

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En la tarde del viernes 26 de septiembre, a las 2:30 p.m, desde el patio central de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá se emitían gritos, arengas y exclamaciones que golpeaban todos los muros de la prisión. Allí se encontraban las reclusas, quienes, aguantando la inclemencia del sol, esperaban ansiosas a que salieran las candidatas al reinado de la simpatía. En pocos minutos, caminarían por la pasarela nueve jóvenes en representación de cada patio, pero ellas no eran las únicas que se apoderarían del espectáculo. Cinco mujeres de la tercera edad también competirían, prontamente, por otra corona.

Y la tercera edad salió a desfilar. La primera fue Carmen Elisa Guerrero, quien está confinada desde hace 20 meses y lo estará por 41 más. Fue capturada en Bogotá luego de que la Policía encontrara alucinógenos en el interior de su hogar. “Las drogas eran de dos maestros que me estaban haciendo unos trabajos en la casa, pero bueno”, exclama. Anhela que rebajen su pena por buena conducta, pues los males achacan su cuerpo: “Estoy muy enferma del colon, la vesícula, me ataca un dolor en esto de aquí —y señala su espalda—, el corazón, la cabeza… Antes he aguantado”.

Pero no son los dolores corporales los que desvanecen su espíritu, sino los del alma. Carmen alguna vez fue madre de cinco hombres y una mujer, pero de ellos sólo uno permanece con vida. “Yo ya estoy solita porque mi Dios me quitó a mis hijos, me los mataron, y el que queda también está en la cárcel. Es que yo he sufrido mucho”, dice la delegada del patio 9, mientras sus ojos se apagan. “Pero acá me han tratado bien, no tengo quejas, para qué. Éste es mi primer concurso, vamos a ver si lo gano”, expresa , y sus ojos, al menos por un instante, parecen volver a encenderse.

Cuando Carmen abandonó la pasarela, que para entonces ya era una piscina de claveles blancos que arrojaban sus compañeras de reclusión desde la tribuna, apareció Rosa Cabeza Valenzuela, una mujer de ascendencia africana que escogió un sastre verde para lucirse ante los jueces. Los rasgos de su rostro y sus labios voluptuosos dejaban ver que, años atrás, fue una mujer hermosa. Pero las cicatrices que se marcan en sus mejillas sugieren un pasado turbio. “Hace 30 años estoy sola porque mi esposo me dañó la cara, me tiró de un segundo piso. Ahí nos dejamos y no sé qué pasaría con él”, cuenta.

Rosa, a quien la atormentan una úlcera y repetidas jaquecas, dice que de los nueve meses que lleva en prisión, nueve ha estado enferma: “Lo bueno es que acá nos ponen el médico, nos colaboran”. A ella, más que preocuparle el tiempo que le falta de su condena, la angustian sus nietas, de quienes estaba a cargo porque su hija, la madre de las dos pequeñas, murió. “Yo trabajaba en reciclaje. Un día, un muchacho se me acercó y me pidió que llevara un paquete de la calle 15 a la 19, me ofreció cinco mil pesos. Como yo tengo a mis niñas acepté”. Con ese envío en sus manos, las autoridades arrestaron a Rosa en el centro de Bogotá.

Después de Rosa desfilaron Gloria Herrera y María Lilia Alfonzo. La última en hacer su presentación fue Silvia Escara. Su patio, el número cinco, estalló en júbilo apenas puso sus tacones negros sobre la pasarela. Silvia fue detenida en el aeropuerto Rafael Núñez de Cartagena hace 29 meses, al intentar viajar hacia su natal España con unas cápsulas de cocaína que había ingerido. Por este delito fue sentenciada a 9 años y 10 meses de prisión. “Al principio tenía mucho miedo. En mi país, las prisiones de acá tienen muy mala fama. Cuando llegué a la cárcel de Cartagena no podía ni dormir de pensar que me harían algo”, recuerda.

Sin embargo, afirma estar muy contenta en Colombia. Cuenta con el respaldo de sus hijos, de la tía que la crió (que hoy tiene 90 años de edad) y de sus primos. Su familia, al igual que ella, está a la espera de que la Embajada concluya los trámites de su repatriación. “Hice lo que hice porque a veces las circunstancias te obligan.

Pensar en eso me da tristeza, pero… Infortunadamente, tengo una hija que está muy enferma. La quise ayudar y salió mal la cosa”, expresa con melancolía. Aunque, al mismo tiempo, sonríe. “En Cartagena yo fui primera dama de honor de la reina. Vamos a ver cómo me va hoy, esto es una cosa bonita de ver”.

La algarabía continuaba en el patio central de la cárcel El Buen Pastor de Bogotá. Un techo traslúcido poco evitaba el azote del sol, pero el calor se extraviaba entre tantos gritos. Algunas de las reclusas pintaron sus rostros con escarcha, otras hicieron pompones con papel periódico. Cada patio tenía un cartel con el nombre de su representante, y vociferaban barras para apoyarla. Hacia las 4:00 p.m. se paró sobre la tarima Tito Núñez, un ex participante del programa de televisión Factor X, y aunque no era muy familiar para las reclusas, ni conocían la letra de sus canciones, se alegraron al ver al hombre cantando en su sitio de reclusión.

Finalmente, salieron a desfilar las nueve candidatas al título de señorita simpatía. Exhibieron sus trajes de fantasía y de noche con galantería, intentando conseguir la aprobación de los cinco jurados que tenían enfrente. Luego de un show amenizado por Los 50 de Joselito, el comité elector profirió su veredicto: Alexandra Amazo, del patio 4, fue coronada como la señorita simpatía 2008.

Y Carmen Elisa Guerrero, del patio 9, fue escogida como la reina madre. La función terminó y del lugar se apoderó el silencio. Sólo los claveles blancos regados por el piso quedaron para recordar que, una vez más, El Buen Pastor hacía alarde de sus reinas. Arrugadas o no.

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