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Rafael, una víctima de la injusticia

Ese alto tribunal le ordenó a la Aerocivil indemnizar a la familia de Rafael Osma, que lo perdió todo —incluso su vida— por cuenta de la ampliación del aeropuerto El Dorado.

Luz Marina Osma. / Andrés Torres
Luz Marina Osma. / Andrés Torres

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Rafael Osma Güiza se suicidó el 6 de noviembre de 2001, tras casi tres años esperando a que la Aeronáutica Civil lo indemnizara por los perjuicios causados en su contra con la habilitación de la segunda pista del aeropuerto El Dorado, en Bogotá. El 5 de mayo de 2000, tras varios intentos de llegar a un acuerdo con la Aerocivil, Osma —en representación propia— interpuso una demanda contra esta entidad para que reconociera los daños causados: el cierre de su empresa dedicada a la fundición de hierro y cuya sede se encontraba ubicada a pocos metros de la pista; la desvalorización en cerca de $419 millones —de 1998— de un predio suyo en el mismo sector y las molestias causadas a él, a su familia y a sus empleados por el ruido de los aviones. “La Aeronáutica me dejó en la miseria”, decía Osma.

Tuvieron que pasar 14 años y dos muertes —porque a los dos años de su suicidio, la madre de Rafael, Ana Luisa, se murió de pena moral por lo sucedido con su único hijo— para que la justicia reconociera el error cometido con este empresario “honesto, trabajador y buen empleador”, como lo describe Luz Marina, una de sus hijas. En un fallo —conocido por El Espectador—, el Consejo de Estado le ordenó a la Aeronáutica Civil indemnizar a los familiares de Osma, puesto que, en su criterio, “las operaciones de la segunda pista del aeropuerto afectaron el inmueble de propiedad del actor e interfirieron en su intimidad, sin que la Aerocivil haya dispuesto medidas de insonorización suficientes (…) siendo en consecuencia responsable de la contaminación auditiva que depreció el valor comercial del bien, imponiendo al actor una carga que no tenía que soportar”.

No se puede pasar por alto la responsabilidad que en materia ambiental le asiste al Estado de suerte que, al desarrollar proyectos que demanden la afectación en general del medio ambiente, debe tener en cuenta que el desarrollo sostenible es un punto cardinal en la materialización de los fines estatales, lo que necesariamente implica propender por el menor impacto sobre los derechos colectivos e individuales”, sostuvo ese alto tribunal.

Pero para Luz Marina y para la abogada Myriam Gloria Ulloa —quien reemplazó a Osma en el proceso tras su muerte— el fallo, además de tardío, es insuficiente. Ulloa, aunque destaca que este fallo “sienta un precedente al reconocer que el ruido de los aviones causa daños a las personas”, señala que “no se compadece con la muerte de Rafael. A uno lo conmueve un fallo tan irrisorio”.

Y es que no fue solo el ruido, como lo señala el fallo. Uno de los mayores temores de Rafael siempre fue que una de las chispas que salían de la fundición alcanzara a un avión y esto produjera un accidente. Algo que al parecer no tuvo en cuenta la Aerocivil. Rafael podría haberse hecho el de la vista gorda —como es usual en un país acostumbrado a la trampa—, pero no lo hizo. Empezó a fundir el hierro en otros lugares, hasta que el temor de un día ya no poder pagarles a sus acreedores y a sus trabajadores lo llevó a la muerte.

La muerte de un hombre “ejemplar, sencillo, trabajador y buen empleador. Sus empleados eran primero que todo. A veces tenía que pagarles de su propio bolsillo. Ningún empleado suyo puede decir que mi papá le dejó de pagar un centavo. Él era muy estricto, pero era muy noble con ellos”, señala Luz Marina. Rafael no era solo un reconocido empresario sino, además, un reputado abogado.

“Fue un ejemplo para nosotros. Teniendo 50 años se puso a estudiar Derecho y se graduó con honores, por lo que fue reconocido por el entonces fiscal Gustavo de Greiff”. Fue uno de los fundadores del Colegio Nacional de Abogados y un lector empedernido. Un hombre de un temperamento muy fuerte, al que la injusticia fue debilitando hasta acabar con él. Luz Marina recuerda que semanas antes de morir, Rafael “entró en una depresión. Yo a veces lo encontraba con los ojos hinchados de llorar. El día que pasó lo que pasó, sin saber que iba a suceder, yo le dije ‘Papá, yo le perdono todo lo que sumercé me hizo a mí’, porque él fue muy estricto, de ser un hombre estricto lo lastimaba a uno, pero él nunca dejó de ser buen papá. Yo lo vi muy mal, pero nunca pensé que iba a hacer lo que hizo ese día”.

“Él se guardaba todo. Y yo le decía, ‘Papá, coménteme’ y él me decía ‘pero, mija, mire la situación de la empresa’. Yo le decía ‘Papá, váyase de viaje, que yo le administro, o venda esto’. Pero a él le preocupaba era que sus hijos fueran a aguantar hambre, que los empleados se quedaran sin trabajo. Él a veces dejaba de pensar en él y pensaba mucho en los demás. Y hasta ahorita me sigue doliendo. Él fue una persona muy emprendedora, donde pasaba dejaba huella”.

jjimenez@elespectador.com

@juansjimenezh

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